La petite mort: el orgasmo como poder

Julia nos habla del orgasmo desde múltiples perspectivas y, como no podía ser de otra forma, leer el texto es una auténtica delicia

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Ilustración de Patricia Corrales

El orgasmo se define, comúnmente, como la culminación del placer sexual. Aunque el orgasmo es una experiencia eminentemente física, es indudable que es algo que va mucho más allá de nuestra carne. 

¿Recordáis vuestro primer orgasmo? Probablemente la respuesta sea negativa. Esto puede deberse a que, cuando experimentamos excitación sexual, la intensidad se reparte por el cuerpo y la mente afectando a todo lo que sentimos en el momento. De hecho, las primeras experiencias placenteras no tienen por qué estar relacionadas con nuestros genitales. La piel, al fin y al cabo, es un vasto territorio lleno de sorpresas geográficas y táctiles. 

Puede que nuestro primer orgasmo quedara disipado entre un montón de noches de experimentación que se sucedieron, fluyendo como los días, hasta transportarnos a un clímax concreto. Pero en aquellas excursiones nocturnas -o diurnas-, estoy segura de que nos sorprendía tanto el descubrimiento de una nueva postura que nos divertía o proporcionaba cosquilleos, como el alcance del orgasmo en sí. Puede que todo se confundiera en una enorme balsa de emociones placenteras, sin necesidad de discernir racionalmente entre ellas. 

Con el paso del tiempo, comenzamos a fijar nuestra atención en ese estado transitorio que es el orgasmo. Algo fugaz, rápido, que sin embargo y de un modo extraño nos conecta con cosas que parecen situarse a años luz de nosotres mismes -el universo, las estrellas, un cometa en llamas.

Orgasmos existen tantos como personas, y con el fin de alcanzarlos no siempre se recorren los mismos senderos. El orgasmo no entiende de categorías, ni de diferencias o tallas. El orgasmo, de llegar, arrasa con todo. Por un momento, suspende el aliento, pausa la vida, paraliza las expectativas. Nos convertimos en nervios, fluidos y carne. Somos cuerpo, no pensamos, tan solo estamos. 

El orgasmo constituye una de las pocas experiencias vitales que neutraliza la razón, abriendo paso a fluidos incontrolables y placeres explosivos. Aunque en la respuesta sexual humana existen, teóricamente, cuatro fases diferenciadas -excitación, meseta, orgasmo y resolución- son aún muchos los estudios que investigan qué ocurren en nuestro cuerpo, incluso en nuestra conciencia, cuando alcanzamos ese punto álgido de placer. 

Aunque orgasmo no hay más que uno -aquella falsa creencia de que existen en las mujeres dos tipos de orgasmo, uno vaginal y otro clitoriano, fue desmentida ya incontables veces-, de manera simbólica he querido diferenciar, en este pequeño viaje por el mundo orgásmico, entre tres componentes teóricos distintos:

El orgasmo fisiológico

El corazón late deprisa, nuestro pecho luce arrebolado, ligeramente brillante, algunes jadeamos o respiramos más intensamente, los músculos se tensan y los ojos, a veces, se cierran. Notamos como si el corazón se ensanchase para dar cabida a sangre que circula cargada de oxígeno y oleadas de placer. Entonces llega un tsunami, inundándolo todo. A veces incluso las sábanas o el cuerpo o cuerpos que nos acompañan. Nos corremos, tenemos un orgasmo, o, por un segundo muy corto y profundo, morimos para renacer al segundo siguiente.

El orgasmo siempre es cerebral, lo que explica que haya personas que lo experimenten usando solo su imaginación, o mientras sueñan. Lo que desencadena el clímax responde a factores neurológicos, que propician una cadena de acontecimientos sanguíneos, hormonales y emocionales de potencia incalculable. Lo que se sabe sobre el orgasmo a este nivel dista mucho de ser completo o profundo. Esta es un área de estudio relativamente joven en comparación con otras disciplinas médicas. 

El hecho de que aún existan tantos interrogantes en torno a la base fisiológica, como hemos dicho principalmente cerebral, del orgasmo, cobra mucho sentido al analizar el clímax desde un punto de vista sociocultural. En la cultura occidental han sido numerosas las barbaridades que se han llegado a afirmar sobre él, muchas de ellas producto de una sociedad patriarcal y positivista que no dejó demasiado espacio a la emoción y la diversidad de la experiencia sexual humana.

El orgasmo mental

La expresión de origen francés la petite mort -la pequeña muerte o la muerte dulce- hace referencia al orgasmo en toda su complejidad. Y es quizás justamente la dificultad para definir esta expresión lo que la convierte en una manera perfecta de nombrar lo innombrable: el intenso, extraño y maravilloso orgasmo sexual. 

Históricamente, son interesantes algunas explicaciones sobre el posible origen y significado de esta manera de referirse al clímax erótico. 

Una hacía referencia a la perdida de la “fuerza de la vida” en los hombres. Esta fuerza era simplemente el semen, que se suponía finito y vital y que por tanto, con cada eyaculación, acercaba a los hombres al final de su vida. Otra hacía referencia a la pérdida de conciencia que algunas mujeres experimentan tras un orgasmo. Otras señalan, de manera más general, un sentimiento indescriptible de trascendencia que nos deja sin aliento al alcanzar la cima del placer sexual. 

En resumidas cuentas, la pérdida de la conciencia, la pausa vital, la cercanía con la muerte, la falta de aliento o la calma y silencio mentales, son elementos que desde la filosofía o la literatura se han utilizado para describir el orgasmo. La petite mort, en esta línea, recoge estas sensaciones concentrándolas en una muerte dulce, producto de una intensa melancolía, un ligero desvanecimiento y una pausa en la respiración que de manera simbólica podrían ser relacionados con el orgasmo y con la finitud de la vida.

El orgasmo como poder

En Uses of the Erotic: The erotic as Power, Audre Lorde, escritora y activista feminista afroamericana, defiende el poder que existe en lo corporal, lo sensual y lo erótico. Audre pronunció este texto por primera vez en una conferencia en 1978 y, aunque yo lo leí el año pasado, de inmediato se convirtió en uno de mis escritos de referencia. Favorito por su poesía (ella siempre logra que cualquier tema fluya gracias a su manera de concatenar las palabras) y por su mensaje, el texto sigue tan vigente hoy en día como lo estaba en su momento. 

En un mundo donde la sexualidad se ha convertido en un objeto de consumo más o en reclamo de markéting para vender casi cualquier cosa, parece necesario recordar que la erótica, y todo lo que la rodea, es en realidad un territorio revolucionario, plataforma desde donde proferir gritos contra las discriminaciones, las estéticas opresoras y la pretensión de invalidar la diversidad.

Cada cuerpo, como cosmos erótico-caótico, con códigos y deseos propios, tiene dentro de sí el incalculable poder del placer: para darlo, fantasearlo o recibirlo.

The erotic as power nos recuerda que el cuerpo es una criatura poderosa, sin importar su complexión, color o edad. Lo erótico, tan denostado, negado o invisibilizado, es también una celebración del cuerpo, salvaje y sagrado, y de lo primordial, lo que siempre debería movernos: la intensa e inmensa alegría de estar vives y ser capaces de sentirlo todo. 

“Esa conexión personal compartida es una medida de la alegría que sé que soy capaz de sentir, un recordatorio de mi capacidad de sentir. Y ese conocimiento profundo e irremplazable de nuestra capacidad de alegría llega a exigir de toda mi vida que viva con el conocimiento de que tal satisfacción es posible y no tiene que llamarse matrimonio, ni dios, ni una vida futura.”

Audre Lorde, sobre lo erótico, el placer y la capacidad de sentir, en Uses of the Erotic: The Erotic as Power.

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