Creemos utopías creyendo en nosotres

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Ilustración de yolanda

Si cierro los ojos e imagino cómo funciona mi cerebro por dentro o cómo se vería mi mente por fuera, visualizo un trastero. Un cuarto aparentemente en desuso con una enorme buhardilla en forma de tejado, con una hermosa ventana que ayuda a ventilar, iluminar y a poder ver a través de ella, desde lo más alto, lo que es incapaz de verse desde otro lugar.

Como todo trastero, está lleno de objetos abandonados. Recuerdos que guardo con cariño y que, sin embargo, olvido por completo hasta que, con la misma ilusión de siempre, los vuelvo a encontrar. Como ese libro que me salvó de aquella situación o aquel abrigo que me niego a tirar a pesar de que jamás lo volveré a utilizar. Digamos que mi mente es el almacén de mi vida. Todo lo que he sido o he creído ser reside allí, esperando a ser revisado, ordenado, descartado y reinventado.

Recuerdo que de pequeña me gustaban mucho las adivinanzas, los enigmas y a medida que he ido creciendo, descubrir algo nuevo sigue ayudándome a definirme. Si le preguntásemos a esa inocente criatura qué quería ser de mayor, te diría que quiere entender a les mayores. Que quiere entenderlo todo. Por qué les carteros y les taxistas se saben todas las calles, por qué mi abuela desde otro pueblo lejos del mío ve la misma luna que yo, por qué existen tantas razas de perros o por qué la gente muere.

Desde mis más y mejores lúcidas memorias se encuentra la fascinación por la muerte. No recuerdo bien la edad que tenía, pero todavía no había comulgado. Estaba en Aliaga con mis abuelos paternos. Recuerdo que mi abuela me dijo que debíamos ponernos de negro. A esas edades no solíamos tener vestimenta oscura y menos en verano. Ella se disgustó mucho al comprobar que la única ropa decente que tenía para la ocasión era un vestido amarillo y unos zapatos azulitos claros a conjunto. Ellos decidieron que era pequeña para quedarme sola, aunque no lo suficientemente joven para no poder ver a una persona sin vida. Estaré siempre agradecida de que confiasen en mi grado de madurez en ese momento o en que no lo hicieran y me pusieran la cruda realidad de la existencia frente a mis cándidos ojos sin rigor alguno. Me acuerdo como si fuera ayer, porque creedme, fue algo muy importante. He tenido que recurrir infinidad de veces a ese momento para seguir descubriéndome a través de esa inocencia que tan sólo reside en la niñez.

A partir de ese momento, algo se activó en mi interior. Mi mundo se volvió un lugar quimérico formado por interrogantes irrealizables y realidades utópicas. En toda realidad creaba fabulas y, en toda inexistencia encontraba veracidad.

Ahora, de adulta, los conceptos que tenía sobre la vida han ido trasmutando con el paso del tiempo. Comprendo que existen los mapas, los GPS, ciencias que estudian los seres vivos o los astros y que la muerte es necesaria para sentirnos vivos mientras lo estamos. Mi intelecto cree entenderlo, aunque mis entrañas me aseguran que sigo sin tener ni purísima idea de cómo funciona verdaderamente y, lo que de verdad me alivia es no tener la necesidad de hacerlo. Por fin mi intuición no necesita reconocimiento exterior para confiar. Por fin he captado que la seguridad y el control sólo me han servido para alejarme de lo esencial, del fluir y elixir de la existencia.

Al igual que las civilizaciones arcaicas creían imposible cualquier acción que hoy desempeñamos a diario sin pestañear, de alguna manera, hasta ahora me había sentido incapaz de dejar de proyectarme  sin creencias, sin inseguridades y sin miedo. De todas mis memorias equívocas seguramente la que más me ha condicionado es la de juzgarme constantemente, la de alimentar ese juez egocéntrico lleno de falta de amor y criterio propio. Respetarme y aceptarme ha sido la mayor utopía a la que me he enfrentado hasta ahora y me atrevo a compartir, con el alma elevada y el corazón abierto que de manera obtusa y a la vez consistente estoy viviendo el momento más extraordinario de mi vida mientras cada día, paso a paso me acerco más a ese ansiado y merecido anhelo.

Las fantasías de poder cambiar desde la exigencia, la culpa o del deshacerme del dolor sin antes ser consciente de su origen o del porqué de su aparición se han transformado en conciencia, en firmeza a la hora de determinar de qué nueva manera quiero progresar y sobre todo, en ponerle atención y culto a cada sensación que experimento.

El dolor nos hace conscientes. Responsabilizarnos de él y decidir acogerlo evapora sus memorias. Nos enseña a agradecer cada pisada que hemos dado y cada personaje que ha intervenido en el camino. Todo y absolutamente todos, han tenido su función. Todo forma parte de nosotros. Todo se acaba colocando en su sitio y para ello tiene que estar fuera de lugar, en desuso, como todo el cúmulo de trastos de esa mente oxidada y enferma que pretendemos manejar. Todo llega cuando tiene que llegar, no cuando pretendemos que llegue y si no llega, también es por y para algo.

No podemos emerger sin vernos sumergidos en situaciones límite con nosotros mismos. Si no sentimos que estamos perdidos no logramos indagar en nuestra fuente y por consiguiente, no llegamos a encontrar nuestra verdadera esencia.  Así que toca agradecer todas las dudas, caídas y recaídas que hemos ido acumulando.  Al igual que el color blanco reúne todos los demás en su composición, nuestra luz y nuestro acceso hacía esa iluminación está repleta de todas esas sombras que nos han acompañado al unísono durante el proceso, creando una alquimia entre ellas, reconciliando cada molécula y cada pálpito.

Debido a la libertad con la que me han educado, me he equivocado más de lo que a mi ego le hubiera gustado. Durante años he querido pensar que hicieron lo que pudieron y que, a pesar del resentimiento, debía de entenderles. Ahora que estoy aprendiendo a comunicarme desde el alma, siento que mis padres me otorgaron el mayor regalo de todos al hacerlo tal y como lo han hecho.  Sin duda, volvería a elegirles en todas y cada una de las vidas que me tocase vivir.

Parecía utópico asumir mi hado, empezar a adorar mi leyenda personal, no obstante, era tan sencillo como cambiar la manera de caminar y de mirarme para así poder descubrir que sólo a través del amor que nace y subyace dentro de cada une, podemos creer en nosotres y crear utopías. Sólo desde el amor podemos transformarnos. Hagamos las paces con nuestra creación y aceptemos que sólo nosotres creamos nuestra realidad y todo lo que acontece y aparece en ella. Hagámoslo sin rechazos, sin negaciones, con amor y muuuucha conciencia.  Veneremos nuestra historia, conquistando nuestro ser. 

1 Comentario

  1. Muchas gracias, me llevo varias frases para mis días. Cuando te hablan desde el alma el mensaje cala en lo mas profundo del ser.

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