Cosas que he aprendido tras adelgazar (casi) 40 kilos

Adelgazar a veces trae consigo unas expectativas, además de emociones encontradas y reacciones ajenas sorprendentes y por eso Elo, con gran generosidad, nos cuenta cómo ha sido su vivencia particular.

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Ilustración de Paula C.

Antes siempre fantaseaba con qué pasaría si de repente me levantara y pesara 30 o 40 kilos menos. No podía evitar pensar que, si un día me despertara y estuviera delgada, todos mis problemas desaparecerían. Evidentemente, este ha sido un proceso de casi dos años en el que he cambiado mis hábitos y en el que he ido perdiendo peso de manera gradual. Os preguntaréis si mis problemas han desaparecido y si mi vida ha mejorado, ¿verdad? Pero estas preguntas no tienen respuestas fáciles.

Mis complejos no han desaparecido; simplemente se han transformado. A pesar de mi bajada de peso, sigo sin tener un cuerpo normativo, ya que me sobra mucha piel, el pecho se me ha quedado caído y tengo algunas arrugas en la cara por el peso perdido. Mi cuerpo no es como el de las chicas que aparecen en las revistas y aún tengo que esforzarme cada día en recordarme que los modelos que nos ofrecen en la mayoría de medios de comunicación no representan la realidad. Pero cuesta. Cuesta porque, cuando una ha pasado toda la vida pensando en que al perder peso sería una chica de revista y se da de bruces con la realidad, sigue cuestionando su apariencia y tiene que hacer un ejercicio consciente y constante de autoestima.

Desde que he adelgazado, también he sido mi peor enemiga, ya que no podía evitar una gran culpabilidad por sentirme mejor conmigo misma. He pasado media vida reivindicando la diversidad corporal y mi propia valía a pesar de mis kilos de más. ¿Cómo podía ahora sentirme mucho mejor al estar más delgada? Era una traidora a la causa, una mala feminista.

De nuevo, la culpa, ese feo sentimiento que muchas veces nos acompaña. Intento recordarme cada día que no soy peor por estar feliz con mi nueva imagen. Por desgracia, vivimos en una sociedad con ciertos cánones de belleza y yo no soy ajena a ellos; al fin y al cabo es natural que me haga ilusión poder ir a comprarme la ropa que me gusta sin tener que remover cielo y tierra para encontrar mi talla. Eso es lo que no es justo; que muchas chicas se sientan mal por no tener alternativas.

Lo que sí he podido apreciar, aparte de mis propios cambios internos, es cómo la gente se comporta de manera diferente conmigo. Entrar a una tienda a preguntar por el vestido del escaparate ya no levanta miradas cínicas. No veo medias sonrisas cargadas de malicia cuando comento que salgo a andar al monte y llevo una vida activa, pues parece que es lo natural porque estoy delgada. Sinceramente, me siento más valorada y me tratan mejor que antes; tanto en el trabajo con mis estudiantes como cuando me como un dulce andando por la calle.

Y aquí abrimos otro melón: el de cómo me trata el sexo opuesto. He recibido cumplidos de gente que hace dos años me habría mirado con el asco más absoluto. No os podéis imaginar cómo duele en el alma recibir una reacción positiva en Instagram a un story en el que se te ve de cuerpo entero por parte de chicos que no han hablado contigo en siglos. Por suerte, tengo a mi lado a un chico maravilloso que se enamoró de mí hace ya casi ocho años, que me quería con todos mis kilos de más y que me sigue queriendo hoy en día con mi nuevo cuerpo y toda su piel flácida.

Hace ya unos años escribí un artículo en el que explicaba el significado de un tatuaje que me hice. Ahora le acompañan más estrías y más piel, pero me sigue ayudando mirarlo para intentar recordar que mi cuerpo sigue siendo bonito y que no valgo lo que marque la báscula, sino que soy mucho más. He aprendido muchas cosas en todo este tiempo, pero la más importante es que si hay gente que me trata de otra manera por haber perdido peso, son ellos los que tienen un problema; porque yo sigo siendo la misma que hace (casi) 40 kilos.

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