Del cómo me interesé por la figura de Lilith o el porqué de que las mujeres nos identifiquemos con ella

Una Frida nos habla del muy interesante personaje de Lilith, la primer mujer rebelde y soberana.

Ilustración de Marta A.

“We took Lilith for our heroine, and yet, most important, not Lilith alone […] Lilith by herself is in exile and can do nothing. The real heroine of our story is sisterhood, and sisterhood is powerful”

—Judith Plaskow.

Tres años atrás, durante las vacaciones de fin de semestre, me encontraba sola en casa, con un montón de tiempo libre y ganas de dedicarlo todo al ocio. Busqué algo entretenido y ligero que me llamara la atención en Netflix, y fue así como me topé con The chilling adventures of Sabrina, la historia de una adolescente mitad bruja, mitad humana que debe hacer frente a multitud de adversidades durante su estancia en una academia de magia.

Terminé la primera temporada ese mismo día; la serie, en general, no me pareció la gran cosa, pero es verdad que me resultó curiosa la cantidad de referencias al folklore de diferentes culturas que contenía. De entre todas hubo una, en especial, que despertó mi curiosidad: la de Lilith. Había escuchado su nombre antes, en alguna parte, pero no estaba segura de lo que era ni de lo que hacía. En su producción, Aguirre-Sacasa nos la presenta como una mujer demonio aliada con Lucifer, cuya misión principal es persuadir a Sabrina para que escoja unirse al lado oscuro, pero que, finalmente, sintiéndose desplazada por su amo, intenta gobernar por cuenta propia.

Meses más tarde, por azares del destino, me topé con un artículo de Alfredo Serra titulado La increíble historia de Lilit, la endemoniada mujer que Dios habría creado para Adán… ¡antes que Eva! El texto me gustó tanto que comencé a investigar como loca la historia de este personaje. No me contenté hasta que hube revisado casi todos los enlaces que me lanzó Google. Fue entonces que empecé a percibir a Lilith de forma distinta. Por aquel entonces, lo recuerdo bien, apenas estaba descubriendo el feminismo de la mano de mis amigas más cercanas. Me impactó mucho, por lo tanto, el hecho de que tantas mujeres hubieran abrazado y dignificado a esta figura. Ya lo decía Sandra Barba en su ensayo para Letras Libres: “No pasa mucho tiempo, después de interesarse por el feminismo, cuando uno se topa con Lilith”. Y no pasa, tampoco, mucho tiempo antes de que logres, como mujer, identificarte con ella.

Pero vamos por partes:

¿Quién es Lilith?

Durante el medioevo, se presentaron algunas reinterpretaciones de la Biblia, con el fin de esclarecer ciertos versículos considerados ambiguos o poco claros, sobre todo los ubicados en el Génesis. El Alfabeto de ben Sirac —texto anónimo judío del siglo VIII— trató de explicarlos a través de la existencia de una primera mujer anterior a Eva: Lilith.

Se cuenta que esta nació a la par de Adán, una fémina creada y modelada a partir del mismo barro. Dios les ofreció a ambos el Edén con una única condición: la de poblarlo. Adán y Lilith, siguiendo su mandamiento, resolvieron unirse, pero enseguida comenzaron a discutir. Durante las relaciones, Adán deseaba recostarse encima de ella, pues defendía que su cualidad de hombre lo volvía “superior”; Lilith, indignada, respondió que no se acostaría debajo de él, pues, habiendo sido creada del mismo polvo, se consideraba su igual.

Al no llegar a un acuerdo, la mujer decidió pronunciar el nombre sagrado de Dios —una ofensa mayúscula—, y acto seguido huyó del paraíso. En ese momento hubo cometido su primer pecado. Dios mandó a tres ángeles en su búsqueda, pero ella se mostró decidida a no regresar. ¿Qué sucedió entonces? Es una pregunta fácil de responder: ¿qué es lo que ocurre cuando una mujer se rebela contra lo establecido por los hombres, cuando no adopta un papel de sumisa, sino que defiende con firmeza su propia exención? Se diaboliza, por supuesto.

Lilith fue convertida en demonio. Dios optó por no matarla, pero en cambio, la condenó a ver morir cada día a cien de sus hijos demonios. Y ella, en venganza, se dedicó a robar y a asesinar a todos los infantes que no tuvieran por nombre el de los tres ángeles que se presentaron ante ella. Más tarde, se le empezó a considerar la malvada serpiente que persuadió a Eva para que comiese el fruto prohibido.

Somos las malas del cuento

La demonización de Lilith, en primera instancia, me pareció un acto sumamente misógino. ¿Por qué metamorfosear, pensé, en un ente terrible, a una mujer que simplemente buscaba equidad y un trato digno? Entendí de esta forma la inconformidad de muchas, así como su apego al personaje. Me pregunté si aún era esa la forma en la que la mayoría de los hombres perciben a las mujeres independientes, que deciden sobre su sexualidad, que dicen no, que desafían y revolucionan. La respuesta, supuse, es un sí. Se me ocurrió entonces otra pregunta: ¿habrá algo que podamos hacer con toda esta mala reputación? 

La resignificación del mito de Lilith a través del feminismo

Mientras continuaba con mi investigación, me encontré con el trabajo de Judith Plaskow, una feminista judía que —inspirada por las mujeres con las que compartió espacio para revisar textos mitológicos— publicó, en 2005, un brillante libro de ensayos titulado The coming of Lilith. Essays on feminism, judaism and sexual ethics. Esta increíble mujer dio respuesta a mi cuestionamiento previo. En su libro, con el propósito de reivindicar la figura de Lilith, nos narra una historia distinta a la que conocemos. 

En cierta ocasión, escribe, Lilith se acercó a las puertas del Edén, preparada para desafiar a su expareja. Adán tuvo una larga e intensa lucha con ella, hasta que resultó vencedor. Antes de marcharse derrotada, esta observó de reojo a Eva, que también la estaba mirando. Su marido le había contado mil y una historias sobre ella: que era un demonio, que robaba a recién nacidos de sus cunas y los asesinaba, que su apariencia era terrible y que lo mejor era permanecer lejos de ella.

En Eva, no obstante, empezó a crecer la curiosidad al percibir a Lilith como su semejante —otra simple mujer— y no como el demonio que Adán describía. Por esto, la siguiente vez que la encontró cerca del jardín, se animó a cruzar los portones, se acercó a ella y, cautelosa, preguntó “¿Quién eres? ¿Cuál es tu historia?”. Lilith la saludó gentil. Ambas se sentaron y conversaron por horas; rieron, lloraron y compartieron experiencias. Surgió casi de inmediato un fuerte lazo de sororidad entre ellas, y ninguna regresó al Edén. Desde entonces, nos cuenta Plaskow, Adán y Dios temen el día en que retornen juntas, “preparadas para reconstruirlo”.    

Todas somos un poco Liliths

Esta versión del mito, de Judith Plaskow, fue la abrazada por las feministas de la década de los setenta, quienes encontraron en Lilith un ejemplo de la independencia de la mujer. La figura enseguida recobró su dignidad; dejó de verse como el demonio terrorífico, la femme fatale, la infanticida de la que se hablaba en el Alfabeto de Sirac —seguramente escrito por un hombre para escarnecerse de la condición de la mujer—. Plaskow la convirtió en una heroína, en una mujer que no se dejó subyugar por un hombre, que defendió valientemente sus derechos y que se marchó con premura del lugar en el que era oprimida. 

Lilith, dice Mabel Vizcaya, ha pasado de ser un demonio a una mujer emancipada; un modelo a seguir para todas aquellas sometidas a normas androcéntricas. Para mí, es un símbolo de rebeldía, de subversión. La primera feminista, la llaman algunas; la primera mujer que rechazó la subordinación. Es innegable: su historia, además de inspiradora, resulta atemporal. Aún hoy es un ejemplo para muchas. Aún hoy continuamos nombrándola, continuamos identificándonos con ella. 

En medio del caos en el que vivimos, de la misoginia, de la opresión, del pacto patriarcal y de la falta de espacios seguros para las mujeres, seguimos luchando, alzando la voz, resistiendo. Cada una desde su trinchera, pero juntas. Lilith, en efecto, tiene descendientes: somos todas nosotras. 

Camila Ferreiro (18 años), Coatzacoalcos, Veracruz
Redes sociales: en instagram y en twitter estoy como @_cherrycami

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