Elogio del aburrimiento

Porque la mayor rebelión en este momento de confinamiento puede ser dejar de ser productives y dar espacio al aburrimiento.

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Ilustración de Maite Ortega

Es curioso experimentar en el cuerpo -en la carne- que, aunque no nos dediquemos a nada concreto, los minutos siguen pasando y las horas se siguen acumulando. Puedes pasear por la casa sin rumbo, observar los lomos de tus libros, encontrarte con tu reflejo en el espejo. 

La actividad frenética vinculada a la productividad se ha parado abruptamente. O mejor, ha saltado por un acantilado. Se ha estrellado contra las rocas. Después, el silencio. El absoluto y ruidoso silencio, llenándolo todo.

La agenda con las páginas en blanco, los planes tachados, los conciertos cancelados, los cursos pospuestos.

¿Qué hay más allá de la vida productiva, profesional, académica, turística o de consumo? ¿Qué nos queda cuando ya no hay ciudad por la que pasear, ni bares que frecuentar, ni biblioteca en la que estudiar?

Quedamos nosotres, a solas.

Sin las capas de obligaciones, planes y ocio exterior que descansan sobre nuestras existencias como gotas de lluvia sobre hojas de sauce. En algún momento la delicada hoja no aguanta más, la gota se desprende y se estrella contra el suelo. Allí, abajo, se reúne con infinidad de gotas llegadas de tan diversos cielos…

Ahora mismo compartimos realidad con personas con vidas radicalmente distintas de las nuestras.

El aburrimiento nos iguala, nos convierte a todes en títeres del tiempo. Un tiempo que no sabe de sueldos, virus o beneficios. Un tiempo que, al convertirnos en sus fieles seguidores, nos da también la oportunidad de mirarnos con otros ojos. Nadie puede negar las horas, nadie osaría detener un reloj.

Aburrirnos es un ejercicio de riesgo, como la escalada. Pero justamente en la pausa, la reflexión y el desconocer qué viene después reside la pasión, la llama, lo ansiado, lo que nos convierte en entes vivos.

Yo, en estos días, quiero lanzar un grito mudo en favor del aburrimiento.

Me cansa mirar titulares que me instan a mantenerme productiva, activa, sana, ejercitada. ¿Que no tenemos suficiente con que las empresas nos deseen así: callades, felices, capaces de trabajar infatigablemente en pos de un aumento, una mejora, una oportunidad?

No quiero hacer yoga, ni comer manzanas y dejar de beber cerveza. No quiero ver esas películas de tres horas que nunca pude ver si no es lo que me apetece. No quiero leer esos clásicos de la literatura que nunca pude devorar. Quiero pensar que, quizás, el mundo después de esto va a cambiar. Y voy a permitirme hacer más cosas que me gustan y preocuparme menos por agradar a la maquinaria, a este sistema de la risa falsa, del complacer sin medida, de la producción constante del yo maquillado.

Me aburro, sí. Y lo que no quiero hacer, ni quiero que nadie que amo sienta que tiene que hacer, es seguir alimentando la falsa fábula del buen ciudadano. El que encuentra oportunidades en la dificultad y alegrías en la adversidad.

Dejémonos sentir estos días lo que realmente bulle en nuestro interior.

Esa es nuestra resistencia: la negativa a reproducir patrones guerreros, mercantiles y capitalistas para decorar nuestras caras con sonrisas de cartón bajo ojos cansados, llorosos, hartos.

Si un día, durante este confinamiento, notas que el aburrimiento lo invade todo, déjalo convertirse en el monstruo que comparte contigo la habitación. Él te observa, maravillado, criatura fantástica en este mundo de stories, tweets y demás mierdas medidoras de nuestra capacidad de innovar; él te mira, sin prisa, así que atrévete a mirarlo a los ojos de vuelta, desafiante y serena.

El aburrimiento no es más que le niñe rare de la clase y, por tanto, le más interesante, misteriose y con más cosas que enseñarnos. Pégate a él, no le tengas miedo y bébete algo rico a su salud. 

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