Y después… ¿qué?

Una Frida (Leona) nos llama a reflexionar sobre qué pasa una vez que una relación tóxica termina y acaba el proceso judicial. ¿Sigue todo tan fácilmente?

Ilustración de Beto Valverde Muñoz
Ilustración de Beto

Siempre se trata de empatizar con aquellas mujeres que han sufrido violencia de género, ayudarles a salir de esa situación de la que son víctimas. Es un proceso duro, en el que tu cerebro batalla entre querer ser libre y feliz y volver a lo único que ha conocido durante años.


Pero una vez todo el proceso judicial acaba (no siempre de manera favorable para la víctima)… ¿cómo se recompone una vida?

En muchos casos, la mujer debe cambiar de ciudad, dejar todo atrás, todo. Debe empezar de cero sin recordar exactamente quién es. Alguien con esas características es caldo de cultivo para relaciones tóxicas donde la persona intenta contentar a todo el mundo o ruega por amor, amigues que no entienden el trauma o familia que usa eso como ataque, para poder manipular a la mujer, que ni se entiende y aún se siente culpable. Aunque la mujer empiece a reconocerse a sí misma, con sus gustos, sus defectos, y aún así merecedora de amor, por dentro sigue llevando ese peso. Peso en forma de muchas preguntas en la cabeza del estilo: “¿soy una persona dramática o veo peligro en todas las cosas y quiero tenerlo todo bajo control siempre para que nada pueda hacerme daño?”, “¿es todo mi culpa?”, “¿pude haberlo evitado?” o “¿me merezco ser feliz?”.

Poco a poco la mujer se va dando cuenta que es distinta con quién la trata bien a con quien le hace daño. Reconoce como su propio cuerpo actúa, aunque quiera a esa persona su instinto es ponerse a salvo, cosa que poco a poco le ayuda a huir de situaciones similares a las que ha vivido anteriormente.

Con valentía, se levanta de la cama cada día y trabaja, estudia, y sigue adelante aunque su cuerpo aún tenga cicatrices. Con valentía, se acuesta y abraza la almohada aunque a veces no duerma.

Muchas mujeres que nos cruzamos, sin saber, se han recompuesto después de que las destrozaran física y mentalmente. Mujeres que llevan esa losa en silencio y a veces son incomprendidas. Nadie debería culparlas de su situación, nadie debería decirles que sabían lo que pasaría (¿por qué no ayudaron?), nadie debería hundir más a alguien hundide.

En una sociedad ideal, nadie debería pasar por una situación de maltrato, pero ahora, mientras ellas pelean con sus fantasmas nosotres podemos ayudar. Que aquellas que sobrevivan no queden muertas en vida. No se trata de tener una sonrisa de anuncio, como nos quieren hacer creer, si no de básicamente poder volver a confiar.

Leona Perálvarez (24), Andújar, España.

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