Por qué mi cuerpo no es mi templo

«Tu cuerpo es un templo», una frase que seguramente hayas escuchado y que, a pesar de la buena intención de fondo, no a todo el mundo le funciona verlo así. Amanda nos cuenta su experiencia.

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Ilustración de Miriam S. de Arcos

Tu cuerpo puede ser un templo sagrado que guarda algo que venerar… o una acogedora casa rural que adornas a tu manera para descansar y sentirte tú.

Ninguna de las anteriores opciones es mejor que la otra. De hecho, seguro que hay momentos en los que te ayudará entender tu cuerpo como un templo y otros en los que resultará más positivo pensar en la casa rural.

La idea de considerar nuestro cuerpo como un templo apareció hace unos años (aunque siempre ha estado ahí para algunas religiones) haciéndonos cuestionar la manera en la que lo tratamos. Era y sigue siendo un idea preciosa, que transmite paz, respeto y una sensación de vivir dentro de algo inquebrantable.

El caso es que, por más que lo intente, nunca he conseguido sentirme bien con esta idea, así que me he decidido a escribir estas líneas por si a ti te pasa lo mismo.

Mi principal problema al considerar mi cuerpo como un templo es sentir que es algo improfanable y que, cuando no lo estoy tratando perfectamente bien (comiendo cosas que me apetecen pero no son saludables, teniendo prioridades ahora mismo que no incluyen el ejercicio físico, no pudiendo dormir ocho horas siempre, etc), parece que estoy cometiendo un pecado y no me gusta esa sensación de castigo. Sé que no tengo por qué sentirme así, pero si mi cuerpo fuera mi casa y no mi templo, quizás me sentiría más cómoda dejando los platos sin lavar de vez en cuando. Eso no significa que mi casa no sea mi lugar favorito y tampoco significa que no me sienta genial en ella.

La segunda es que darle tanta importancia al cuerpo no ayuda a mi ansiedad. Hace unos años tuve un periodo de insomnio muy durarero que transformó completamente mi físico. Cada vez que me miraba al espejo por la mañana me deprimía viendo como mi cuerpo y mi cara perdían su volumen y envejecían a la velocidad del rayo sin que yo pudiera hacer absolutamente nada. También me preocupaba que ese insomnio a largo plazo pudiera provocarme alzheimer. En fin, entender mi cuerpo como un templo solo me estaba perjudicando. Lo que me ayudó a superar el malestar fue crear: escribir, cocinar, pintar. Todo lo que fuera dejar de pensar en mi cuerpo y empezar a utilizarlo. Es decir, dejar de creer que mi cuerpo y su salud perfecta eran una cosa importantísima para ser feliz.

Según lo veo yo, mi cuerpo es un vehículo y no un destino. Ayuda a llegar a las metas, sí, pero no es la meta. No es lo mejor que tengo para ofrecerle al mundo. Me ha servido para conquistar libertades, he trabajado con él, me ha dado y me seguirá dando alegrías. Mi cuerpo es, casi todo el tiempo, algo fantástico. Pero no puede ser el centro de mi vida porque entones viviré frustrada si no es perfecto. Si no luce bonito, si duele, si pierde alguna parte o si pierde alguno de sus cinco sentidos.

Un templo puede seguir siendo un lugar sagrado si se destruye, claro, y una casa puede reconstruirse en cualquier lugar. Por eso, no existe una forma perfecta de entender tu cuerpo. Sea cuál sea la que elijas, tu cuerpo es tu hogar y vivirás mucho más feliz si te gusta estar dentro de él. Eso no significa que tenga que funcionar maravillosamente y tener una salud de hierro para siempre. Sentirse bien significa, al menos para mí, sentir que descansas cada noche en un rincón acogedor, a pesar de todo.

Tu cuerpo importa, pero no lo es todo.

Es el vehículo, pero jamás será la meta.

Es tuyo, pero no te define.

Tu cuerpo es un cuerpo, ni más ni menos.

Lo único importante es quien está dentro

y todo lo que hace con su preciado tiempo en la tierra.

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