La teta, la leche y el amor

Una Frida nos comparte su experiencia de maternidad. A veces estamos acompañadas y tenemos todo resuelto a nuestro alrededor, pero aún así sentimos dolor o frustración.

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Ilustración de Leire Martin

Mi nombre es Anny, tengo 38 años y soy mamá de Lucas de un año. Me pasó que yo no le di muchas vueltas al tema de la lactancia durante mi embarazo. Soy funcionaria de salud, entonces estaba muy consciente de la importancia de la lactancia materna para la mamá, para el bebé y para el vínculo de ambos, lo sabía por los estudios y la evidencia médica.

Ahora que miro hacia atrás, creo que fui ingenua en ese momento y no me di cuenta de los discursos políticos respecto a la lactancia, el cuerpo de las mujeres y la construcción de género enraizada en la idea de lo materno. Incluso siendo feminista, me preocupe más de la violencia obstétrica que del discurso sobre la teta, la leche y el amor.

Llegó el nacimiento de Lucas y yo nunca me había preguntado si deseaba amamantar, porque sentí que era algo natural y lo di por hecho. Pensé que como mamífera full conectada con mis chakras, todo fluiría sin otro problema que lo típico, pezones irritados y rotos, como todas las mujeres que conocía y que habían sido madres me habían comentado. También me habían dicho que no había nada más hermoso y especial que amamantar a tu bebé.

Lucas salió a este mundo, escaló a mi teta y se agarró de ella. Yo pensé que era el inicio de ese momento especial del que todas me habían hablado y lo vi hacerlo tan bien que no pensé que tendríamos problemas. A los tres días me bajó la leche a chorros y nos estaba costando un poco el acople, ya tenía los pezones agrietados y sangrando. Lucas nunca se despegaba de la teta y yo tenía la impresión de que tenía hambre todo el tiempo.

Como tenía que comer cada tres horas según la indicación médica, succionaba 30 minutos por cada teta, luego había que botar los «chanchitos» 20 minutos y cuando se dormía no alcanzaba a pasar una hora y ya tenía hambre otra vez. Yo no dormía casi nada, porque después de que él se dormía iba a curarme los pezones. Los tenía que humedecer con leche y dejarlos al aire libre.

Estaba muerta… pasaban los días y seguíamos intentando el acople y que pudiera comer. A los 10 días, mi producción de leche empezó a bajar. Yo me asusté porque no me salía casi nada.

Buscamos una asesora en lactancia para que nos ayudara. Conseguí una asesora que era además enfermera, muy amorosa, humana, me escuchó y contuvo mientras lloraba de pena, de frustración y de susto. Me animó e intentamos varias técnicas hasta que llegamos a la succión poderosa y no pasaba nada con la leche.

Lucas tenía hambre, él lloraba mientras lo alimentaba y se enojaba porque no salía leche y yo lloraba de dolor, pena y un montón de emociones, hormonas y pensamientos.

Empezó a bajar de peso y decidimos iniciar con leche en formula. Lucas dejó de llorar y por primera vez sentí que se estaba alimentando y que se dormía plácido, con guatita llena y corazón contento. Fue como un tiempo fuera para mí porque en ese momento de silencio me pregunté qué estoy haciendo… ¿deseo continuar con esto? Si resulta que no quiero seguir, ¿seré una mala madre?, si se enferma un día, ¿será porque no le di leche?, ¿qué pasará con el apego? Mientras, la Anny mujer que estaba también dentro de mí, sentía que descansaba, se sentía bien no tener dolor en los pechos y también sentía escalofríos, no me di cuenta y tenía mastitis.

Antes del mes de vida hay varios controles médicos, en cada uno me preguntaban por la lactancia y yo me di cuenta de que cada vez que lo hacían lloraba y empecé a percibir como la frustración se apoderaba de mí.

Javier, mi compañero de vida, lloraba junto conmigo porque no podía hacer nada para aliviarme y porque se había dado cuenta antes que yo de que esto no me estaba haciendo bien y que no era nada feliz. Me dijo que no pasaría nada y que Lucas necesitaba amor de su mamá y de su papá y estaría bien. Mi madre también me calmó y me ayudó a callar los fantasmas del mandato de género y los discursos médicos del apego y la inmunidad tan rígidos que me estaban atormentando.

Lo último que hice -después de escuchar a mi ginecólogo y de que me informara de que la tasa de mujeres que no tenían leche era súper alta y tuviera cuidado con las «tetanazis» que estaban libres por el mundo juzgando a otras mujeres por no amamantar-, fue usar sulpilan por 7 días. Sin ningún éxito.

Decidí recuperar el gobierno sobre mi cuerpa, compré las hormonas para cortar la poca producción de leche que me quedaba y, después de 2 meses con mastitis y múltiples antibióticos, recuperé mis tetas.

Lucas está sano y crece feliz. Estuvimos encerrados sus dos primeros meses porque, como no tuvo lactancia materna, su pediatra se preocupó por la inmunidad y sugirió que no recibiera visitas. Tampoco estábamos para recibir a nadie más que sus abuelos que también participan de su cuidado y crianza, porque todo esto que les cuento ocurre en lo más íntimo de los momentos posteriores a 27 horas de trabajo de parto en el que la vida pasa entre tus piernas y las hormonas se apoderan de tu vida postparto, tanto que nublan los pensamientos.

Los controles médicos continuaron hasta hoy. Cada vez me fui sintiendo mejor y más tranquila cuando me preguntaban por la lactancia materna.

Al principio soporté los comentarios y las miradas que me devolvían los profesionales de la salud y las amistades cuando les decía que no daba pecho o me veían sacar la mamadera y el frasquito de leche en polvo. Escuché los sermones «lo ideal es que de pecho«, incluso que me dijeron que envenenaba a mi hijo porque la leche en fórmula tiene endulzante, que ahora era un adicto al azúcar. «Lo que pasó es que no tuviste una buena asesora de lactancia«, «porque no me llamaste«, «pero cuanto de peso bajo tu hijo«. «¿Intentaste con la cánula en la mama?«, ese fue el último comentario que soporté antes de que me volviera intolerante frente a personas que me juzgaron. Mi respuesta ofensiva después de eso fue decir que la teta estaba sobrevalorada. Que hay niños/as con lactancia materna exclusiva que se enferman y finalmente decidí que no tenía que dar explicaciones.

Les cuento que mientras escribo se me inundan los ojos de lágrimas de recordar y ordenar todas las emociones de esos días.

Ha pasado un año desde entonces y creo que esos discursos no han cambiado mucho. En países como Francia, después del parto, le preguntan a las mujeres cómo desean alimentar a su hijo, si usará formula o leche materna. En Chile, bajo la política de favorecer por sobre todo la lactancia materna, se presenta una enfermera, te pide que le des teta a tu hijo y supervisa si lo haces bien. Nadie te pregunta si es la alimentación que escogiste. Los discursos dicen que el apego está ahí en «la Teta», que el dolor no importa y que incluso debes alimentarlo con pezones agrietados. Te retan cuando no lo haces como si fueras una niña, te toman el pezón y se lo introducen a tu bebé.

Criar a Lucas ha sido una experiencia increíble… Todo lo que nos pasó favoreció a Javier, quien también pudo estar a la par en la alimentación de su hijo, asumir turnos de la noche y alimentarlo. Lucas nunca extrañó la teta, amó a su mamadera y decidió dejar la leche a los 11 meses.

Aprendí tanto de mi misma gracias a «mi teta» y cuando pienso en tener otro hijo, pienso en todo lo vivido y aun no decido si deseo o no amamantar. Y de eso se trata, de que cada una pueda escoger cómo vivir su maternidad.

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Anny, (38), Santiago de Chile.

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