Lo que nos agita nos mueve

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Ilustrado por Shana Rey

Una de mis muchas peculiaridades es la de amar las despedidas. Podría considerarme adicta a ellas. Siento que me ayudan a crecer de manera insoslayable. Me invitan a evaluarme y a prepararme para lo siguiente, asentando todo lo experimentado hasta el momento y a ser cada vez más independiente. En cambio, no llego a desligarme de lo adquirido. Creo que si lo hiciera me quedaría vacía, inerte, no valdrían la pena los » hasta pronto» , los reencuentros ni los nuevos comienzos. 

En este momento le digo adiós a un año repleto de información, de retos y de mucha evolución en el que he aprendido entre otras cosas,  a desprenderme de inutilidades. Empecé el año enamorada y con un trabajo que me gustaba. Sin embargo, sentía que ninguna de las dos cosas era del todo para mí. A pesar de lo arduo que resulta ir a contracorriente, una ha de ser fiel a mí misma por encima de todo así que me aventuré, a finales de enero me fui a un retiro Vipassana donde estuve diez días meditando, sin teléfono y ningún tipo de comunicación con nadie. Bendigo el día que consideré oportuno probarlo, ya que, en ese bendito lugar, en aquel sublime silencio, encontré las respuestas. Debía de seguir mi instinto, ese que nunca me abandona, aunque a veces dude de él. Con mucho atrevimiento y algo de ignorancia, inicie algo que ineludiblemente marcaría un antes y un después el resto de mi vida.

En mi viaje sola a Oriente Medio debido a la pandemia todas mis ilusiones se quebraron, todo se paralizo, todo menos el aprendizaje. Todos y cada uno de los más de 90 días allí fueron una lección única e imprescindible para poder asimilar el resto del año con un enfoque y sentido distinto. He de decir que esto lo veo ahora, gracias a la perspectiva que me ha dado el tiempo.

Antes de lo previsto, tuve que volver, retornar el vuelo, sin mis objetivos cumplidos y con unas vivencias que a día de hoy sigo sin digerir. Me costó mucho hacerme a la idea de que tampoco mis siguientes planes se podrían llevar a cabo. Mis proyectos se habían derrumbado y yo me hallaba desvanecida con ellos. Me encontraba perdida, deambulante en una realidad que desconocía y que no me apetecía conocer.  Me enfadé, me enfurecí con el mundo y me encerré, encarcelándome en mi durante meses usando el estudio como vía de escape a mi desidia. A pesar de que ese autismo voluntario y esa apatía desmesurada amenazasen con nublarme y doblegarme quería seguir confiando en querer confiar.

Sabía que en algún momento recuperaría mi energía y cambiaría el enfoque de las circunstancias. Considero que precisamente por todo lo acontecido este año hemos tenido la oportunidad de progresar de manera gradual e interrumpida aspectos de nosotros que, de otra manera, no hubiéramos logrado identificar. Solo cuando algo nos agita, nos mueve y en ese movimiento, se haya nuestra evolución.

Meses después, lejos de donde me gustaría estar y de mis iniciales propósitos para este 2020, termino el año llena de agradecimiento, sintiendo que vuelvo a brotar, a resurgir, como aquellas plantas que afloran entre rocas buscando la luz, luchando contra esas grietas lóbregas donde aparentemente no hay nada más que oscuridad y que de repente, salen y descubren un mundo nuevo.A pesar de todas las perdidas, el sufrimiento y la incertidumbre que esta pandemia está provocando, en mi caso puedo asegurar que haber contraído el virus es lo que me ha dado el empujón y la dosis de realidad que necesitaba para aprender a valorar la salud, las buenas compañías, la maravillosa suerte que tenemos por miles de motivos y sobre todo para, una vez más, repetirme lo afortunada que soy y he sido durante toda mi vida sin haberme dado cuenta de ello.

Todos y cada uno de los días al levantarme y al acostarme me acuerdo de las veces que lo he hecho en lugares donde nadie cuenta con la suerte de poder quejarse porque su antigua realidad ha cambiado, donde no conocen ni conocerán la ventaja de realizar una cuarentena en condiciones como las nuestras y donde sus virus y sus bombas siguen arrasando y arrasaran sus pueblos, aunque estos no sean noticia principal. El encierro global me sirvió para quedarme conmigo, hacerme cargo de mí y adentrarme en mi misma, aunque doliera lo que viese y me costase aceptarlo. Fue un regalo, un valioso y oportuno beneficio que me ha guiado hacia la única salida que existe, la introspección.

Este último aislamiento obligatorio de más de veinte días me ha traído la paz y la seguridad con la que me despido del año, haciendo que crea y defienda firmemente en que, si sacamos la lectura adecuada, todo habrá servido para algo. De todas las malas costumbres que tengo, creo que la peor es la de sufrir antes de tiempo y sin necesidad alguna y, es algo de lo que prometo desprenderme en este mismo momento. Por mi propio bienestar y por respeto a los que realmente viven y sufren cualquier tipo de desdicha.

Puede provocar hilaridad, confusión o incluso sonar pedante considerar este año como una magnifica prueba y oportunidad que se nos ha puesto a todos, pero me niego a verlo de otra manera. Me niego a quedarme en ese resentimiento, en ese lugar turbio donde no podemos prosperar. Es ahora cuando podemos elegir. Elegir qué ver, qué creer, qué valorar y qué hacer con ello.

Es ahora cuando podemos emerger nuestra mejor versión, con valentía y resiliencia por todos nosotros, en honor a los que se han ido y a los que padecen en primera mano las consecuencias que este virus está provocando.  Es ahora cuando podemos resurgir, nos lo debemos. Acabaré con una cita de uno de mis personajes favoritos que tanta fe impulsa :  » CONFÍA EN EL TIEMPO, QUE SUELE DAR DULCES SALIDAS A MUCHAS AMARGAS DIFICULTADES «.

FELIZ 2021, mis más sinceros deseos de salud y confianza para todos.

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