Ser madre sin adjetivos: una cuestión de tiempo, salud y cuidados

Imagen realizada con la app Canva por el equipo de PK

El otro día salí a dar un paseo, por el camino me cruzo habitualmente con muchas madres con sus carritos, ese día me crucé con una madre que llevaba a su bebé muy pequeño. Mientras hablaba por el móvil totalmente sumergida en la conversación, el bebé lloraba y ella intentaba darle el biberón con una mano, sin mucho éxito, mientras con la otra mano sujetaba el móvil. A la vez, pasaron dos mujeres hablando y al cruzarse con ella, la miraron con desaprobación y oí como comentaban: ¡Madre mía!, ¿Esa mujer no se da cuenta de que la niña está demasiado tumbada para darle el biberón?, así no se hace. ¡¿Será capaz de no colgar el móvil?!. Yo lo escuché y me sorprendió darme cuenta de hasta qué punto es habitual que las madres critiquen a otras madres por cómo lo hacen.

La maternidad es una de las actividades más criticadas y sobre las que todo el mundo tiene algo que opinar. Sin embargo, llama la atención que sean en especial las mujeres, que viven este tipo de situaciones, las que a su vez las reproduzcan cruelmente. Así, tenemos al enemigo externo y al interno: nos marginan por ser mujeres y nosotras mismas reproducimos lógicas violentas entre nosotras.

Seguramente esa chica que hablaba por el móvil estaba haciendo todo lo posible por atender a su bebé, sin embargo fue juzgada como mala madre por estar hablando por teléfono a la vez. Hace poco vi un tuit que decía algo así como: qué poco tiene que hacer un padre para ser considerado buen padre, y qué poco tiene que hacer una madre para ser considerada mala madre. Y es cierto, cuanto más cierto es comprobar que si somos las mujeres las que criticamos cómo son madres otras mujeres, es porque históricamente somos las que nos hemos encargado de cuidar. Las expertas en cuidados, mientras que los hombres padres quedan relegados a ser aquellos que pasaban por allí y si un día llevan al niño a la escuela, ya son aclamados como padrazos.

Las mujeres no sólo criticamos a otras por cómo lo hacen, con el imaginario social de la madre abnegada que deja todo lo demás por atender a sus hijos incrustado en el cerebro. Además, en el ranking para ser una buena madre el listón lo pusieron las madres que nos preceden, aquellas que eran amas de casa y cuidadoras oficiales a tiempo completo. A día de hoy las madres nos vemos en una encrucijada sin salida: o somos madres abnegadas que anteponemos el cuidado a nosotras mismas, quedándonos fuera del mundo visible y público, o nos convertimos en súper mujeres que trabajan fuera de casa muchas horas, mientras delegan las tareas de cuidado a otras mujeres, dejando así la crianza en un segundo lugar. ¿Cuál es la opción más liberadora? la verdad es que es complicado.

Y luego está el tema del tiempo. Los usos del tiempo siempre están vinculados a la producción, y el tiempo del cuidado es improductivo porque no es adquisitivo sino circular, es decir, no se desarrolla siguiendo un esquema temporal para llegar a una meta. El tiempo del cuidado está fuera de lo productivo precisamente porque no produce capital, no se acumula, las tareas se repiten cada día para el sostenimiento de la vida.

A veces durante mi postparto me descubrí diciendo cosas como: hoy no he hecho nada de nada, sólo he estado con el bebé. Cuando decimos eso, sin darnos cuenta, estamos infravalorando el tiempo destinado a los cuidados, y a sostener la vida de otro ser humano, como si eso valiera menos que cualquier trabajo asalariado, como si fuera menos importante. ¿En qué quedamos?.

Maternar en el siglo XXI, si además tienes sensibilidad feminista, es bien complicado. Dar valor a los cuidados y a lo que típicamente han hecho las mujeres, sumado a seguir participando en el mundo productivo para luchar por nuestra autonomía económica, mientras a nuestro alrededor todo son críticas por lo mucho o poco que damos la teta, por hacer colecho o por no hacerlo, por dejar al niño en la escuela infantil o por no dejarlo, por volver rápido al trabajo o por cogerse una excedencia.

Como siempre, no hay un camino válido ni respetado, y al final vives la maternidad en los primeros años con culpa, sintiendo que no llegas a nada, con frustración por no ser como la generación anterior y no saber cocinar ni cuidar “de verdad”. Por no querer volver tan rápido a la vida productiva porque no le ves el sentido. Esta rueda te atrapa y te puede llevar a un ciclo de frustración. Si además eres feminista, igual te genera conflicto reconocerte en el placer de cuidar. No puedes reconocerte que ser madre es lo más importante que te ha pasado. Eso sería caer en las redes de la dominación patriarcal, en lo que el mundo espera de todas nosotras.

Algo está funcionando muy mal en la sociedad, y algo no está sabiendo recoger el feminismo, cuando al final las madres nos sentimos tan solas, incomprendidas. Nuestros dilemas y nuestras dudas no son recogidas por nadie. Están las expertas que te explican que si no das la teta y llevas a tu niño a una escuela infantil le estás privando de derechos o dejando que viva situaciones de violencia. En el otro extremo, está la sociedad que te pide que seas super productiva y que tu maternidad no se note, que te las apañes para llegar a todo como antes. Y en el medio estás tú, perdida sin saber cómo actuar.

Al final la salud mental se resiente y tampoco sabes a quién dirigirte, si te va a comprender el médico de cabecera y te va a derivar a un psicólogo, si puedes hablar libremente en tus redes de amigas donde siempre se está poniendo el foco en cómo ser buena madre, o cómo ser mala madre, llevando siempre ambas etiquetas, contradictorias, con mucho orgullo.

La maternidad, sobre todo los primeros años, es puro cuerpo y pura naturaleza, puro instinto. Esto no significa que las habilidades que permiten cuidar de un bebé sean innatas, pero meter tanta producción mental alrededor, tanto juicio, acaba resultando agotador. Quizás sería bueno para nuestra salud mental meter más cuerpo y sacar el juicio, maternar sin reloj ni horarios, actuar según la práctica como mejor sepamos y de la forma que mejor encaje con nuestras vidas, nuestros apoyos y nuestro contexto. Y dejar a un lado las críticas. Cuidamos lo mejor que sabemos hacerlo, dejemos de llamarnos buenas madres, o malas madres, siempre orgullosas. No queremos ser heroínas, somos simplemente madres que queremos serlo en paz. Sin adjetivos.

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