Perder el juicio

Reix nos comparte una conmovedora historia que vincula salud mental con tercera edad, ambos elementos con los que el mundo actual no está del todo preparado para lidiar. Ésta, es la historia de Elvira.

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Ilustración de Miriam S. de Arcos

No le gustaban los días de lluvia. Esos días, no podía salir al patio a dar el mismo paseo de siempre zigzagueando sobre su propia sombra una, diez, veinte, treinta, las veces que hicieran falta para que el día pasara lo más rápido posible hundida en sus propios pensamientos.

Los primeros años que estuvo encerrada en el sanatorio de las afueras, su vida era un suplicio. Dudaba constantemente de sí misma. Le hacían sentir que no gobernaba su cabeza ni sus pensamientos, y era presa de las constantes dudas. Ahí, comenzó su tortura:

¿sería un castigo divino de los que hablaba el cura en la iglesia?, ¿sería la manera que tenía de pagar el hecho de no haber cumplido con todo lo que rezaba la Sección Femenina para ser una buena esposa?, ¿por qué si estaba loca era la única de todo el centro que no tomaba medicación? La pregunta que todos los días le rondaba la cabeza era siempre la misma: ¿por qué?

¿POR QUÉ?

Y cada vez que preguntaba a las enfermeras, le contestaban lo mismo: el doctor así lo ha dispuesto. Y se sentía culpable de ser quien era y de ser como era.

Al principio, lo que más le agobiaba era pensar que por las noches no podría salir de su habitación más que al servicio contiguo previo permiso, evitando deambular por los espacios comunes en horas no permitidas o sino, se le infringiría un castigo: desde gritos y tirones de orejas hasta tener que permanecer en su habitación sin salir un día entero, comiendo incluso allí en la mesita de madera vieja que había a los pies de las dos camas cuando las enfermeras le trajeran su bandeja con la ración diaria. La habitación tenía una simple ventana con unas cortinas azul celeste manchada hasta la eternidad con restos inamovibles de algo no identificable. Ya podría tener una ventana con vistas al mar o un pequeño balcón lleno de plantas que comenzaran a florecer en primavera y le tuvieran entretenida en temporadas en las que tan pronto hace un sol espectacular y una temperatura maravillosa, como una lluvia de varios días seguidos; pero no. En su lugar, ese ventanuco daba a un colosal seto de más de cuatro metros de altura que revestía las paredes de su cárcel para evitar que nadie se escapara.

Le tocó compartir habitación con Mamen, que fue la única compañera que tuvo en el centro. Una joven que fue envejeciendo con ella y que no paraba de rechinar los dientes tanto despierta como dormida; tampoco paraba de moverse en el colchón de manera recurrente haciendo sonar mandíbula y somier con un sonido chirriantemente desagradable. Mamen tenía una mirada profunda, sonrisa apagada constante y no decía palabra alguna; emitía sonidos guturales cuando quería comunicar algo como que quería agua o tenía el pañal demasiado mojado. Acataba las normas a la primera y siempre que le gritaban, se llevaba las manos a la cabeza y se hacía un ovillo en el suelo, signo claro de maltrato físico del pasado que le había dejado marcas emocionales perennes. Mamen era lo más parecido a una familia, vivió con ella más tiempo que con sus padres o con su marido.

Durante el día, estaban programadas las mismas actividades aburridas, todos los días de lunes a sábado tocaba aseo, desayuno, limpieza de habitaciones en el caso de las internas más autónomas, patio o salón con la radio prendida toda la mañana, comida, ayuda en la limpieza del comedor, actividad de tarde (costura y siempre costura), cena, ayuda en la limpieza del comedor, aseo y cambio de ropa y hasta el día siguiente. Los domingos era lo mismo, pero por la mañana iban a misa a la capilla al otro lado del patio.

Chelo era la única trabajadora que no era un fantasma de bata blanca en aquel lúgubre lugar. Le hablaba como le hablaban las vecinas en su antigua vida en libertad, compartían charlas sobre las radionovelas que se escuchaban en el salón o sobre los sucesos que habían sucedido últimamente a las internas. Ella, le cogía la mano y le decía que sonriera, que así se le llenaba la cara de luz. En sus cumpleaños, le regalaba un libro que envolvía cuidadosamente en papel de colores y lo dejaba debajo de su almohada para que sus compañeras o el doctor no lo descubrieran. Las normas eran claras: prohibido estrechar lazos con las internas. El resto de trabajadoras tampoco se preguntaban por la aparición de libros en su estante; sabían que su marido era buen amigo del doctor y daban cosas por hecho sin preguntar, lo que le dejaba a ella total libertad para leer sin esconderse por las mañanas en el banco del patio cuando hacía sol. Chelo era lo más parecido a una amiga que tuvo el tiempo que estuvo trabajando en el centro.

Con el paso del tiempo, se acostumbró a esa vida; los pensamientos y las preguntas recurrentes dejaron de invadir su mente y normalizó vivir en un lugar frío, lleno de azulejos, largas estancias con eco y paredes desnudas donde el suelo parecía de película bélica; en vez de cadáveres, siempre había alguna compañera tirada retorciéndose, gritando, oponiendo resistencia a algún fantasma de bata blanca que luchaba para que se pusiera en pie para tomar la medicación o, simplemente, ensimismada mirando a la nada colocado en posiciones acrobáticas. Dejó de pensar en el día en el que saldría fuera y retomaría su vida, dejó de pensar en las calles de su pueblo, en el olor a pan recién hecho de la panadería de Tomasa, dejó de soñar, dejó de sonreír.

Pocas fueron las veces que fue llamada al despacho del doctor, a pesar de ser amigo de toda la vida de su marido y haber coincidido con ella en algunas ocasiones en el pueblo antes de ser internada. Concretamente, fue llamada al despacho dos veces: una, la primera vez que ingresó en el centro, magullada y exhausta. El doctor con actitud grave le comunicó, sin preguntarle nada, que había sido diagnosticada con un trastorno que le hacía estar en peligro si vivía en el exterior donde podría hacerse daño a sí misma y a lxs demás. Era por ello que, le comunicaba que iba a ser internada en el sanatorio por su propio bien y que era mejor que no opusiera resistencia puesto que allí, no le iba a faltar de nada y no tenía de qué preocuparse. Era lo mejor para todxs y que, con todo el dolor, su marido había hecho lo mejor para ella.

Elvira, cuarenta y dos años de edad. Natural de Huesca, nacida en 1921. Única hija de Godofredo y María Elvira. Casada con José Manuel en 1940 tras la muerte de su padre en el frente y la muerte de su madre por tuberculosis. Conocimientos básicos de escritura, lectura y cálculo presenta graves problemas para mantener la cordura. Su marido apunta que tras no poder darle descendencia por problemas comunes de algunas mujeres y, tras una conversación agitada en el hogar familiar por negarse reiteradamente a cumplir con las responsabilidades de una buena esposa, abandona constantemente su compromiso marital para con Dios, la Iglesia y su marido. Éste, se ve en la obligación de darle un merecido castigo físico y, acudiendo al sanatorio a las 19:35 horas del 3 de julio de 1963, realiza el ingreso inmediato de la paciente, la cual presenta graves signos de enajenación mental; lo que incapacita sus actividades diarias pudiendo poner en peligro tanto su vida como la de las personas que tiene alrededor. Se valorará el tratamiento durante su estancia resultando irrevocable el alta de la paciente.

Informe diagnóstico firmado y aprobado por el excelentísimo doctor Ortiz Castillo.

La segunda vez que acudió al despacho del doctor, décadas más tarde, él le comunicó con una dulzura impostada que su marido había fallecido de un paro cardiaco, que no había sufrido y que en el velatorio al que acudieron muchas personas, se hizo llegar una corona por la amistad que tantos años les había unido al doctor y a él. Ésta, era la primera noticia que tenía de su marido desde que ingresó en el centro. Sin más dilación, la despachó para que se marchara tras un: “le acompaño en el sentimiento, doña Elvira”. No lloró, no sintió rabia, pena o dolor. Estaba ya años adormecida, como en un duermevela, ya no tenía nada fuera.

Años después, las reformas educativas y psiquiátricas empezaban a promover corrientes donde se ponía a las personas con enfermedad mental en el centro de las intervenciones, viendo innecesarios los aislamientos e internamientos tutelados en aquellas condiciones y trataban de dar autonomía a las personas, adaptándose a las necesidades de cada caso. El nuevo doctor del centro, cuando llegó supuso una revolución. Más joven y con ganas de hacer un cambio de paradigma, le informó a Elvira de la oportunidad de darle el alta ya que ella no presentaba razones de peso para estar internada y aislada, a lo que Elvira contestó:

“Disculpe mi atrevimiento, doctor, pero han pasado décadas desde que ingresé. Nunca he salido ni sé cómo es el mundo ahí fuera. Ya no tengo nada ni a nadie esperándome y, a mi edad, no sabría valerme por mí misma. Si no le importa, prefiero quedarme aquí el poco tiempo que me queda. Le prometo que no le daré problemas”.

Salió del despacho, fue directa pero a paso lento al patio y se sentó en un banco al sol, a esperar que pasara el día.

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