Mar, siempre mar

Muy bello texto sobre el acoso callejero y la impunidad de aquellos quienes nos violentan en la vía pública

mar
Ilustración de Anabella González

Mar tiene los ojos negros, habladores. Esa tarde gritaban. Su comisura se extiende para buscar el final de la sien cuando se ríe y ese día deseé mucho que sonriera. Pero no podía, no le salía la sonrisa bonita que lleva, siempre es genuina y eso la hace más bella y honesta, no podía porque traía la rabia y el miedo metido en los ojos y en la boca.

Mar estaba llorando. Ella es pasional, entonces nunca ama u odia a medias, siempre está en el extremo que exigen las pasiones. También es pasionalmente política, por eso es que, en nombre de todas las mujeres y del suyo mismo, no tiene miramientos en contestar los piropos que le gritan en la calle con rabia y hasta con escupas.

Mar tiene toda la razón en gritar por ella y por las otras, porque yo sé que piensa en las otras, las de todo el planeta, y en lo envilecedores que son los piropos, tan cosificantes, tan reduccionistas.

Los piropos son una forma de agresión pero el acoso callejero está tan normalizado en algunas partes que en países como el nuestro, Colombia, y muchos otros latinoamericanos, no existen políticas claras al respecto. En nuestro código penal no hay un apartado exclusivo para esta forma de violencia como ocurre con la violencia sexual física, por ejemplo, y eso hace que una se pregunte si habrá que esperarse hasta que la agresión sea física o carnal para poder seguir el protocolo judicial. Y no es que pretenda la cárcel para todo el que nos grita obscenidades en la calle, pero hay una lista de infamias que se quedan en un limbo judicial y en un trauma personal al que poco caso hacen las instituciones y, a veces, como le pasó a Mar, los espectadores pasivos que finalmente son cómplices, voluntaria o involuntariamente.

O como me pasó a mí la tarde en la que un hombre en bicicleta me toco el culo y me metió el dedo hasta donde mi ropa interior lo permitió. Todes, alrededor, por miedo o por no entender a qué se debía mi torrente de insultos, se quedaron viéndome gritar. Se me hirió el alma en lo profundo porque ese día no llevaba anteojos y me sentí doblemente anulada porque, por ciega, para mí mi baja visión es un defecto que todavía me cuesta no aborrecer, no pude diferenciar su rostro. Porque en momentos así una tiene la esperanza inútil de encontrar la cara odiosa de nuevo en algún futuro inexistente, y tomar medidas, como cuando te roban el móvil, ni pude diferenciar su bicicleta ni seguirle el rastro al menos para maldecirlo hasta que fuera un punto pequeño en la carretera.

Mar corrió varias cuadras alrededor del Parque del Perro, un lugar famoso de Cali que muere después del medio día y hasta las cinco de la tarde, como mueren casi todas las calles del mundo ante el llamado universal de la siesta que le sigue al almuerzo. Entonces la calle en la que se encontró al hombre de la moto estaba sola cuando le decía mamacita rica, bajándole la
velocidad a la moto para acompasarla a su andar, y se quedó ahí, como un zancudo insistente al que no importa cuánto huyas o cuántas palmadas le des porque al final te pica y sale volando, pero a diferencia del zancudo, que es así porque la naturaleza lo puso de esa manera tan poco tolerable, el hombre tenía plena conciencia del tamaño de la injuria: desesperar paulatinamente a su víctima e irse sin ninguna culpa o vergüenza. Pero luego, dos calles más arriba, cuando Mar pidió ayuda porque el hombre de la moto la perseguía con pistola en mano, una familia transitaba en un carro que siguió su rumbo incluso cuando Mar se abalanzó desesperada sobre él.

El machote de la moto no pudo tolerar que Mar le gritara viejo hijueputa y quiso reafirmar su poder con un arma. Mar no pudo hacer nada. Ni yo por ella. Y de ponernos a pensar en qué podríamos haber hecho en el remotísimo caso, digo remoto porque hay una fuerza maligna que suele proteger al crimen y salvaguardarlo de la ley mientras la distrae con situaciones ridículas como gente tomando en la calle o escuchando música a todo volumen, y que hace quedar a la policía como un cuerpo inútil que siempre está en todo menos donde tiene que estar, en el lugar equivocado. En el remotísimo caso en el que la policía hubiese detenido al hombre por andar paseándose con un arma en la mano por la calle, de haberse podido hacer algo, ese algo sería casi nada, al menos en un sentido que compense el ultraje personal porque es reírsele en la cara a la justicia, y a la víctima, entendiéndolo en el sentido de que cada cual tiene lo que, digamos, se merece. Si el agresor es acusado sólamente por llevar un arma, por ejemplo, y no porque ha intimidado a una mujer, por ser mujer, con un arma. Visto
así, podrían levantarse cargos por portar un arma, que igual pudo tener los papeles en regla, y entonces un peligro con ruedas iba a seguir por la vida como si nada, de hecho eso fue lo que pasó; y de no tenerlos en regla la consecuencia no tendría nada que ver con el daño psicológico porque no se pueden levantar cargos por persecución enfermiza y machista; esto
mismo ocurriría si la situación se tratara, judicialmente, como una amenaza.

Existe un tipo de cargo que es la consecuencia de un evento al que se le conoce como contravención, y este concepto parece, más bien, un trastero penal porque me da la impresión de que dejan ahí todos los incidentes con los que la ley no sabe muy bien qué hacer. Las contravenciones son situaciones en las que se produce algún daño social pero que no son, enteramente, un delito. Urge definir parámetros legales claros para los ultrajes íntimos que pasan en la calle y que son estrictamente de género.

Honestamente, creo que cuando en estos casos la justicia se hace sin hacer justicia, si es que se llega a este punto, de pretender hacerla, al menos, si se hace de esta manera, como poniéndola en cualquier sitio como un florero que estorba pero que no podemos tirar porque es el regalo feo de algune amigue, se sigue admitiendo una permisividad en la que se le confirma al agresor que puede seguirse portando como le de la gana con las mujeres.

Mar se secó las lágrimas. Ella, que siempre ha sido mar, indomable, poderosa, sigue siendo mar.

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Nathalia (26), Colombia

@media_veronika

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