Hablemos de muerte

Qué complicado se hace a veces hablar de temas como la muerte que llevan una carga emocional tan grande.

muerte
Ilustración de Miriam S. de Arcos

Aún recuerdo una conversación que tuve con mi tío J. En aquel momento acababa de pasar él por un momento físico muy malo que casi había acabado con su vida. De hecho me decía que ahora podía decir que tenía un tío «degenerado» porque todo lo que su cuerpo iba gritando se trasladaba en lenguaje médico a «degenerativo». Además de creativo era una persona vital, generosa y de esas que te sientes fenomenal teniendo bien cerquita.

Quería muy bien y se le quería muy muy fácil.

El tema, que me lío, es que me contaba en ese momento cómo siempre había tenido miedo a la muerte.

No era un pensamiento habitual en él por lo que vivía con naturalidad y no dejaba de hacer cosas por ello pero que, cuando le daba vueltas al tema, le angustiaba.

Entendí perfectamente lo que decía porque es algo muy habitual. Al final no hablamos ni sabemos que es exactamente la muerte pero pensar en ese abismo, en ese no existir, puede crear muchísimo vértigo.

Lo que le había sorprendido es que, precisamente cuando objetivamente había estado más cerca de ella, lo que había sentido era calma.

Me dijo ‘pensé que me daría miedo y lo que sentí es paz porque sabemos que vamos a morir algún día pero no nos lo creemos y cuando te despiertas un día y piensas ¡uy! puede que sea este, todo cambia. Y en mi caso lo que me trajo es tranquilidad, no miedo.’

Tranquilidad, no miedo.

Me pareció muy interesante y me encantó que lo compartiese conmigo porque no siempre tenemos la suerte de poder hablar de estos temas con serenidad y sinceridad. Además, nunca había hablado de la muerte con una persona que hubiese, por así decirlo, recibido ya una invitación de ella para encontrarse pronto.

No pudimos ahondar mucho más porque mi tía B., su mujer, que estaba al lado le dijo ‘deja ya de hablar de eso y de decir tonterías‘.

Ninguna sorpresa, ¿verdad? Mi tía tenía miedo, de despedirse, de escuchar a mi tío hablar de la muerte intuyéndola en su sombra. Miedo de imaginar su vida sin él y rabia de que no estuviese en su mano hacer nada para impedirlo.

Y es una respuesta habitual.

No queremos hablar de la muerte.

No asumimos hablar de ese vacío, del dolor, del duelo, de la culpa del superviviente y de aprender a vivir con ello.

Es muy difícil crear un lenguaje para algo que no está bien visto tratar.

Por eso muchas veces no se habla de muerte si no de «ya no está entre nosotros», «persona desaparecida», «se ha marchado», «está en el cielo» o semejantes para ciertas religiones. No hay que irse muy lejos para encontrar ejemplos, yo he empezado este texto hablando de un momento en el que una enfermedad estuvo a punto de «acabar con su vida» en vez de decir, que estuvo a punto de morir.

Nos gusta más hablar de vida.

Incluso para señalar la ausencia de ella.

La palabra muerte se nos atasca por todos lados. Es como pegamento.

Se nos queda en la garganta en forma de nudo.

En los ojos con la presión de quien aguanta las lágrimas.

En el estómago cuando la sentimos cerca.

Y por todo el cuerpo.

Es como si su sola mención tuviese la magia de absorbernos.

Por eso es bueno que lo hablemos, que la tengamos presente y aprovechemos lo bueno que nos da. El empuje a disfrutar de lo que tenemos, de sentir lo que sentimos.

Tener presente la muerte para equilibrar lo que vivimos.

Para balancear la importancia de las cosas.

Para perder la vergüenza.

Para expresarnos y decir lo que sentimos.

Y no sentirnos menos por sentir miedo, porque se nos atasquen recuerdos o por escribir con una mirada borrosa por las lágrimas que corren por nuestros ojos.

Hablemos de muerte y de vida.

Porque sin ambas la otra no existiría.

Mi tío murió y confío en que ese día también estaba tranquilo. Mi tía le siguió a los años, aunque ambos engañaron al tiempo ya que que siguen vivos cada día en recuerdos, canciones, pensamientos y momentos.

¿Y tú? ¿Cómo llevas hablar de muerte?

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