¿Quién teme a una yegua?

Como las yeguas necesitamos del grupo para sobrevivir. Nos juntamos y, a través del relato autónomo, como el relato trans*, creamos nuevas historias que rompen con la historia oficial que nos quieren imponer.

ProyectoKahlo_feminismo
Ilustración de Inés

Como mamíferas que somos, necesitamos al grupo para seguir viviendo y sólo así garantizamos nuestra supervivencia. Cuando se es un animal mamífero, los obstáculos que aparecen a lo largo de la vida son difícilmente superables de forma individual. Quizá por ello, pasamos parte de nuestra adolescencia intentando encajar en el grupo. En ocasiones callando cuando en realidad gritamos por dentro. Actuando extraño. Probando maneras de ser. Jugando con máscaras.

También para las yeguas y los caballos, pertenecer a un grupo es vital. Se da, además, la circunstancia de que son pacíficxs vegetarianxs, y esto lxs sitúa en un nivel de vulnerabilidad muy alto. Tienen el sentido del miedo muy desarrollado y les funciona como un arma de defensa. Así, estando en manada, si empiezan a sentir que algún miembro tiene miedo, se transmite rápidamente esta percepción y el grupo se inquieta. A veces pasa que su presencia asusta a alguna persona.

Y es en este momento donde se sucede una confusión monumental.

El animal, consciente de su fragilidad e inconsciente del temor que puede despertar su presencia, reacciona instintivamente y activa una actitud de defensa. Su cuerpo se agita. Levanta las patas. Quiere protegerse a toda costa… de un peligro inexistente. O, mejor dicho, de su propia presencia.

Me fascina esta imagen de acabar temiendo al peligro que una misma representa.

Algo parecido pasa cuando nos construimos en colectividad. Lo que en su origen podía ser  un instinto de protección, se descubre como una peligrosa controversia a lo establecido. Y allí aparece la magia.

La fuerza de la colectividad reside en la capacidad de generar un relato autónomo frente a la historia única. Chimanda Ngozi ya alertó en su día del peligro que entraña la historia oficial sin restricciones. Esta historia performativa que nos homogeneiza y busca reforzar la hegemonía de la norma. Si atendemos a este relato oficial el sujeto protagonista del mundo sería hombre, cisgénero, blanco, heterosexual y capitalista. Los cuerpos serían perfectos según las proporciones áuricas trazadas por Michelangelo. Y los territorios serían ordenados y apenas mezclados.

Ante esta historia oficial se nos pide silencio para no molestar a los que la están contando. Pero, aparte de mamíferas, somos personas y la propia voz es nuestra insignia.

Así, se levantan por doquier miles de voces que reclaman su relato. Historias singulares que incomodan a lo establecido. Y lo incómodo es bello: es bello porque moviliza y en el movimiento aparece la posibilidad del cambio.

La historia oficial nos cuenta que en el mundo existen hombres y mujeres. Punto. Más adelante entró en cuestión la voz que hablaba sin tapujos de la dirección del placer: hombres deseando a hombres; mujeres deseando a mujeres. Y hoy, cuando ya teníamos bien establecidas las diferencias entre hombre y mujer, así como las desigualdades e injusticias históricas  fruto del patriarcado y el capitalismo entra, con  fuerza, el colectivo trans* reclamando su propia narrativa.

Reconozcámoslo, si nacimos en los 80 todo nuestro imaginario se tambalea. Porque la mano que escribe la historia oficial estuvo muchos siglos construyendo un relato donde la naturaleza está totalmente ordenada en dos únicas categorías sexuales. Aquellas que se apartaban de la categoría que les asignaron  al nacer eran contadas como historias tragicómicas, donde lo absurdo de su persona era la nota dominante.

Se podría hacer un capítulo a parte de la cantidad de personajes burlescos que vimos en nuestra niñez y adolescencia a través de diferentes programas de televisión. Personajes que nos hicieron imaginar que el ser transexual era eso: una caricatura de persona. Alguien perteneciente a las bajas esferas sociales. Un ser ridículo. 

Hoy en día hay personas que se rebelan en su condición de ser social marginal y (re)escriben su parte de la historia narrada. Y ya no andan solas. El relato ahora ha cambiado y lejos de ser un relato adulto, empieza ya en la niñez implicando su entorno familiar. A veces olvidamos que muchas de las personas que forman parte del colectivo trans* tienen en la infancia el origen de su sentir y, siempre que exista un entorno de seguridad donde expresarlo, ya es verbalizado en los primeros años de vida

No surgen de la nada, espontáneamente y en la edad adulta. 

Así, no hablamos sólo de derechos de personas trans*, si no de derechos de la infancia a poder expresar su vida de forma coherente. De poder desarrollarse de forma armónica sea cual sea su identidad de género y orientación sexual. Derecho a poder experimentar con su expresión de género  y su deseo, también.

Empieza así un nuevo estado de agitación en el grupo, sin ser muy conscientes de si se trata de un peligro existente o es la propia presencia lo que atemoriza. El derecho ganado y por ganar del colectivo trans* despierta temor por doquier. También entre feministas. Algo está sucediendo para que la respuesta sea, todavía hoy, todavía aún, tan visceral. Colmillos y uñas temiendo que una narración eclipse a la otra. Si es que eso fuera posible.

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