Leonora Carrington – La exacta representación del mundo

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Ilustración de Sdraswi

Una de las deudas por las que el patriarcado aún debe dar respuesta es el escaso -o nulo- lugar que se le ha reconocido a todas las mujeres artistas que se animaron a crear sus propias obras de arte. Usualmente escondidas detrás de la figura masculina más cercana, muchas de ellas han quedado en el olvido. Las que se animaron a luchar más fuertemente en contra de la fuerza de la desolación fueron tratadas de locas o de peligrosas. Tal es el caso de mi amada Leonora Carrington, a quien hoy les presento.

Imágenes surreales de un amor inolvidable

Nacida en el revuelto año de 1917, Leonora Carrington asomó al mundo en el seno de una familia acomodada de la localidad inglesa de Lancashire. Desde pequeña demostró mayor interés por el desarrollo de su mundo interior que por cumplir con las normas impuestas para las niñas y señoritas de esa época. Como ocurre muchas veces con mujeres que logran construir un complejo sistema de intereses, pasiones y deseos, Leonora no pudo encajar fácilmente en una realidad en la que los caminos ya estaban marcados de antemano. Casarse, tener hijos, dedicar su vida al hogar.

La lectura, el arte, la naturaleza despertaban su asombro y maravilla. Pero además, desde muy chica su desarrollada sensibilidad la llevó a experimentar numerosas situaciones de tipo sobrenatural donde la carga emocional estaba puesta en entidades o formas, siluetas, que nadie más que ella podía percibir. Leonora mostró habilidades para dibujar y pintar. Esto le sirvió para ingresar a escuelas de arte pero las reglas no eran las mejores amigas de Leonora por lo cual muchas veces sufrió reprimendas por no saber llevarse bien con ellas.

A sus jóvenes veinte años, Leonora conoció a quien marcaría para siempre su vida: el pintor alemán Max Ernst. Parte esencial de la escuela surrealista, Max ingresó a la vida de Leonora primero a través de sus cuadros. Fue la visión de la obra titulada «Dos niños amenazados por un ruiseñor» de Ernst lo que hizo que Leonora sintiera que su corazón se incendiaba. Más tarde, ambxs artistas comenzarían una apasionada historia de amor que sin embargo tendría sus penurias y padeceres. Para aquel entonces, el pintor -que llevaba más de veinte años de diferencia con Leonora- estaba casado y el matrimonio, aunque ya irrecuperable, fue parte central de los dolores y tristezas de nuestra protagonista. La vida en conjunto de la pareja se resolvió al mudarse a una pequeña localidad francesa en la que se instalaron para crear arte, amarse y alejarse del ruido de las grandes ciudades.

Comienza el horror y el descenso a la oscuridad más cruel

En el año 1939, cuando se desató la Segunda Guerra Mundial, Ernst fue apresado por primera vez: los franceses lo consideraban un enemigo peligroso por ser alemán en territorio francés. Luego, un año más tarde, los nazis que veían su arte como inmoral y sospechoso lo llevaron a un campo de concentración. Esta separación causó un profundo dolor en Leonora que experimentó sus primeras vivencias de locura: ataques de pánico, pérdida de la razón, miedo y ansiedad invadieron su cuerpo a tal punto de dejarlo completamente desgastado. En sus escritos, Leonora relata que luego de superar esos momentos, sintió cómo su propio estómago se transformaba en el espejo mismo de la Tierra: en él sentía reposar a todos los elementos del universo. Unas semanas después de la segunda detención del pintor, Leonora pudo escapar a España junto a algunes amigues.

Sin embargo, la presencia de Max seguía estando en su cuerpo y en su mente. Sus visiones y su extrema sensibilidad le valieron su primer encierro en un hotel desde el cual sería trasladada luego a un infranqueable psiquiátrico en Santander, España. Comandado por el oscuro Doctor Morales, el hospital psiquiátrico ubicado en Covadonga, le supuso a Leonora una mezcla de inyecciones aniquilantes, dolores, fatiga, dosis interminables de medicamentos pero siempre renovadas fuerzas para llevar a cabo su misión: lograr el Conocimiento y la Verdad.

Dibujo de Down Below en las memorias de Leonora Carrington

En el año 1943, Leonora Carrington escribió lo que se conoce como sus memorias, un breve escrito que lleva el nombre en inglés de Down Below (Allí Abajo). En él relata los momentos de separación de Max y un pormenorizado detalle de su estadía en el psiquiátrico del Doctor Morales. Su fortaleza interior y su lucha por cumplir la misión con la cual ella sentía que había sido marcada tenían por objetivo llegar al espacio dentro del hospicio conocido, justamente, como Down Below. Ese lugar, inaccesible por la mayor parte de su estadía, era para Leonora el Paraíso, el lugar al que finalmente pudo llegar y ser dispensada de las durísimas terapias de electroshock y drogas a las que era sometida como cualquiera de les demás internes. Cuando finalmente se le dio permiso para ingresar a Down Below, Leonora pudo poner en práctica los planes de su misión: la observación de la naturaleza y de la frondosa vegetación del lugar parecían hacerse carne en ella. De aquella etapa, Leonora dijo que fue allí «a través de la fuerza del Sol, fui una andrógina, la Luna, el Espíritu Santo, una gitana, una acróbata, Leonora Carrington, y una mujer».

Una mujer valiente y determinada a representar la mismísima existencia del mundo

Como podemos comprender, una mujer con las convicciones e ideas de Leonora no iba a pasar desapercibida en la época en la que le tocó vivir. Tal vez no pasaría desapercibida hoy en día, tampoco. Decidida a lograr aquello que ella misma se había construido como destino, y no lo que se le imponía desde afuera, Leonora logró escapar un año después a Estados Unidos y luego a México, donde permanecería definitivamente hasta su muerte en 2011 a sus 94 años. En el camino de su emigración, Leonora volvió a cruzarse con Max quien, habiendo olvidado a aquella joven que por él todo su mundo había trastocado, se encontraba comprometido con otra mujer: Peggy Guggenheim, perteneciente a la famosa familia de coleccionistas de arte y mecenas. Pero Leonora, como toda mujer poderosa e increíblemente segura de sí misma, no se detuvo en Max ya no más. Ahora su camino había virado y debía perseguir aquello que el Universo había decidido y ella había aceptado con honor.

Leonora Carrington es sinónimo para mí de fortaleza, del poder de las convicciones. Ni la más profunda pérdida ni las más duras drogas pudieron detenerla ni arrebatarle el designio de su vida. Las miserias humanas y los mecanismos de control estallaron en su vida en mil pedazos cuando se enfrentaron a Leonora, a la exacta representación del mundo. A ella le debo todo mi respeto, mi más inconmensurable amor.

Les comparto aquí el link al sitio del Museo Leonora Carrington, click aquí.

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