Las escritoras suicidas y su llegada a ουτοπία

Wolf , Plath, Pizarnik… escritoras extraordinarias con un punto en común, el suicidio. Marta nos habla sobre ellas e imagina un final utópico para su vida.

ilustración escritoras suicidas
Ilustración de Amanda

“El suicidio está en la soledad de un escritor. Uno está solo incluso en su propia soledad. Siempre inconcebible . Siempre peligrosa. Sí. Un precio que hay que pagar por haber osado salir y gritar”

Marguerite Duras

El otro día devolvía a mi estantería el libro “Poesía Completa” de Alejandra Pizarnik mientras pensaba que ojalá estuviese viva. Ojalá más textos suyos, poder escucharla en entrevistas quizás.

La vista se me fue a los libros vecinos y anhelé también a quienes la rodeaban. Sylvia Plath, Anne Sexton, Virginia Woolf… y en ese preciso instante se me puso la piel de gallina y un escalofrío me recorrió.

Hay mucho conocimiento que tenemos dentro, que sabemos y que, probablemente si nos preguntasen, sabríamos que lo sabemos pero hay momentos mágicos en los que atas la información y, a pesar de que no sea nueva, se siente como nueva.

En ese momento en el que pensé que todas estaban muertas ya, una palabra surgió con fuerza: suicidio. Porque no es que no estén vivas, es que todas eligieron el momento y la forma de su muerte. Las escritoras suicidas.

Virginia Woolf

Recordaba claramente la muerte de Virginia Woolf, a sus 59 años, en el río Ouse al que se encaminó tras escribir 2 cartas (una a su pareja y otra a su hermana) con piedras en los bolsillos como aliadas para que flotar fuese más difícil. Al final, es una imagen que si has visto la película “Las horas” se te queda grabada.

“No puedo luchar más. Sé que estoy arruinando tu vida, que sin mí tú podrás trabajar. Lo harás, lo sé. Ya ves que no puedo ni siquiera escribir esto adecuadamente. No puedo leer. Lo que quiero decir es que debo toda la felicidad de mi vida a ti. Has sido totalmente paciente conmigo e increíblemente bueno. Quiero decirlo, todo el mundo lo sabe. Si alguien podía haberme salvado habrías sido tú. Todo lo he perdido excepto la certeza de tu bondad. No puedo seguir arruinando tu vida durante más tiempo. No creo que dos personas pudieran ser más felices de lo que hemos sido tú y yo.”

Nota de suicidio que Virginia Woolf dejó a su marido

Sylvia Plath

Me miraba desde su lado Sylvia Plath en la portada de su libro “La campana de cristal”. Un libro para el que barajaba otros nombres, entre ellos “Diario de un suicidio”. En esta novela basada en su propia experiencia, vemos a una mujer que lo que quiere es escribir y salirse de lo que la sociedad tenía planeado para ella: buscar un “buen partido” con quien casarse y tener hijos. Es un viaje por la depresión y la ideación de muerte en una época en la que la “cura” en salud mental venía cargada de electrochocks y lobotomías. No llegó a verlo publicado ya que poco después, a sus 31 años, se quitó la vida. Lo hizo metiendo la cabeza en un horno de gas mientras sus hijos dormían en una habitación que había aislado y en la que dejó unas tazas de leche y pan por si se despertaban con hambre.

Tenía que estar tan emocionada como la mayoría de las demás chicas, pero no lograba reaccionar. Me sentía muy tranquila y muy vacía, como debe de sentirse el ojo de un tornado que se mueve con ruido sordo en medio del estrépito circundante.

Sylvia Plath, “La campana de cristal”

Anne Sexton

Anne Sexton tuvo que esperar a su décimo intento de suicidio para lograr su objetivo. Lo hizo a los 45 años encerrándose en el garaje de su casa y ahogándose con el dióxido de carbono que expulsaba su coche. Cuentan que lo hizo tras emborracharse y que tenía una copa en su mano mientras esperaba que la muerte se la llevara.

Balanceándose allí, los suicidas a veces se encuentran,
furiosos con el fruto, una luna hinchada,
dejando el pan que confundieron con un beso,
dejando la página del libro descuidadamente abierta,
algo sin decir, el teléfono descolgado
y el amor, lo que sea que haya sido, una infección.

Extracto del poema “Querer morir” de Anne Sexton

Alejandra Pizarnik

No conocía como había sido la muerte de Alejandra Pizarnik, la poeta que me había llevado hasta aquí, así que lo busqué por internet: se quitó la vida a sus 36 años de edad con 50 pastillas de barbitúricos.

¿Cómo no me suicido frente a un espejo
y desaparezco para reaparecer en el mar
donde un gran barco me esperaría
con las luces encendidas?

Extracto del poema “El despertar” de Alejandra Pizarnik

El origen de sus suicidios

Cuando empiezas a leer sobre sus vidas o, mejor dicho, sobre sus muertes, te encuentras mucha mención a supuestos trastornos psiquiátricos. Muchas de ellas estuvieron ingresadas en centros psiquiátricos y “tratadas” en ellos. No sé que parte se ajustará a la realidad y cual no teniendo en cuenta que muchas de ellas lo que anhelaban era una vida que no se les permitía vivir.

Porque si supuestamente Virginia Woolf murió “por amor”, es el amor romántico igual quien la mató.

Alejandra Pizarnik tuvo una gran adicción a las anfetaminas que utilizaba para adelgazar sufriendo de Anorexia y Bulimia, ¿cual es el origen de eso? ¿quién o qué exige esa figura normativa?

Anne Sexton se sumergió en el alcohol y en la bebida y confesó a sus hijas no quererlas, según cuenta una de ellas, ¿porqué tenerlas entonces? No. La pregunta sería ¿podía no tenerlas? ¿existía una alternativa real?

A Sylvia Plath también se le regaló esa etiqueta de morir por amor ya que se quitó la vida cuando se estaba separando mientras ella era clara en sus palabras:

Mi gran tragedia es haber nacido mujer.
Tengo celos de los hombres. Una envidia profunda y peligrosa que puede corroer, imagino, cualquier tipo de relación. Una envidia nacida del deseo de ser activa y hacer cosas, no ser pasiva y solo escucharlas.

Sylvia Plath, «La campana de cristal»

Utopía o ουτοπία

Por eso me puse a pensar y a crear un final diferente para ellas y las tantísimas otras escritoras que se quitaron la vida. Las que conocemos con nombre y apellidos pero también las que sufrieron que sus obras se quedaran firmadas como “Anónimo” o con el nombre de sus maridos. Las mujeres semilla.

Porque si algo tiene el ser humano es la capacidad de empatizar e imaginar. Y existe la utopía o ουτοπία, que viene del griego οὐ que significa “no” y τόπος que es “lugar”. La utopía como el “no-lugar”.

Un mundo paralelo al que todas llegaron. Un mundo en el que no sufrían trastorno alguno, en el que estaban seguras, podían ser ellas y escribir a sus anchas. Por supuesto cada una de ellas con su habitación propia y su independencia. En él podían hacer lo que les diese la gana, con su sexualidad, sus relaciones, sus cuerpos, emociones e intelectos.

Y allí, en ουτοπία, crearán textos maravillosos que conmoverán y harán tambalear todos los cimientos. Y nosotras los disfrutaremos si tenemos la suerte de llegar hasta ellos.

The end

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