Apagar el móvil, encender el cuerpo

Julia reflexiona sobre esa relación amor-odio que tenemos a veces con las redes sociales, que en ocasiones nos acerca y otras nos aleja de su supuesto fin: que conectemos entre nosotres.

apagar el móvil, encender el cuerpo
Ilustración de Marta A. (Virgulilla)

Es lunes y mi despertador suena a las 7 y media. Pospongo la alarma un par de veces antes de atreverme a abandonar la calidez de la cama. Me levanto, me pongo la bata y antes de caminar hacia el baño, agarro el móvil. Varias notificaciones salpican la pantalla: un par de correos, varios mensajes de whatsapp y un nuevo seguimiento de instagram. Con los ojos entornados me dirijo a la cocina. Apoyo el móvil en la encimera y preparo café. Cuando la cafetera ya está al fuego, agarro de nuevo el teléfono y voy a hacer pis: durante los segundos que estoy sentada haciéndolo, aprovecho para echar un vistazo rápido a todas esas notificaciones que habían ido brotando, como un moho silencioso de crecimiento ultrarrápido, durante la noche. 

Escribo esto y me doy cuenta de cuán inquietante e insana es mi relación con el móvil. ¿Realmente necesito leer esos mensajes, abrir esos mails o bichear quién me ha seguido en instagram cuando hago el primer pipí de la mañana, antes incluso de haber bebido café? ¿Cómo era mi rutina matinal cuando en mi teléfono solo aparecían avisos de llamadas perdidas o mensajes de texto crípticos y directos? ¿Cómo me afecta mover el dispositivo siempre conmigo por si me llaman para algo importante o recibo ese correo que tanto tiempo llevo esperando?

Yo llegué tarde a todo, incluido facebook

Cuando los móviles empezaron a incorporar internet, yo me negaba a caer en la trampa. Me aferré a mi antiguo ladrillo durante muchos meses. No tenía whatsapp ni tampoco me parecía imprescindible tenerlo. Anteriormente, me había sucedido algo parecido con facebook. Pasé un año entero de erasmus en Italia sin crear un perfil en la red social por antonomasia. Por aquel entonces (era el curso 2008-2009), facebook se había convertido ya en esa herramienta social donde publicar todos los planes, crear grupos para celebrar fiestas o poner en contacto a gente con inquietudes parecidas. Mi estancia italiana fue genial y aunque no eché en falta tener un perfil en el caralibro, he de confesar que mi compañera de aventuras sí que lo tenía, con lo cual ella se enteraba de los planes y siempre me los compartía para que me uniera a ellos. Yo no usaba directamente facebook, pero mi compañera si, lo que me mantuvo conectada colateralmente.

Por otro lado, al final siempre terminé “cayendo”. Nunca tuve tuenti pero sí que cultivé fotolog, una plataforma que me permitía colgar fotos y, ante todo, escribir sobre ellas. Tardé en llegar a twitter (y duré tan solo unos cuantos meses) pero fui muy activa en facebook durante muchos años (era de las que creaba álbumes de fotos y compartía noticias, canciones y reflexiones de distinta envergadura). 

Reconozco que mi relación con este tipo de tecnologías y redes siempre ha sido desconfiada. Me mostré recelosa a facebook, a twitter, a la cámara de fotos integrada o al internet en el móvil. Fui boomer adelantada a mi tiempo; siendo joven, me negaba a subirme al carro de las tendencias futuristas. A día de hoy, he borrado mi cuenta de facebook y twitter, utilizo whatsapp diariamente y tengo un perfil en instagram con el que tengo una extraña relación de amor-odio ciertamente complicada. 

Que me suelten las garras de la conexión constante 

Mi amiga I., que vive en una ecoaldea almeriense y trabaja en el pueblo desértico donde nació y creció, tiene una relación con su teléfono que envidio. Suele dejarlo olvidado en cualquier habitación de la casa. Tiene whatsapp y perfil en facebook, pero ninguna de las aplicaciones la absorbe demasiado. Vivir en contacto constante con la naturaleza tiene, estoy segura, algo que ver con esta desatención de lo virtual. La cobertura en la aldea no es demasiado buena, además.

Envidio su relación con la tecnología, pero también soy consciente de que para mi es muy importante tener presencia en alguna red social, para dar a conocer lo que escribo o para conectar con otras personas a las que admiro (también, por qué negarlo, para mantener un hilo de conexión con el mundo virtual).

Aunque he desaparecido de twitter y de facebook, no me atrevo a irme también de instagram. En el seno de esa red social he conocido iniciativas, proyectos y gente maravillosa. Disfruto leyendo y observando, además de haberse convertido para mi en una herramienta potente de investigación para la tesis de doctorado que estoy escribiendo (muchas de las personas a las que he entrevistado llegaron a mi a través de sus perfiles en instagram).

Con el paso de los años, ya tan lejos de aquella negación rotunda por mi parte a tener un móvil con cámara integrada (al descubrir, por ejemplo, que mejoraba bastante mis experiencias de sexting deseché por completo mi rechazo a las mejoras visuales), mi relación con la tecnología y la virtualidad ha variado. No soy tan tajante y, como con tantas otras cosas en la vida, me he ido abriendo a probarlo casi todo. Creo que las redes tienen un potencial increíble para conectar personas y para cuestionar y confrontar la normatividad, pero también me planteo cómo vamos a explicitar resistencias y promover cambios en un entorno que, por poner un ejemplo, sigue censurando los pezones femeninos. 

No tengo respuestas a estas inquietudes e interrogantes, pero sí que me propongo -por honrar a aquella yo joven y contestataria ante la invasión de la tecnología- hacer un uso más crítico de las herramientas tecnológicas. Existe una presión invisible, sutil, que nos aprieta los hombros y nos insta a estar siempre disponibles, a responder al instante, a generar contenidos constantemente. Pero, ¿pueden realmente nuestros cuerpos seguir ese ritmo?, ¿merece la pena o, como cuando teníamos tan solo un teléfono fijo, podemos coger el recado y reaccionar a los eventos con la calma que nuestras piernas, cerebelos y brazos merecen?

A partir de mañana, mi plan incluye: no dormir con el teléfono en la mesita, para ello he recuperado mi despertador de la adolescencia: le he colocado pilas y funciona perfectamente; no hacer el primer pipí del día agarrada al móvil, esperaré a estar sentada para trabajar para atender a esos mensajes y correos; y, por último, fantasear con un día en que, como mi amiga I., sea capaz de olvidarme del teléfono en cualquier lugar, sin importar demasiado nada más.

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