Pongamos que hablo de Clara

Seguramente todas hemos sido -o somos- Clara, ¿verdad?

Ilustración de Sonia Campo Sotelo (@sdraswi)

En este trocito de tarde oscura, Clara sí tiene una habitación propia donde escribir, Clara tiene un lapicero e incluso un coletero para recogerse las greñas de la cara, sin embargo, Clara aún no es portadora del fuego, Clara no ha inventado las cerillas ni ha creado la justicia en el mundo.

Clara, a veces se siente fuera de sí misma, sobre todo cuando vuelve a casa, a las cinco de la mañana, con las llaves aprisionadas en su puño, con un nudo en la garganta y con la respiración entrecortada.

A veces, Clara se siente ridícula, sabe que es una mujer empoderada, o mejor dicho, que aspira a serlo, pero a veces, se siente ridícula y frágil.

Clara sabe cómo va esto del feminismo, sabe que hay que reubicar espacios, pero Clara mira de reojo a su padre sentado en el taburete de la cocina mientras su madre fríe las croquetas de pie, tranquila, porque no hay nada de extraño en todo aquello.

Clara también sabe que puede besar a una mujer y que en ciertos espacios hacerlo es divertido, pero que en otros, en otros espacios, sigue siendo un verdadero infierno para Clara.

Clara tiene ciertas barreras mentales que aún no es capaz de destruir, de deconstruir, tiene ciertos trocitos de metal incrustados entre los huesos de una columna vertebral que aún está torcida, tiene la cama hecha a medias, la puerta entreabierta y por ahí, justo por ese huequito, se le va colando el miedo, fresquito, pequeñito, silencioso.

Clara tiene miedo, tiene un miedo que te cagas a dejar de llevar calcetines, porque eso, eso sería muy raro.

Clara sabe que puede ir sin sujetador por ahí, que puede tatuarse la piel de manera tímida, para no llamar demasiado la atención, porque Clara, Clara quiere ser libre, pero no lo es, aún.

Parece que le da igual depilarse, siempre en invierno, pero que en verano, en verano le cuesta ver cómo se asoman esos pelitos por la comisura de las bragas, y eso, eso le jode, Clara parece que entiende el amor de una manera libre pero que esa libertad se ha convertido en un problema para Clara.

No sé, pongamos que hablo de Clara y no de mí, pongamos que hablamos de Clara porque hablar en tercera persona siempre es más fácil, porque para vaciarme tengo que hablar de Clara y no de mí, tengo que hablar de que Clara quiere besar a un sapo, de que Clara quiere tatuarse una máquina de escribir enorme en el brazo, de que Clara quiere ir sin depilar por ahí y no quiere que la recuerden solo por Clara, la tía bisexual del pueblo X.

Pongamos que hablo de Clara y la sociedad dormirá más tranquila, pero no,
pongamos que hablo de mí, porque sí, porque puedo hacerlo, porque quiero hacerlo, porque yo soy Clara, porque muchas de vosotras habéis sido Clara en algún momento de vuestra vida pero sobre todo, sobre todo por dejar de ser Clara para empezar a ser nosotras mismas.

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Clara García, 22 años, Alicante

Instagram: @gemdomenech

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Ilustración de Sonia Campo Sotelo

Instagram: @sdraswi

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