La bailarina de La Habana

Para escribir este texto Reix se ha inspirado en una persona real de la que aprendió mucho y fue muy importante para ella. Gracias por «presentárnosla».

La bailarina de la Habana
Ilustración de Yolanda

Violeta hablaba siempre pausadamente recostada sobre su cama revuelta madrileña con las manos en su regazo. Las uñas largas perfectamente pintadas, los labios perfilados, colorete rosa y el pelo cardado. Recibía a todo el mundo en pijama, pero pintada al detalle: “siempre hay que estar presentable, porque nunca sabes quién puede llamar a tu puerta”.

Violeta no podía caminar desde hacía algunos años; había sido bailarina profesional en su Cuba natal; una mujer que medía un metro ochenta y un cuerpo atlético una tarde, se partió la cadera izquierda y, como nunca le selló bien, estaba relegada a ver la vida pasar como Frida Kahlo, con los huesos rotos desde la cama. A veces, cuando le visitaban la asistente social o la voluntaria, le ayudaban a sentarse en su silla de ruedas y así, podía ir al salón o la cocina. Porque lo que era la calle, no la pisaba desde hacía dos años. Violeta vivía en un tercer piso sin ascensor en un barrio de la periferia de Madrid en el que ni los camiones de basura eran habituales. Las calles estaban llenas de desperdicios, malos olores y seres que por la noche salían a roer todo lo que pillaban.

Un par de veces a vez a la semana, la voluntaria se encargaba de darle una ducha completa, el resto de la semana tiraba como medianamente podía con toallitas húmedas y desodorante. El sistema de cobertura social era una absoluta vergüenza y, que una persona dependiente de más de setenta años fuera desatendida de casi toda necesidad básica, era algo bastante común. Además, tildar el hecho que la persona que intentaba pintar con un poco de dignidad los días de Violeta fuera una persona voluntaria que no cobraba nada, decía mucho de la importancia que se les concede a las personas en riesgo de exclusión en aquella gran ciudad de tiendas de souvenirs, plazas con fuentes de agua cristalina y parques floreados del casco histórico.

Cuando Violeta decidió migrar al mundo nuevo de las oportunidades hace cuarenta años, para entonces, ya había tenido en sus entrañas cinco bebés, de los cuáles solo uno de ellxs había sobrevivido. Tres de esos bebés habían sido fruto de las violaciones que en el camino desde que salió de su casa hasta llegar por fin a España había sufrido. Otros dos eran bebés engendrados con su pareja. Cuatro de ellxs, habían acabado siendo abortos por motivo de las condiciones insalubres en las que vivía y la falta de alimento que había sufrido aquellos años. Para cuando se quedó embarazada de Claudio, Violeta ya no tenía ninguna esperanza de que el pequeño sobreviviera pero, a pesar de nacer en las peores condiciones que se pudieran imaginar, tanto ella como su marido se dejaron la piel para que saliera adelante. Ahora, Claudio tiene cuarenta y cinco años pero casi nunca se ven porque tiene tres trabajos diferentes a ochocientos kilómetros de distancia del sucio barrio donde reside su viuda madre y el teléfono es el único encuentro que les une cada noche.

Al llegar a España, Violeta desconocía completamente la cultura, las costumbres y al ser extranjera, negra y no tener la documentación en regla, pasó muchos años al margen de la ley evitando todo tipo de encuentros con policías y destinada a realizar trabajos de la nueva modernidad esclavista, siendo interna en casas con jornadas de más de doce horas al día durante seis días y medio a la semana. Los domingos, al menos, disponía de la tarde libre para visitar a su hijo en casa de su prima a más de setenta kilómetros de distancia de la casa en la que estaba interna. Tardaba trece paradas de metro con dos transbordos y un autobús interurbano en llegar a los brazos de su hijo; es decir, una hora y media de ida y una hora y media de vuelta. Lo que le dejaba tres tristes horas semanales de disfrute de su hijo para comprobar lo rápido que crecía y lo mucho que se estaba perdiendo. Evitaba llorar delante de Claudio en la despedida pero, la hora y media de vuelta a la casa donde vivía, todo eran lágrimas en un pañuelo de tela que sostenía en la mano temblorosa.

Violeta fue a la escuela y contaba que Cuba era el país con la tasa de analfabetismo más baja del mundo; casi nula, pero que a ella le hubiera gustado aprender y leer cosas más a allá de la Revolución. Cuando hablaba de Fidel Castro, lo primero que decía era: “Fidel era un pesado” y a continuación ya contaba la historia que tocara en ese momento. Ella recuerda estar más de seis horas a pleno sol, sin sombra donde cobijarse entre cientos de personas, escuchando a este señor sermoneando sin parar, parecía que nunca se iba a callar. Cuando se le preguntaba por Cuba, ella decía claramente que nunca volvería aunque pudiera; Cuba se lo había quitado todo y no iba a dejar un segundo más de su existencia en ese lugar de los sueños muertos. Cuando era joven, había conseguido vivir de manera tranquila con un pequeño negocio familiar en el que cosían y remendaban ropa mientras su marido era profesor de deporte. Por las tardes, entrenaba bailes profesionales que los fines de semana mostraba en shows de un conocido hotel de la capital. Así, la familia sacaba un sobre sueldo.

El día que decidieron cambiar de vida y marcharse a Europa, el Régimen Cubano les retiró los pasaportes, les echó de su casa y se quedó con ella, les prohibió trabajar en sus negocios y les relegó a estar encerradxs en una casa de campo con otras personas en la misma situación, lejos de la ciudad. En este lugar estuvieron años sometidxs a trabajar en el campo sin descanso para varios patrones acérrimos al Régimen y unos “perros del Estado” como ella los llamaba. Era el castigo que se les imponía a los traidorxs hasta acabar con sus fuerzas y hacerles pagar por sus pasaportes el precio de la dignidad; además de quedarse con todos los bienes que las familias tenían, propiciando que salieran del país sin ahorros.

“Jamás pasé tanto miedo como aquellas noches interminables en esa casa solitaria. Yo que quería vivir, reír y disfrutar… y dejé hasta de bailar”.

Nunca decía su edad, decía que eso era algo que no quería desvelar porque era demasiado mayor y a ella le gustaba sentirse joven por todos los años que le habían sido arrebatados.

“Este país no me ha tratado bien; el mío, tampoco. Pero he aprendido lo que no está escrito y la vida me ha enseñado cosas que no salen en los libros”.

El día que Violeta murió por una neumonía, dejó un hueco muy grande en las personas que la conocieron. En su funeral recordaban cómo cocinaba rica yuca, «plátano a puñetazos» frito, arroz con pollo y frijoles. Varias personas coincidían en la calidad de los consejos que daba siempre, con una historia detrás, donde ponía sobre la mesa toda su sabiduría acumulada durante años.

Murió muy anciana y quizás, tenía razón cuando decía sabia y pausadamente que quien no oye consejo, no llega a viejo”.

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