Resurgir

Patricia hizo esta preciosa ilustración e inspiró a Marta a escribir este texto sobre la importancia de escucharnos, cuidarnos y resurgir.

resurgir
Ilustración de Patricia Corrales

Lo intenté todo.

Intenté buscar culpables, probables e insospechados.

Culpé a las personas, al medio, al lugar y al tiempo.

Miré hacia todos lados, a mi alrededor, fijándome en cada detalle, en cada movimiento ajeno, para ver si así identificaba que me sucedía.

No escuchaba bien las palabras de las demás personas.

Llegaban como amortiguadas, como si las dijesen en voz bien baja. Y asumí, que si alguien te habla en ese tono sin necesidad de hacerlo, es porque no tiene mucho interés en ser escuchado.

Analizaba el aire y sus partículas, asombrada al sentir que cada vez me costaba respirarlo.

¿Cómo podía ser que de un momento a otro el mundo fuese algo tan inhóspito?

Las caras que se suponían familiares las veía deformadas y me asustaban.

Una sensación de miedo me impregnaba cuando se acercaban y temía identificar una mano dispuesta a un golpe con una que me declaraba ayuda y soporte. Ante la duda huía.

Y me hundía.

La soledad, la oscuridad, la sensación de desapego y la incomprensión hacia lo que estaba sucediendo.

Mis pensamientos sonaban atronadores, como si fuesen lo único que producía sonido en este mundo.

Entraba en bucle.

pum-pum, pum-pum

¿Qué era eso?

Mi corazón, sus latidos.

pum-pum, pum-pum

Retumbaba en mi pecho, como intentando decirme algo en un idioma antiguo que me resultaba familiar pero se me hacía difícil recordarlo.

Como ese sueño que se va deshilando a medida que te vas despertando.

Esta vez paré a escucharlo.

Transmitía nervios y energía. Como la alarma que se dispara ante una emergencia.

Cerré los ojos y seguí sus latidos.

Y, como quien recuerda una melodía que creía olvidada, empecé a tararear a su ritmo.

pum-pum, pum-pum

Abrí los ojos y entendí todo.

Me hallaba sumergida, perdida en un lago que yo misma había ignorado.

Porque no podía verlo, no sabía cómo hacerlo.

La realidad que tanto me costaba distinguir estaba deformada por el agua y sus movimientos.

Las palabras que no llegaban, era porque se arrastraban por este medio a mis oídos sumergidos.

Qué duro es hundirse sin darse cuenta y qué maravilla utilizar ese mismo medio como impulso para subir y flotar en la superficie.

Empezar a mirar hacia dentro para ver qué es lo que me hacía daño, en lugar de buscarlo fuera.

Y coger aire.

Volver a ser y sentir.

Abrazarme y recordarme que nunca voy a estar sola porque siempre estaré conmigo.

Florecer como nunca antes me había permitido.

Y entender, que en la vida a veces flotamos, otras nadamos y en ocasiones nos sumergimos.

Pero que siempre podemos volver a nuestra realidad a solas o en compañía.

Utilizando nuestras propias piernas o dejándonos llevar y cuidar por alguien más.

Qué difícil vivir ciertos momentos, pero qué bonito lo que podemos aprender de ellos.

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