El cuerpo utópico de Michel Foucault: cómo construirse un cuerpo y saltar con él.

La invitación a una exposición, un paseo entre fotografías, un acercamiento al cuerpo utópico de Michel Foucault y unas reflexiones acerca del cuerpo, nuestro cuerpo.

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Ilustración de Miriam S. de Arcos

El otro día me pasaron el enlace a una exposición con la promesa de que me gustaría mucho. Se trataba de “Magnum. El cuerpo observado”, una muestra que se puede visitar en la Fundación Canal en Madrid, o virtualmente aquí, hasta el 28 de marzo de 2021. Ayer por la tarde, encontrándome totalmente huérfana de inspiración para escribir, abrí el ordenador y me decidí a visitarla. 

114 fotografías, tanto en blanco y negro como en color, componen la exposición. Algunos de los nombres de artistas me resultan familiares -Cristina García Rodeiro, Alessandra Sanguinetti (a la que conocí porque una de sus fotos ilustra la portada del genial Panza de burro (Barrett, 2020) o Herbert List-, otros me son completamente desconocidos.

El primer golpe de magia lo recibo de la mano de Bieke Depoorter, fotógrafa belga que presenta aquí “Agata”, una serie de fotos que capturan a su protagonista en diversos países y escenarios para reflexionar sobre nuestros yoes públicos y nuestras existencias privadas. 

Fotografía de Bieke Depoorter

En una de estas fotografías, tomada en Paris dentro de un baño de estridente color rosa, encuentro una cita de la propia Agata, con la que la fotógrafa compartió conversaciones e intimidad durante mucho tiempo, que me atrapa: 

Apenas logro reconocerme en esta imagen. Pero este debe ser mi aspecto.

Ambas se conocieron en el club de striptease en que Agata, polaca de nacimiento, trabajaba en París, y a partir de ahí decidieron colaborar para dar a luz juntas a esta serie, que os recomiendo encarecidamente. Desde el momento en que leo esa cita, me adentro en la exposición de un modo casi carnal, inclinándome sobre el ordenador buscando fundirme con las fotos que van apareciendo dentro de él, intentando traspasar la pantalla y meterme en esas vidas que las fotos narran de manera tan precisa y puntiaguda.

¿Cómo construimos nuestro cuerpo más allá de su mera materialidad?, ¿cómo dialogamos con él al observarlo desde fuera, en el espejo, en la fotografía?, ¿muta nuestro cuerpo, no solo ante nuestros ojos y los ojos de otrxs, sino también ante su propia perplejidad?, ¿de qué manera logramos reconocernos en nuestro propio aspecto, a veces tan distorsionado que la identificación se vuelve tarea titánica?.

El cuerpo utópico propuesto por Michel Foucault

Las utopías como ensoñaciones ficticias aparecen en toda sociedad, son construcciones de sentido más o menos coherente que logran idear escapes y fugas para salirse, aunque sólo sea de manera narrativa, del sistema que tantas veces nos oprime.

Foucault habla de “la dulzura de las utopías” y propone que, en contra de lo esperado, existen en toda sociedad utopías que ocupan un lugar preciso y real. Uno de los ejemplos que usa para ilustrar esta idea es “la gran cama de los padres” a la que se refiere así:

Es sobre esa gran cama de donde se descubre el océano, porque uno puede nadar allí entre las mantas; y además, esa gran cama es también el cielo, ya que se puede saltar sobre los resortes; es el bosque, porque uno se esconde; es la noche, puesto que allí uno se vuelve fantasma entre las sábanas.

Si las utopías pueden tornarse reales en espacios concretos como la cama de los padres -y las madres-, ¿qué ocurre con el cuerpo, ese estuche nuestro que viaja con nosotres hacia todas las utopías?, ¿puede ser nuestro cuerpo base utópica de otra realidad?.

Foucault, al principio de su conferencia “El cuerpo utópico”* pronunciada en París en 1966, afirma que su cuerpo es “lo contrario de una utopía, lo que nunca está bajo otro cielo, es el lugar absoluto, el pequeño fragmento de espacio con el cual, en sentido estricto, yo me corporizo”. 

No tarda sin embargo en rectificar al caer en la cuenta de que ha sido un necio al pensar que el cuerpo “era un aquí irremediable y que se oponía a toda utopía”, llegando así al hueso de su propuesta utópica, para enunciar que “entonces, el cuerpo, en su materialidad, en su carne, sería como el producto de sus propias fantasías”.

Haciendo uso de un lenguaje crudo y poético, complicado pero fluido, Foucault inaugura de este modo un camino de escape a las estructuras que nos influencian. Así, Michel hace referencia a las máscaras, el maquillaje o incluso el tatuaje como elementos que colocan al cuerpo en lugares fuera del mundo, repletos de “poderes secretos y fuerzas invisibles”.

Construirse un cuerpo a la imagen de nuestro deseo

En otra de las series presentadas en la exposición “Magnum. El cuerpo observado”, se recoge el trabajo de Philippe Halsman en sus fotos de Saltología. En ellas, distintas personalidades del mundo de las artes y la cultura son retratadas mientras saltan. Las caras aparecen vibrantes en las imágenes, y es hipnótico observar el tiempo congelado justo en el instante posterior a la toma de impulso. El propio fotógrafo lo expresa así en otra cita de la muestra: 

Cuando el sujeto salta, en un repentino estallido de energía, supera la gravedad, no puede controlar a la vez sus expresiones, sus músculos faciales y las extremidades. La máscara cae.

Que la máscara caiga significa aquí que los enconsertamientos a los que a veces nos somete nuestra imagen social de desarman por obra y gracia de algo tan sencillo y al alcance de toda persona como es el salto. Quizás, nuestro cuerpo utópico sea justamente esto, un cuerpo que salta, se impulsa, vuela, se deshace de la compostura y lo esperado, para dar paso a lo obvio, lo que verdaderamente esconde, lo que, aún en su fugacidad, nos convertirá en quienes somos realmente. 

En este sentido, me resulta especialmente interesante que Foucault haga referencia al maquillaje y el tatuaje como herramientas para jugar con la utopía en nuestro propio cuerpo. Si hacemos uso de ellas, como del vestido o el peinado, en base a nuestras propias fantasías, tal vez logremos armarnos un cuerpo que se parezca más a lo que nosotres mismes deseamos en contraposición a lo que la sociedad nos pide que seamos. 

En lugar de cegarnos en nuestro cuerpo estático, en nuestra estructura inmutable, podemos lanzarnos a saltar enloquecides, haciendo uso de disfraces varios que, a la vez que la máscara cae, convierten a nuestro cuerpo en soporte de nuestros deseos.

La construcción del cuerpo utópico, en nuestro día a día, puede ayudarnos a que la imagen que nos devuelve el espejo se acerque cada vez más a la singularidad que reside en nuestro interior, en esos lugares oscuros e inquietantes, en esos recovecos donde somos más nosotres mismes.

Saltando, fantaseando, transgrediendo, inventando sobre nuestra propia piel, puede que esa esencia aflore al exterior, como la niña o niño que fuimos se adueñan de nuestra cara cuando saltamos con todas nuestras fuerzas para elevarnos sobre el suelo que pisamos. 

*"El cuerpo utópico" puede leerse aquí. 

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