Acariciando la muerte

Una Frida (Vanesa) nos comparte sus reflexiones sobre la muerte y la posibilidad de enfrentar de mejor modo la vida, más conscientemente.

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Ilustración de Yolanda

La muerte, aquella amiga a la que casi nunca llamamos, ni devolvemos su llamada, no queremos ver en nuestras reuniones ni fotos, a la que pocas veces nos preocupamos en mirar, la muerte, aquella auxiliar en esta vida, aquella que nos enseña a amarnos y a amar cada uno de nuestros respiros.

La muerte es una de las pocas certezas que tenemos, nadie podrá contra ella al final de esta vida prestada. Qué haremos durante nuestra existencia para que al final de nuestros días veamos a la muerte de frente como a la amiga que llega para darnos un eterno abrazo. Dónde está la receta, secreto, o fórmula mágica para asegurarnos que hemos vivido, que hemos sentido, que hemos aprovechado la tregua que nos da la muerte.

Cada segundo cuenta, cada segundo puede ser nuestro último segundo. Qué puede ser más preciado que aquello que no se puede comprar, por ejemplo, si se rompe mi taza, me puedo comprar otra, pero si se rompe el lazo que me une a la vida, ¿podré comprar una nueva? no, por eso cada segundo cuenta y es invaluable, por eso muero cuando no vivo, muero cuando no estoy presente, cuando estoy no siendo yo sino otres, muero cuando no exploro mi sentir, mi razón y mi ser, cuando no alimento mi ser, cuando no doy mi ser al mundo, cuando me niego, cuando me enmudezco.

Yo sé por muerte propia que no hay una sola muerte, se muere también cuando nos despojamos de las máscaras prestadas para sobrevivir, cuando nos despedimos de patrones que nos servían, pero ahora nos ahogan, cuando decidimos despojarnos de aquello que se ha vuelto algo pesado y sin sentido. La reflexión, meditar y estar en el presente nos ayudan a redefinir nuestros patrones, pensamientos y conductas, nos damos cuenta de lo que es útil y lo que no, y entonces crecemos, cambiamos, y cuando cambiamos algo de nosotres muere de alguna forma, vamos podándonos las hojas, dejando caer las que ya no van con nosotres, y éstas nos sirven de abono para construir nuevos yo, nuevas páginas en nuestra vida, ojalá más cercanas a nuestro ser. Para lograr esto seguramente requerimos humildad, paciencia, flexibilidad, y apertura. 

También hay muchas situaciones que nos ponen de frente a la muerte, cada quien elegirá sus propios entierros, una de estas situaciones puede ser acaso la muerte de un ser querido, la pérdida de un trabajo, un noviazgo hecho sepultura, una vida acuestas sinsentido, cada quien sabe que le ha hecho morir. Aquellos que no han muerto alguna vez durante su vida, creo que tampoco han vivido alguna vez. Despedirse de algo o alguien que estimulaba cierto yo en nosotros nos puede quebrar fuertemente, nos puede hacer despedir de un yo asombrosamente y sin remedio. 

Hay despedidas de una misma tan sorprendentes, que una se llega a preguntar si de verdad vivió aquello que ahora añora de si, o es que nos retorcemos por una fantasía que nunca existió. Yo me he despedido de mi muchas veces, y agradezco cada despedida, cada despedida me ha hecho más sabia, con más luz y amor, amor de verdad, amor sincero y desinteresado, amor honesto y puro, amor a mí, el universo y a este instante, y sigo en ese viaje que me permita amarme aún más y mejor.  

Me gustan los símbolos, y si bien es aparentemente extremo, creo que el sabor más agradable de la vida es ese que nos recuerda glamorosamente que la vida es infinitamente finita, que la vida está atada a la muerte, y que en el renacer florece la vida más plenamente. 

¿Qué harías tú si recordarás que con cada aliento mueres, que una parte de ti se descompone y otra parte de ti se repara, y reencarna, pero que invariablemente perecerás?, ¿dime si no abrazarías más la vida, sino abrazarías más fuerte a los tuyos, si no besarías más suave, dime si respirarías más profundamente?, ¿dime sino soltarías, perdonarías, y te extasiarías en el fluir constante de esta eternidad? 

¿Cómo te gustaría vivir este último segundo de tu vida, qué te gustaría tener en el corazón, qué te gustaría tener en el alma si este fuera tu último respiro? 

Vanessa Rodríguez N., 35 años, Perú

Psicóloga.

e-mail:  [email protected]

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