Una flor en la acera

Paulina nos cuenta su experiencia de crecimiento y aprendizaje, de inspiración y de dolor en el mundo académico, sus exigencias, el placer de perfeccionarse y la constante mirada ajena.

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Ilustración de Yolanda

Hace un par de días hicimos una ceremonia de duelo. Fue online, como tantos encuentros en estos tiempos inciertos. Lo importante era estar, dar espacio al dolor y la tristeza. Hacerlo juntes para abrir la posibilidad de sanar en colectiva. Prendimos una vela para pedir al fuego transforme todo lo que ya no queremos cargar al siguiente año. Para ir más ligeras.  Ese espacio que creamos dentro del contexto académico es un espacio de encuentro que nos nutre y sostiene. Una vez al mes nos reunimos y compartimos lo que hacemos, cómo estamos…  a veces eso es lo que hace falta, un momento para reconocer lo que hay.

A veces, lo que hay es desagradable. También esto necesita espacio porque negarle implica negarse una misma. Esto es una forma de auto-silenciarse en sociedades donde de por sí se imponen todo tipo de silencios borrando experiencias y cuerpes que incomodan. La feminista Afroamericana Audre Lorde escribe en sus diarios del cáncer, “No quiero que mi ira y dolor y miedo sobre el cáncer se fosilicen en otro silencio más, ni me roben la fortaleza que puede haber en el centro de esta experiencia, abiertamente reconocida y examinada”. 

Dejar que surja lo placentero es tan importante como dejar que brote lo que duele. Parte del autocuidado en un sentido más profundo es encontrar maneras de dar espacio a estos sentimientos, abrazarnos en toda nuestra complejidad. Decir que el 2020 fue un año difícil no alcanza a describir la intensidad de lo vivido. En lo personal, esta crisis de salud pública me agarro en plena crisis existencial. Hubo que atravesar varios duelos. El de aceptar que no regresaré a echar raíz en México, el de reconocerme mujer migrante racializada en un país donde apenas mastico el idioma.

Migrante, sí, pero privilegiada porque cuento con los documentos que facilitan ese movimiento entre fronteras, permisos de residencia y visas. Mismos que dan acceso a derechos. También porque esta ha sido mi decisión.  Otro duelo fue el de perder la salud, verme de nuevo en recuperación en un hospital rodeada por doctores con quienes necesito comunicarme en un idioma ajeno. 

Lo que brota

dudas

miedo

incertidumbre

silencio.

En ocasiones necesitamos crear silencio, este surge desde lo profundo para envolvernos como un capullo. Así me sentí en aquellos momentos de crisis. Mientras otres iban encontrando las posibilidades que ofrecen las videoconferencias y plataformas como zoom, yo me envolvía en un silencio acogedor porque lo necesitaba. Este silencio es distinto al que Audre Lorde describe porque no es impuesto, su objetivo no es ocultar lo que hay, sino tomar fuerzas. En contraste, aquel silencio que ella menciona, “es una herramienta para la separación y la falta de poder”. En estos meses he aprendido a resurgir desde el corazón de aquel silencio reparador. Poco a poco voy hilando pedacitos de mi, los que duelen, los que inspiran a seguir tejiendo una red de cuidados que sostenga. 

Lo que brota

un anhelo

un recuerdo

un deseo

el río entero.

La academia puede ser un espacio hostil y difícil de navegar. Por momentos me sobrecogía la sensación de ir nadando contracorriente. Como toda institución, reproduce una estructura jerárquica donde hay fronteras que dividen las ideas y cuerpxs que les portan. Por este motivo pensé en darme la vuelta, buscar otro sitio donde ideas, proyectos y corazón puedan florecer. En esa institución viví el silencio impuesto.

Después de concluir el doctorado tomé distancia, guardé mi trabajo, mi corazón herido y no quise saber más sobre conferencias, seminarios y artículos académicos. Mi único vínculo fue el espacio colectivo donde mes con mes nos reunimos para compartir cómo estamos, ideas, nuestros proyectos, ceremonia y duelo. Poco a poco vuelven las ganas de compartir mi trabajo en ese espacio, de buscar alguna grieta donde pueda habitar. He entendido que por momentos es necesario transgredir fronteras e ideas, cual flor de asfalto. Abrirse espacio en donde todo indica que no hay lugar. 

Lo que brota

una flor en la acera

un corazón herido

una idea

la posibilidad de reparar un vínculo.

Esta semana compartí por primera vez, después de poco más de un año de ausencia, mi investigación en un contexto académico. Me sorprendí reconociendo lo mucho que disfruto la investigación y el poder compartir lo aprendido. Brotan las ganas inmensas de seguir haciendo teoría inspirada en las ideas de quienes han abierto camino en la búsqueda de crear realidades más justas. La feminista Afroamericana bell hooks invita a reflexionar en la importancia de teorizar como práctica liberadora que contribuya a desmantelar los sistemas de opresión. Esta forma de hacer-entender la teoría, resuena conmigo. Me interesa una forma de hacer teoría que permita sanar las heridas más profundas causadas por esos sistemas de opresión (patriarcado, capitalismo, racismo…).

Para sobrevivir en instituciones como la academia, necesitamos crear espacios que nos sostengan. Compartir lo difícil y lo placentero. También hacer del cuidado algo político y colectivo. No solo en la academia el corazón ha sido relegado por la idea cartesiana de cuerpo. Esa que invita a entender un cruerpx como una máquina, afirmando que mente y corazón están separados. Rebeldía es negarse ante tal fragmentación-imposición. ¿Cómo crear espacios que nos nutran y sostengan? Espacios que nos permitan florecer.

Lo que brota

esperanza

rebeldía

amor

la palabra.

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