Las Muertes Chiquitas

Una película de no-ficción llamada Las Muertes Chiquitas irónicamente le dio la vida a Nora en un momento especialmente difícil de su vida. Su experiencia personal, una reflexión acerca de los documentales y mucho empoderamiento, es lo que encontraréis en este artículo.

las muertes chiquitas
Ilustración de Nora

¿Puede una película cambiarte la vida?

Llegué a Barcelona hundida en la depresión, golpeada por muchas de las variables consecuencias que acarrea estar cegada por el amor romántico. El primer año que viví allí, una agresión sexual y un posterior abandono me dejaron aún más perdida de lo que estaba, sin amor propio y con una fuerte necesidad de encontrar algo que me ayudara a salir del agujero en el que me encontraba.

En 2014 y al día siguiente de aquél abandono, me desperté con los ojos hinchados y dolor de cabeza; supe que tenía dos opciones: quedarme metida en la cama y dejar que las horas y los días pasaran -como tan acostumbrada estaba a hacer desde que fui a vivir a esta ciudad- o irme con mis amigues Ana y Jose al estreno del documental Las Muertes Chiquitas de la artista catalana Mirella Sallarès, al Centre de Cultura Contemporánea de Barcelona(CCCB). Las dos opciones habrían sido igual de válidas, pero ese día, tal vez a causa del hartazgo y en un acto que consideré de valentía, opté por la segunda opción.

Yo no lo sabía pero esa decisión cambió mi forma de ver y entender la vida para siempre.

Siempre digo que mi introducción al feminismo fue a través de la película de no-ficción de Mirella y el libro Calibán y la Bruja: Mujeres, cuerpo y acumulación originaria, de Silvia Federici. Gracias a estas dos grandes obras me encontré con el feminismo como nunca antes había hecho y éste entró a mi vida para ayudarme a despertar, a entender, a perdonarme y a sanar.

Muerte chiquita, vida grandota

Podríamos resumir que Las Muertes Chiquitas es una película que explora, a través de entrevistas a mujeres residentes en México, la relación entre el orgasmo y la muerte.

Pero es mucho más que eso.

Lo que tienen en común estas 30 mujeres entrevistadas de diversas edades, estratos sociales, profesiones e ideologías, es la penetrante sinceridad, fuerza y valentía que transmiten a la hora de compartir con nosotres sus ideas sobre tabúes silenciados, para hablar de la conexión, en un principio no tan aparente, que tienen el orgasmo y la muerte, el placer y la violencia. Ellas relatan con una generosidad desbordante sus más íntimas vivencias y nos dejan ver en lo más profundo de sus seres para entender de dónde vienen, a dónde van, quiénes son, por qué piensan lo que piensan y sienten lo que sienten hacia estos temas.

Y aún va más allá.

El documental vincula el orgasmo, la muerte, el placer y el dolor, sí, pero al tratar con testimonios de mujeres tan diversas y provenientes de contextos tan variados, los temas principales son tratados a través relatos conectados al mismo tiempo con el poder, las luchas armadas, el feminicidio, el colonialismo, la transexualidad, la prostitución, la enfermedad, el exilio, la teología de la liberación o la pluralidad de la identidad mexicana.

Esta fascinante película de 5 horas de duración estaba dividida en 2 sesiones de 2 horas y media cada una. Recuerdo que nadie se movió de su butaca en esa primera sesión. A los penetrantes testimonios se le añadía la forma en la que la artista Mirella Sallarès optó por grabar a las entrevistadas: el documental completo es una sucesión de primerísimos primeros planos de decenas de caras en donde sonrisas, lágrimas, entrecejos fruncidos, sonrojos y pintalabios en los dientes son captados al milímetro, más aún si las ves en pantalla de cine. Con la cara de todas esas mujeres frente a ti midiendo 10 metros, es difícil no quedarse absorta, sobre todo con frases y testimonios lapidarios como los que comparten. Con este tipo de plano cinematográfico las entrevistadas adquieren un poder y una presencia determinantes a la hora de no ser vistas como víctimas, factor clave y diferenciador de las películas documentales.

Documentales, paternidad y no-ficción

¿Por qué llamar a Las Muertes Chiquitas película de no-ficción, en vez de llamarla simplemente documental?

Un documental tiene en esencia una finalidad informativa y pedagógica que cae a menudo en un paternalismo cuestionable: el realizador del documental toma a la hora de crear su película decisiones sobre qué mostrar y que no, qué explicar y cómo hacerlo, de tal manera que crea conveniente o beneficioso para quienes pretende dar voz y visibilidad. Y he aquí el despotismo del asunto.

El documental es un género cinematográfico admirado y valorado muy positivamente, pero que esconde un pacto tácito entre realizador y espectador que está implícito en la mayoría de documentales que denuncian miserias, injusticias o situaciones. Los documentales están narrados de tal manera que, cuando terminas de verlos, independientemente de generarte más o menos ganas -y si eso, momentáneas- de hacer la revolución, lo que te dices a ti misma es: “gracias que no soy una de esas”; lo mismo que Dolores cantaba en Zombie: “But you see, it’s not me, it’s not my family” (“Pero ves, no soy yo, no es mi familia”). Y así, básicamente, el documental no tiene la función de cambiar las cosas, sino perpetuarlas, mantener nuestro estatus quo y que las cosas se queden como están. Esta idea es lo que está soterrado en buena parte de los documentales que denuncian injusticias.

Por eso, la cineasta independiente Jill Godmilow prefiere considerar Las Muertes Chiquitas como una película de no-ficción, ya que aquí, por el contrario, al terminar de ver este largometraje sales diciendo: “¡ojalá fuera yo una de ellas!”. Y es que las mujeres que salen en la película han sido víctimas de violencia, sí; pero lejos de dar pena, te dejan claro que no necesitan tu ayuda ni tu solidaridad. Ni tan siquiera, dice Jill, necesitan tu simpatía. Si acaso, te la ofrecen. Y las supuestas víctimas pasan a ser en realidad un reflejo de ti misma, perfiles en los que proyectarte y que influyen en tus pensamientos y formas de ver y cuestionarte sobre los temas de los que te van hablando. Ellas te dan, no tú a ellas.

Dice Mirella que cuando los periodistas mexicanos le preguntaban qué era lo que más satisfacción le daba tras hacer este documental -imaginando una respuesta como “poder ayudar a concienciar/dar visibilidad”, etc-, ella respondía que gracias a las mujeres mexicanas ella pudo tener orgasmos por sí misma, algo que antes no podía hacer.

Esta ruptura del estereotipo de “dar visibilidad” es fundamental para crear obras que se responsabilicen de hablar sobre conflictos socio-políticos desde el des-privilegio, sin “dar voz a les sin voz”, ayudando o empoderando a otres, sino permitiendo que les afectades tomen el espacio como les plazca, lo hagan suyo y nos den lo que sea que quieran darnos, si es que quieren.

Las Muertes Chiquitas es una obra de arte para el pueblo, desde el pueblo. Un arte social, político, en el que más allá de perpetuar la imagen romántica del artista como ser incomprendido que plasma a través de su arte una realidad incomprensible para los ojos de simples mortales como nosotres, nos acerca más aún a nuestra propia realidad y nos ayuda a cuestionar todo el confort ideológico y moral en el que habitamos. Las Muertes Chiquitas es una muestra de arte al servicio del pueblo y no de una minoría intelectual privilegiada. Un ejemplo del compromiso ético del arte con la realidad sociopolítica, las mujeres y nuestro placer.

El documental completo a modo de miniserie y el trailer están en Filmin en 6 episodios de 50 minutos cada uno.

Canción Zombie, de The Cranberries

Conversación sobre Las Muertes Chiquitas con la artista Mirella Sallarés y Marta Segarra, comisaria de «Coreografías del género» de la exposición ¡FEMINISMOS! Versión original en catalán.

Libro Calibán y la Bruja: Mujeres, cuerpo y acumulación originaria, Silvia Federici; Traficantes de Sueños, 2010

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