Isabel, no tienes novio; ni falta que te hace

Un repaso a la soltería a través de una ventana a la experiencia personal de una Frida llamada Carolina, además de visitar varias películas.

Mi abuela libre y soltera
Ilustración de Shana Rey

La tarde del domingo pasado recibí dos mensajes que me alegraron el día. Una buena amiga me enviaba, a propósito de una conversación que habíamos tenido hacía poco, un meme muy agudo. Yo, que ya lo conocía, sonreí con complicidad. El montaje en cuestión simulaba una conversación de WhatsApp en la que el fulano de turno declaraba a su rollito de primavera: «No sé qué me pasa contigo. Te lo juro. Que tengo a 50 detrás hablándome y no contesto a ninguna». Ante semejante fanfarronería a continuación se adjuntaba la portada de un libro de El barco de vapor: De profesión, fantasma.

No me gusta caer en la trampa de las generalizaciones, pero la experiencia me dice que las mujeres tenemos una tendencia natural (más que cultural, diría yo) a cuidarnos y ayudarnos las unas a las otras; a aconsejarnos y protegernos. Se llama sororidad. Desde siempre hemos sabido crear lazos significativos entre nosotras, lo que nos brinda una buena inteligencia emocional. Aquel día, mi amiga y yo estuvimos compartiendo vivencias y desengaños analizando dónde habíamos fallado. En definitiva, estuvimos «reparándonos» y «reiniciándonos», como cuando instalas ese software que te obliga a apagar el equipo y volverlo a arrancar. Estábamos combatiendo el malware de los cabrones con mayúsculas.

Después de reírnos con el meme, me envió una foto de su agenda que anunciaba, el miércoles 11 de noviembre, «El día internacional del soltero». «Que digo yo que será también el día de la soltera», señaló ella. Nuevamente volví a sonreír con complicidad. «Tendremos que celebrarlo por todo lo alto».

Esta anécdota y la proximidad de tan señalado día me hicieron pensar en la protagonista de Calle Mayor (1956), película que es a su vez una adaptación de la obra La señorita de Trevélez de Carlos Arniches. La sinopsis de la película es más o menos la siguiente: un grupo de amigos realiza una apuesta para que uno de ellos, Juan (José Suárez), seduzca a Isabel (Betsy Blair), quien es retratada como una ingenua solterona –me llevan los demonios cada vez que leo o escucho este calificativo– de treinta y cinco años. Pero el deleznable juego no termina aquí. La idea es que Juan inicie una relación con Isabel para pedirle matrimonio y confesarle, inmediatamente después, que solo se trataba de una broma. Resulta especialmente patética la escena en la que Isabel pasea por la Calle Mayor con su nuevo novio mientras le confiesa con amargura y cierto brillo en los ojos que llevaba demasiado tiempo esperando un novio que la sacase de su soledad y con el que pudiese acallar las insistentes preguntas de sus familiares y amigas:

«Isabel, ¿no tienes novio? Primero eran las amigas…Y a mí qué, yo esperaba…Isabel, ¿no tienes novio? Después eran mis tías…Me daba igual, yo esperaba…Isabel, ¿no tienes novio? Luego mi madre…Pero yo, yo esperaba… Isabel, no tienes novio. Esa soy yo cuando cumplí los que tengo, y tengo 35. Me miré al espejo y me dije, Isabel, no tienes novio, ni esperanza de tenerlo…Eso es un fracaso…Sólo tenía una cosa que hacer, casarme…».

Desdichada como Isabel, aunque de edad más madura, es Blanche Dubois, Vivien Leigh en la adaptación cinematográfica de Un tranvía llamado deseo (1951). Blanche sufre por su belleza marchita y sueña (o, más bien, delira) con casarse con Shep Huntleigh, el hombre que podría poner fin a sus penurias y desasosiegos. Por supuesto, todas sus fantasías se verán truncadas.

Traigo a colación el ejemplo de estas películas para poner de manifiesto la angustia con la que las mujeres vivían el hecho de estar solteras. Ahí tenemos a Concha Piquer cantando en los años cuarenta:

«A la lima y al limón,/ tú no tienes quien te quiera, /a la lima y al limón,/ te vas a quedar soltera. // Qué penita y qué dolor”».

Sin embargo, afortunadamente, no todas se quedaron esperando. Uno de mis mayores referentes, a pesar de no haber podido pasar mucho tiempo con ella, es mi tía abuela Alicia. Alicia siempre hizo lo que le dio la gana. A los ocho años, de camino a la escuela, le golpeó una cabra y desde entonces decidió que no volvería al colegio. Era una cántabra maciza, con unos resplandecientes ojos verdes, y una fisionomía dura y bella que a mí se me antojaba muy masculina. «En Roma me miraban tanto los hombres como las mujeres», me dijo una vez en la playa de la Concha, enfundada en aquel bañador azul marino con el que todavía lucía, a los ochenta años, un escote digno de admiración. Mientras comíamos patatas fritas y nos tostábamos al sol, rememorábamos las anécdotas de su juventud, de la época en la que estuvo trabajando en Italia y Francia como cuidadora de niños.

Mi tía abuela era dura de pelar, disfrutona, independiente y sin pelos en la lengua. Siempre la estaba liando -en el mejor sentido de la expresión- y quejándose del trato que recibía por ser una anciana. Y no le faltaba razón pues, cuando se metía en cualquier pollo, siempre la trataban como a una vieja chocha. 

Pues bien, este portento de mujer, aunque de joven tuvo varios novios, nunca se casó. Poco antes de morir me enseñó un álbum de fotos en el que salía con sus amigas. Fue entonces cuando me dio por pensar, al ver aquella figura esbelta de aires femeninos y masculinos rodeada de mujeres, que tal vez su eterna soltería se debía a una homosexualidad jamás confesada, y puede que nunca descubierta. Sin embargo, analizándolo mejor, me di cuenta de que tal suposición no dejaba de ser una excusa más que yo estaba arguyendo para tratar de comprender cómo fue capaz de pasar toda la vida sola. No era una cuestión de orientación sexual. Alicia simple y llanamente no necesitaba a nadie a su lado. Y ni “qué penita” ni “qué dolor”.

Sí, el recuerdo de mi tía abuela es la ventana del pasado a la que me gusta asomarme de vez en cuando para ver, tomándola como referencia (aunque ella misma fuese la excepción que confirmaba la norma), qué es lo que me han enseñado las grandes mujeres que forman parte de mi microcosmos. Gracias a mis amigas me doy cuenta de que, ochenta años más tarde, aquí estamos nosotras, críticas y aguerridas. Envalentonadas. Feministas de pura cepa con la lección bien aprendida. Nos sabemos la teoría y, sin embargo, fallamos en la práctica. 

Desde mi punto de vista, el problema está, por una parte, en cómo enfocamos la soltería y, por otra, en la paupérrima, por no decir prácticamente nula, educación sentimental y emocional que han recibido los hombres. Afortunadamente, y es aquí donde una vez más debo sortear las trampas de la generalización, esto no ocurre en todos los casos, pero sí en los suficientes como para que todas nosotras (es decir, mi círculo de amigas) tengamos los mismos encuentros y desencuentros que nos hacen tropezar reiteradamente con la misma piedra. 

El hecho de estar soltera, como el de tener pareja, puede ser tanto una elección personal como una circunstancia. Ninguna de las dos opciones es ni mejor ni peor. Ahora bien, lo que es perjudicial es vivir la soltería como un fracaso, como algo que te restara valor como persona. Es dañino sentirte insuficiente por el simple hecho de tener la mala suerte de toparte con tíos que solo te ven como una vagina andante. Es hiriente vivir las relaciones sexuales sin llegar a sentir placer y ternura. Por eso es de vital importancia que aspiraremos a construir relaciones significativas. Que el hecho de que una relación sea predominantemente sexual no excluya, como imperativos, la empatía y la ternura.

Nosotras, al contrario que «la vecinita de enfrente», todavía no hemos encontrado al «hombre que llamó a mi puerta y le di mi corazón».

No, Isabel, no tienes novio; ni falta que te hace.

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Carolina Álvarez Marcos

Twitter: @terribilita

Instagram: @terribilita_

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