La importancia de lo colectivo

Una Frida nos abre su mundo íntimo para contarnos por qué fue en lo colectivo que pudo darle nuevo valor a su historia y a la de las mujeres de su familia.

La importancia de lo colectivo
Ilustración de Sdraswi

Voy a contarles una historia. Conocí a una mujer que a los 21 años se enamoró de un hombre de, más o menos, su misma edad. Ambos eran jóvenes, estaban llenos de vida y de ilusiones sobre el futuro. Tenían un plan que parecía perfecto: contraer matrimonio y mudarse a una casa chiquita, llena de flores que, con mucho esfuerzo de trabajo, habían alquilado. Planeaban una vida de amor en familia, brindarse en cuerpo y alma y tener hijes para criarles en un entorno ideal.

En el destino, si es que eso existe, a veces conspiran la crisis y la esperanza. En la tarde de un 23 de diciembre, él se dirigía a la despedida de soltero que familiares y amigos habían organizado. Iba en la parte trasera de una camioneta, sentado sobre unos tablones de madera que usarían como mesas. En el intento de esquivar un pozo, la camioneta dio un salto y los tablones volaron por el aire. Su cuerpo fue encontrado sin vida sobre la ruta minutos más tarde.

Ella quedó destrozada, a la deriva y vaciada por completo de sueños. 

Luego de algunos años de buscar el retorno hacia algún rumbo, conoció a otro hombre que parecía prometerle el amor que le habían arrancado de las manos. Este hombre traía consigo una mochila pesada; una crianza en el seno de una familia patriarcal y violenta, una adolescencia golpeada por una guerra. Cuando se conocieron, él acababa de volver de la guerra en las Islas Malvinas (Argentina). A los 25 años, ella se casó embarazada. Tuvieron cuatro hijas. La primera pudo ver, siendo bebé, como su padre golpeaba a su madre embarazada de su segunda hija. Y así sucesivamente, todas ellas vieron a su madre golpeada. Hasta que llegó un día, cuando la mayor tenía diez años, en el que, en medio de un divorcio costoso y difícil, se separaron. 

Pienso en “Todo sobre mi madre”, la película dirigida por Pedro Almodóvar. Una de las canciones de la banda sonora se llama “No me gusta que escribas sobre mí”. Esta historia que vine a contarles, es parte de un ámbito íntimo y privado que aún vive en el seno de una familia, mi familia, por cierto. Pero como sabemos hoy, habiendo visto crecer la cuarta ola del movimiento feminista, resultó que esta historia es similar a muchas otras que también se dieron en el ámbito íntimo y privado de otras familias, de otras mujeres. 

Sucede que, en muchos casos, las situaciones de violencia machista que se dan en el ámbito personal y, sobre todo, en la vida doméstica (en el hogar) quedan segmentadas a conflictos privados. Muchas veces escuchamos frases como “en cuestiones de pareja, yo no me meto”, e incluso, el tan conocido término “crimen pasional”. Como si se tratara de violencias internas asociadas a la pasión o a la personalidad, de situaciones ajenas a lo social, a un contexto global de violencia machista invisibilizado y arrojado al silencio cómplice aprendido durante años. 

Hoy en día, en muchos países, el movimiento feminista ha visibilizado y repudia las situaciones de violencia machista, plantea el fin de los privilegios de género, y desde el lema “lo personal es político” pone sobre la mesa (entre muchas otras problemáticas) las historias personales de desigualdad y violencia de género para trabajar con el fin de desenraizar lo aprendido y crear una sociedad más justa para todes. Pone como centro la sororidad, la hermandad para fortalecer la lucha de las disidencias. 

En mi núcleo familiar más cercano, aprendimos lo colectivo y lo solidario como una forma genuina y naturalizada de transitar la vida. Mi madre dedicó gran parte de su vida a ser madre y profesional de las ciencias sociales, la educación y la asistencia a niñes que sufrían violencia intrafamiliar o que no contaban con los recursos económicos para satisfacer lo básico: vestimenta, techo y comida. Trabajaba en tres turnos (mañana, tarde y noche) y, por ende, la veíamos poco. Sin embargo, en los intermedios, pasaba por la casa, hacía la comida y nos contaba algo de su jornada laboral. En nuestras charlas se daban el afecto y la disciplina como en un cóctel de alimentación básica diaria. Se aseguró de dejarnos en claro, que a pesar de que nuestra vivienda no fuera la ideal, de que los metros cuadrados no fueran suficientes para que cuatro niñas jueguen y tengan intimidad, o de que el menú de almuerzo y cena muchas veces se repitiera, nosotras gozábamos de ciertos privilegios frente a otres niñes de nuestra edad. En ese momento no llegábamos a dimensionar lo grave de esas situaciones y lo esencial que era la ayuda de personas como ella para esos niñes. Pero entendíamos que el trabajo solidario de varias personas agrupadas podía mejorar e incluso, salvar, la vida de alguien.

Ciertamente, esa madre, que se brindaba con tanta generosidad al trabajo colectivo hacia otres, en lo que refería a su propia vida, a sus propios problemas, los autogestionaba (en solitario) con mucha dificultad. Recuerdo con claridad haberme enojado mucho con ella durante mi adolescencia al ver su incapacidad de pedir ayuda y de “reparar” nuestras vidas. Me llevó muchos años trascender mi lugar de hija y entender a mi madre como una persona, una mujer. 

Ambas crecimos en un entorno cargado de mandatos en torno a la familia, el matrimonio y la maternidad. Ser madre y divorciada durante los ’90 era sinónimo de fracaso. ¿Cómo reconocer las grietas, dar a luz para limpiar las heridas y plantar una bandera de superación personal en soledad? ¿Cómo no temer al dedo acusador de nuestres pares?

Me pregunto, entonces, ¿cuántas de nosotras hemos sostenido alguna vez un vínculo tóxico y violento por el miedo al qué dirán?, ¿por el miedo a la soledad?, ¿cuántas? Quién haya podido esquivarlos y salir airosa que arroje la primera piedra. Seguramente, no llegaremos a hacer un muro con ellas. Yo tampoco estoy exenta; viví y conviví durante años en hogares violentos. Entiendo que es difícil llevar en la frente un cartel que diga “víctima”, “¡soy una víctima!, ¡que alguien se apiade de mí!” 

Personalmente, fue en el encuentro con otras mujeres que pude poner en palabras las situaciones de violencia que me atravesaban. Resultó que, en ese juntarme con otres a pensarnos, a cuestionarnos, qué sentíamos, qué nos dolía, cuáles eran nuestras cruces y contradicciones, pude desprenderme de esas historias, sacarlas de mí. Fue en el encuentro colectivo con otres, y en la empatía, que entendí que lo personal también es político. Y que si bien, el trayecto de apertura de una historia privada al ámbito público no es tarea sencilla, la sensación de estar aportando a una causa de lucha mayor es la sensación de comenzar a sanar. 

Mi madre pudo romper el silencio en las conversaciones que nos dimos en los últimos años, ahora que ambas somos adultas y que supimos construir una “tribu” entre todas las mujeres de la familia. Pudimos poner palabras a cuestiones que antes nos daban miedo, confiarnos secretos, inspirarnos confianza, incluso. Y, por supuesto, que no todo es color de rosa; cuanto más sinceras somos, más discutimos. Quien haya visto alguna vez la película “J’ai tué ma mère” (Yo maté a mi madre), de Xavier Dolan, y se haya sentido interpelade, entenderá de lo que estoy hablando. Somos madre e hija, pero también somos personas individuales, nacidas y crecidas en contextos históricos, políticos y sociales diferentes. Estamos cargadas de contradicciones y ambigüedades, pero no estamos solas; tenemos la red, la red de lo colectivo, el movimiento feminista del que nos retroalimentamos cada día. 

Lo colectivo comienza en el encuentro de elementos en común con une otre. Puede ser una manera de vestir, una manera de verse, de querer ser, un deseo de ser reconocide, un deseo de lucha. En definitiva, un horizonte al que llegar que es compartido con otres. La empatía compartida genera la apertura de una red que, a medida que suma aspirantes, crece y se vuelve más fuerte.

En un colectivo somos nosotres pero más expuestes, más honestes y menos “caretas” (como decimos en Argentina a lo que es falso). Implica ser une como parte de un todo, hermanarse con la fisura, brindarse un ritual compartido, levantar en alto una bandera que diga “cuidar la tribu”. Eso es, ni más ni menos, ser parte de un colectivo y entonces, ¡qué importante es!, ¿no les parece? 

Mis más cálido y sincero abrazo a quienes trabajan día a día por fortalecer lo colectivo, por sanar y por un mundo mejor.

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Victoria Morales (33), Buenos Aires, Argentina.

Instagram: @moravicc

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