El sitio de tus recreos

Emma nos abre su corazón y nos conmueve con un texto dedicado a su madre, a quien le agradece por el amor, por los tiempos compartidos. El dolor a veces es insoportable, pero otras también nos enseña a mirarnos en compañía de quienes ya no están.

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Ilustración de Nora Pola

A veces, te encuentro en lo insignificante: en un comentario brusco, en alguna letra de alguna canción, en los gestos de gente que nada tiene que ver contigo, en la ropa de alguna mujer en el metro, en el vino tinto, también en los refrescos, en el mar y, si me pongo a pensar, seguro que también te me apareces en la montaña. Y tú no eras de eso.

Tú eras y quiero que seas, que fueras, pero no serás, ni tampoco estás, ni tienes. Yo me tengo y no te tengo. A veces te necesito y te tengo que buscar en el mar, en las toallas, en las fotos, en los vídeos, en redes sociales, hasta en WhatsApp. Pero ya nunca en casa, aunque a veces sí, claro, porque nunca te vas del todo. 

Y ya no sé si quiero que te vayas del todo para siempre porque, en realidad, lo que quiero es que estés para siempre y no estás, ni estarás, ni tendrás, ni me buscarás, ni me acompañarás, ni te reirás, ni te enfadarás, ni nada que tenga que conjugarse en futuro. Ni siquiera en presente.

Qué más quisiera yo que un presente contigo y un poquito de futuro, a corto plazo, solo un poquito. No quiero ser exigente: solo una hora, solo un minuto, solo un segundo más contigo. Ya me da igual cómo sea, aunque estemos enfadadas o aunque estemos en un hospital, incluso estando en el peor de los enfados en el peor de los hospitales. Vuelve.

Quiero decirte muchas cosas y siguen pasando las segundos, los minutos y las horas y tardo en recordar que ya no te puedo llamar, que nadie lo cogerá, que sonará un móvil en un mueble blanco del salón, pero que ya no lo cogerás. Y tardo en hacerme consciente de que no te puedo oír más. Y hasta hoy y desde hace un tiempo, puedo asegurar que ese “ah, no, si ya no…” es lo más doloroso que he llegado a sentir y no creo que nada lo iguale nunca.

Últimamente siento mucho dolor, aunque también siento mucho amor. Te veo en todos los lugares porque no te veo, porque solo te pienso y se me pasan los segundos, los minutos y las horas contigo ahí, de fondo, como la música de los ascensores. Y yo sé que serás la banda sonora de mi vida. 

Siento amor cuando alguien cuenta que le gusta pasear, comer platos de cuchara, echarse la siesta o que una vez al año se da un baño en una bañera porque le relaja, como a ti, mamá. 

No puedo responder cómo me siento porque decir que estoy enfadada contigo sería lo que me gustaría. Pero yo no me puedo enfadar porque sé que lo que más desearías es haber alargado el tiempo, conocer a unos nietos, a unas nietas, verme de blanco o graduada en el máster, enterarte de que no cocino tan mal, que estoy saliendo con mis amigas, que estoy mirando para adoptar un perro peligroso, que me sigo queriendo. Y qué fácil sería decir que estoy enfadada contigo por no estar.

Pero a quién voy a engañar si me siento tan triste que a veces no siento nada, pero sí te pienso. Estoy constantemente en ese ascensor. Pienso en el texto que te escribí cuando acabaste los ciclos de quimio y llorabas y pienso en el vídeo en el que tocabas la campana del fin de tratamiento de radio y decías “no quería estar aquí, pero ya que estamos, ¡vamos a ganar la batalla!”. Y la sala de espera te aplaudió y la paciente de la esquina se acercó llorando a decir que tenías mucha fuerza y que tirábamos para delante. Y yo te grabé y ahora te puedo ver siempre y a la vez nunca.

Encima todos los años pasaremos por un día donde los telediarios se ponen las botas con la misma noticia, hacen especiales, se ponen sentimentales y cada año realizan una tertulia macabra recordando la masacre y, aún con todo esto, eclipsarás esas 24 horas de mi vida y no habrá forma de huir de tu suceso.

Mamá, ¿ahora qué hago con tus gafas de ver, con las series que siguen sacando temporadas, con tu armario repleto, con la cajera del super con la que hablabas, con tu lado del sofá, tus ganchitos, tu bata con orejas, tus fotos impresas, las notificaciones de tu móvil? Dime, por favor, qué hago con el dolor si nunca más te enseñaré una oferta precaria de trabajo, si nunca más estaremos haciendo cola en la caja de cualquier tienda de ropa, si nunca más recibiré un regalo tuyo. Dime qué hacemos esta Navidad cuando coma doce uvas y no me des dos besos. 

Y otra vez “ah, no…” porque mamá, no volverás a contestar a ninguna de mis preguntas y yo lo sé, así que aquí dejo un trozo de mi corazón para enviárselo a tus amigas, para que lo lean conocidxs y desconocidxs y digan: ¿esto? Esto es amor.

Gracias porque el tiempo que me diste fue un auténtico regalo. 

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