Un derecho que nos falta

A veces se ve todo mejor cuando personalizamos las historias, cuando no hablamos de conceptos si no de personas reales y hoy, Cecilia, nos regala una de ellas. Gracias.

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Ilustración de Yolanda

Una adolescente, más bien una niña, S. fue alumna mía hace un par de años atrás. Vivaz, alegre, siempre con una sonrisa en la cara. Con más ganas de hacer sociales e interactuar con sus compañeres que de sentarse a estudiar, aún así tenía buen rendimiento en cada uno de los trabajos que entregaba. Inteligente, de esas inteligencias que no tienen que ver tanto con la cantidad de tiempo dedicada al estudio sino con la rapidez que se analiza algo.

S., como toda adolescente, comenzó lentamente a vincularse con varones de la escuela. A tener un noviecito acá, a darse algunos besos por allá. Un día estaba abrazada con sus amigas y al otro día la encontrabas sola llorando porque se había peleado con ellas. Su supuesta indiferencia a lo que pensaran los demás de ella muchas veces ocultaba una gran inseguridad. Así como en otras adolescentes, en miles que he visto desde que empecé a trabajar como profesora.

Así, con su crecimiento y su madurez, su inseguridad y su desfachatez, S. quedó embarazada. A sus jóvenes 15 años ya enfrentaba la perspectiva de hacerse cargo de otra vida por todo el tiempo que le quedara de la suya. Su sonrisa se fue apagando, y su presencia en la escuela también. Las instituciones educativas en Argentina cuentan con mecanismos para brindarle facilidades a las alumnas madres para poder continuar sus estudios. Pero S., lenta y progresivamente, dejó de asistir. Cada vez la veíamos menos y al año siguiente, ya con el bebé su presencia en la escuela fue casi inexistente.

Las pocas veces que me la cruzaba se me asemejaba a una mujer adulta. Con un pequeño cuerpo que se notaba siempre cansado, un caminar pesado y sin la frescura o la fragilidad de antes, con una mirada resignada y sin ese brillo en los ojos que cada adolescente tiene cuando sabe que tiene todo por delante. Con una pequeñísima red de compañeres que se pasaban el bebé entre sí para ayudarla a que pudiera tomar nota o realizar un ejercicio, pero que al cabo de un rato no sabían cómo manejar a esa pequeña personita, S. estaba en definitiva sola. El padre del niño no estaba presente ni se hacía cargo de su paternidad por lo cual la responsabilidad caía completamente en ella.

La historia de S. es una historia real, pero además de ser real es la historia de cientos de miles de adolescentes mujeres y personas gestantes que no han podido tener la posibilidad de decidir sobre sus cuerpos. El acceso a las primeras relaciones sexuales es aún hoy en día para muchas adolescentes una realidad que está cargada de presiones y prejuicios. El conocimiento sobre métodos de cuidado que prevengan embarazos o transmisión de enfermedades sexuales está. Pero muy lejana es la realidad cuando la iniciación sexual se da a edades cada vez más tempranas, en el marco de desigualdades en las relaciones que las adolescentes establecen en las que normalmente es el varón el que decide si se usará algún método anticonceptivo, cuándo y cómo. Es él también el que muchas veces decide en el medio del acto sexual abandonarlo para que el goce sea más claro y expone así a la mujer a enfrentar un embarazo no deseado o una enfermedad no buscada.

Ante la presencia del embarazo, que no se puede terminar a tiempo porque aún hoy en pleno 2020 todavía no contamos en Argentina con una ley de interrupción voluntaria del embarazo, es la mujer la que sufre sobre sí misma y sobre su cuerpo las miradas de juicio, de lástima, de falso compadecimiento, de crítica y de abandono. Es sobre ese cuerpo que recae casi completa y solitariamente el cuidado de la pequeña persona que se gestó, sólo porque fue de los dos cuerpos involucrados en la relación sexual el cuerpo que lo gestó. No importan los cambios, el sufrimiento, la precocidad de ese embarazo que genera alteraciones no sólo físicas sino emocionales y sociales en la vida de cualquier adolescente.

No existe ya a esta altura razón ética o moral que permita seguir sosteniendo que seamos siempre las mujeres y las personas gestantes las que debamos cargar con embarazos no planeados, con alteraciones hormonales y sus consecuentes secuelas causadas por el consumo de pastillas anticonceptivas agresivas e invasivas para con nuestro organismo.

La salud reproductiva es también un derecho humano y ya no cabe ninguna explicación a por qué no podemos decidir no sólo sobre nuestro cuerpo, sino sobre nuestro futuro, nuestro porvenir y sobre la historia de nuestras vidas. No aceptamos la resignación ya más. Queremos elegir vivir como deseamos y que ese deseo esté protegido y legislado por el Estado, que no sean sectores religiosos ni de poder los que decidan por nosotras.

Por todas las adolescentes como S., por todas las mujeres adultas que también sufren estas circunstancias, por esa libertad que parece tan lejana es que escribo estas líneas.

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