Ella sola

Una mujer tras una ruptura decide aislarse del mundo, lo que no pensó, es que sus amigas no la dejarían sola.

Ella sola
Ilustración de Sdraswi

Vueltas sobre una misma.

Era la tercera vuelta que daba sobre sí misma en menos de un minuto. Esa sería otra de esas noches.

Desde que había comenzado el encierro voluntario no había encontrado demasiadas dificultades para dejar pasar las horas solitarias. Demasiadas actividades presionaban su tiempo deformándolo hasta tal punto que en numerosas ocasiones se sorprendió descubriendo un nuevo día sin haber pegado ojo.

Se preguntaba cuánta presión haría falta para transformar ese tiempo oprimido en un valioso diamante.

Pero esa era otra de esas noches. Desde hacía unos meses; creía que tres, cuatro tal vez; la oscuridad traía consigo una especie de inquietud ajena a su carácter previo.

Ella había decidido aislarse del mundo. Ella había tomado la decisión correcta tras el incidente. Y eso la estaba liberando, la estaba elevando y agitando por dentro. Su verdadero ser, esa esencia interior que algunas personas pudieran llamar alma o espíritu, se estaba empezando a mostrar tal como era, libre de influencias externas y de relaciones decepcionantes. El desencanto no tenía cabida en el paraíso de entelequia que había creado. ¿Por qué entonces la noche traía ahora consigo el desasosiego que ahora experimentaba?

Volvió a dar otra vuelta sobre sí misma. Ciento ochenta grados. Vuelta y vuelta. Pronto esperaba sentir el chorrito de limón cayendo sobre su cuerpo y estaría lista para emplatar. No, eso supondría salir de su horno. Eso no. Ese no era el plan.

Recapitulemos, se dijo. (Desde que comenzó el aislamiento, el inventariado mental de sus emociones, por nimias o inexplicables que pudieran parecer, era una de sus actividades principales.) Su actividad diurna no se había visto alterada en nada: un buen despertar exento de alarmas y resacas, breve ejercicio antes de la ducha accionadora; meditación, lectura, escritura, o cualesquiera de las labores que requiriese su psique en ese momento; comidas reguladas, tareas del hogar programadas, cervezas y caprichos planificados. Exactitud de máquina. Libertad de espíritu. Fusión perfecta. Paz profunda. Entonces, ¿qué mierda le estaba ocurriendo?

Otra vuelta más. Podía notar el chisporroteo de su piel crujiente empezando a despegarse del resto de su epidermis. Muslitos de pollo. Ojalá alguien pudiera llegar a saborearlos. Un desperdicio. Por su mente cruzó una sombra de rostro sonriente y un olor dulce emanó de entre sus piernas. Percibió la humedad de una lengua que buscaba ascender la montaña de su rodilla flexionada. Suspiró. No, no puede ser. Otra vez ella. La peonza de los recuerdos giró y tornó la excitación en una congoja punzante que se asentó dando vueltas en el centro de su garganta.

No podía respirar.

Se irguió de golpe repeliendo de un manotazo el nórdico que la cubría. Acompasó su respiración poco a poco, como recordaba de aquel cursillo con “las chicas”.

Bien, todo se había regulado.

Las chicas… ¿Qué sería de ellas? Tal vez debiera llamarlas. No, esa no era la idea de su retiro. Reclusión absoluta. Cero contacto.

…Pero… quizá un simple mensaje… No.

Ella sola podía.

Se recostó de nuevo. Las cavilaciones sobre los recordatorios que el crepúsculo no cesaba de evocarle de vuelta, la presión en su garganta y los tímidos pero firmes rayos de luna que penetraban a través de la persiana… Ese cúmulo le recordó unos versos de algún poeta decadentista, cuyo nombre creía recordar pero prefería no mencionar en su mente, aquellos bohemios, focos de misoginia decimonónica que enturbiaban la belleza de sus creaciones:

…y la Luna se te aferró tan tiernamente a la garganta, que has conservado para siempre las ganas de llorar…”

¿Fue la Luna quien besó su frente de niña y selló esa maldición que alejaba a aquellas personas que lograba amar? Eso explicaría muchas cosas… Y la excluiría de toda culpa. Qué sencillo sería creer en lo invisible. Pero no. Ella, y sólo ella, era la responsable. Por tanto, ella debía enfrentarse a sí misma sin involucrar a nadie más. En soledad. Encontraría una solución o viviría ajena a la sociedad. No más daño. No por su causa.

Miró el reloj en el móvil para descubrir que tan sólo había pasado media hora de esa noche inagotable. No podía ser cierto. Giró. Esta vez sólo noventa grados. Enfrentó su mirada a la pared. Las luminiscencias de la nutricia envenenadora de todos los lunáticos le devolvió visiones en el muro frío que descansaba en la cama junto a ella. Cuando su corazón dormía a ese otro lado, en forma de mujer amada, esos terribles espejismos quedaban ocultos por su cálido cuerpo. Y… otra vez ella. Joder. Ojalá ese tabique fuera la pared del horno.

Arder hasta la extinción sería mucho más sencillo.

Peligro. El detector de humo de su cerebro se dispuso en estado de alerta inminente. Pensamientos amenazadores. La gallina estaba desplumándose pensando en embutirse voluntariamente en la sauna implacable.

Con la mirada fija, las lágrimas se escurrieron reflejando los destellos blanquecinos del astro noctámbulo. Su cuerpo se convulsionó bajo las sacudidas del llanto. Sus pulmones se bloqueaban entre los resuellos de pez trocándose pescado. Estaba demasiado cansada para luchar por olvidar. Lo había intentado y había perdido.

La luminosidad se volvió resplandor azul. ¿Qué era eso?

Cesó el llanto.

Otra vez el fulgor azulado.

Como “deus ex machina”, la puerta del horno se abrió y el viento fresco de realidad se aventuró a su interior.

Era el teléfono, claro. Alguien la estaba llamando.

Dio otra vuelta más (¿sería la última de la noche?), para descubrir que su grupo “Las Chicas” estaba intentado realizar una llamada grupal. Lo había olvidado. Lo había obviado. Esos meses solía espiar las conversaciones como una espectadora no participativa.

¿Y ahora?

Alguna de ellas envió el dibujo de un corro de vulvas que danzaban dándose sus manos de pilares clitorianos.

Rio. Rio evadida, rio libre.

Y aceptó la llamada. La llamada de “sus chicas”.

Ella sola no podía.

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