No quiero una boda, quiero mi libertad

Una lectora nos invita a reflexión sobre la tramposa libertad que el matrimonio, a veces, nos ofrece.


Ilustración: Caridibuja


Siempre he querido ser una mujer libre. Todavía no comprendo cómo serlo, y aunque sé que podría tardar varios años o toda mi vida averiguándolo, porque creo que definir mi libertad dependerá de un cúmulo de experiencias vividas y conocimientos recogidos, suelo estar segura de aquello que es contrario a mi búsqueda. No sé qué será la libertad pero mientras lo descubro, y para que algún día mi investigación personal cobre forma, hice una larga lista a la que he titulado «Las cosas que no me hacen ser libre«.

El matrimonio es, curiosamente, la primera palabra de mi lista. No la escribí allí porque considere la unión entre dos personas como un acto de encadenamiento, sino porque según su historia y su función social está diseñado para que hombres y mujeres, bajo la excusa del amor, nos desprendamos poco a poco de nuestra condición individual para formar un «nosotres».

En la antigüedad el matrimonio no era una institución social, como lo es hoy día, con la apariencia de requisito indispensable para cumplir el ciclo vital que, según la escuela, todos debemos cumplir: nacer, crecer, reproducirse y morir. Para los griegos y los romanos la unión entre dos personas respondía, por ejemplo, a la necesidad de pasar una herencia a los hijos o a la necesidad de mantener el poder entre familias; esta situación se repite durante la Edad Media con la diferencia de que ahora estaba respaldada por la Iglesia y que, para la desgracia femenina, el matrimonio no era una elección sino un acto a conveniencia familiar.

¿Será que las mujeres inventaron el amor? O ¿cómo aprendieron a permanecer con hombres que, en ocasiones, apenas distinguían, si no fue inventando un recurso para continuar cumpliendo con su «papel de esposas»? Este, su rol familiar, terminó siendo establecido por la iglesia, que encontró en las bodas una forma de control agrupando a las sociedades en pequeños conjuntos humanos con deberes por cumplir.

Los hombres y las mujeres parecieron de pronto estar destinados a unirse ante los ojos de Dios, para luego tener bebés que crecerían y repetirían la misma historia. Por fortuna, en nuestros tiempos el carácter sacramental y religioso del matrimonio ha perdido fuerza, pero continuamos estableciendo vínculos matrimoniales porque, al parecer, se nos quedó en la memoria la idea del matrimonio como requisito indispensable para pertenecer al mundo con las normas que «todos aceptamos», sin pensar que tal vez cuando admitimos casarnos, la etiqueta misma nos condena a una cárcel de puertas abiertas.

«De novios todos son buenos…», dice una frase popular sugiriendo que después de la boda las relaciones se transforman. Y la verdad es que sí, se transforman, porque las convenciones sociales nos han dicho que los novios se comportan de unas maneras y los esposos de otras. Durante el noviazgo se experimentan las sensaciones del enamoramiento, quizás la etapa más agradable del amor porque disponemos cuerpo y mente a las mariposas en el estómago y a las hormonas incontrolables. Pero el matrimonio nos obliga a olvidarnos de nuestra individualidad porque la bendición de un sacerdote en la iglesia o la firma de un notario nos sumergen en el mundo de los esposos que trabajan y ven fútbol, y de las esposas que limpian la casa y cuidan a los niños.

El matrimonio nos condena a una estructura impuesta por una sociedad que espera de los individuos la adopción de los patrones conductuales que ha establecido, y que no sólo tienen que ver con la herencia religiosa sino también con un sistema capitalista y masificador que nos obliga a construir un «nosotres» para olvidarnos del «soy». Éste se convierte, precisamente, en la voz que callamos cada vez que asumimos nuevos roles sociales, que no siempre son egoístas o importantes para desempeñarnos dentro de los grupos humanos, pero que en el matrimonio podrían no ser saludables para mi libertad.

Nathalia Muñoz Arias (22)

Cali, Colombia.

 

5 Comentarios

  1. En mi opinión, el matrimonio tampoco es el coco, como muchas costumbres arraigadas y erróneas lo presentan, según experiencias vividas por [email protected], de a poco se está transformando, para bien, en la libertad de poder elegir nuestro estado civil sin cargar con estigmas sociales. En mi opinión, ahora quedaría ir por la transformación del «poder» de elegir con sentido común, sabiduría

  2. Interesante tu post. Personalmente me gusta estar sola de echo lo estoy ahora. Pero curiosamente es como no estarlo, quiero mas de mi libertad y mas de mi soledad. Pero comparto un poco lo que han escrito. Y no tengo nada en contra del matrimonio tampoco en si, incluso segun algunos especialistas y al margen de lo que es la parte religiosa.. Sigue siendo aparenentemente un modelo funcional para la crianza de los niños y si vamos x ahi un poco. Pero supongo que va sujeto tambien, esto q siempre que los padres y la pareja en si, se entiendan. Cosa contraria cuando la union fue mas que nada por ciertas presiones sociales. Los matrionios de algun modo generan un orden de alguna forma, son generadores de nucleos familiares. Si bien es cierto que no siempre esto es asi y pueden ver problemas en ello a veces. Pero creo q socialmente siempre han funcionado dentro de un sistema durante siglos y en varias partes del mundo o en diferentes culturas. Siguen siendo generadores de cierto orden social por decirlo asi. Hoy en dia en estos tiempos, las personas ya comtemplan otros planes para sus vidas mismas o estilos de vida. Aprecio mucho a las mujeres q saben q tienen mucho que hacer, antes de casarse o formar familia. Pero respeto tambien a las mujeres que a lo lejos, se ven casadas. Los matimonios tienen sus deficiencias obviamente, el formar familia casi siempre va vinculado a ello en posterioridad.. Pero creo que depende de cada persona al final hoy en dia y felizmente esa decisión ..

  3. me parece un texto bastante subjetiva, y superficial ya que el matrimonio es algo cultural en muchas sociedades y modelos politicos distintos a lo largo de toda la historia, ademas solo se basa en un modelo de matrimonio el patriarcal, y lo da como el unico y el universal. Habla de los estereotipos del amor y del matrimonio pero no veo una investigacion solida que demuestre que eso es asi. Sinceramente me esperaba una lista de verdad no una critica al sistema patriarcal ( que me parece muy bien, pero he de confesar que entre esparando algo distinto y motivador)

  4. Treintañera en proceso de desaprendizaje.

    El matrimonio no es más que una unión entre dos versonas que desean ambas compartir el resto de su vida juntas, libremente e independientemente. El ser humano ( no distingo género aquí) es un ser social, por lo que en su naturaleza esta el relacionarse con el resto de seres humanos lo que contribuye a su desarrollo personal y a su felicidad.
    La verdadera libertad no depende de si se esta solteralx, casadx, viudx, se es promiscux, gay, lesbiana o cualquiera otra opción, depende única y exclusivamente, de respetarse a uno mismo y respetar a los demás, o dicho de otra manera la libertad de uno termina donde comienza la de otro.
    Así que lo mejor es dejarse de guiar por etiquetas, sociedad, religión, sistema económico, etc…. Y reflexionar más sobre lo que a uno le hace realmente feliz, teniendo en cuenta lo anteriormente expuesto.

  5. A todo esto se suma la presión por parte de los familiares queriendo juzgar tu pareja, ya sea por su sexo, condición económica, raza, preferencias, etc y si no tienes pareja se empiezan las insinuaciones de que te vas a quedar solterona toda la vida. Nunca podremos hacer feliz a todos los individuos que conforman la sociedad, aconsejo que hagamos lo que nos haga felices a cada uno de nosotros y conectemos el cerebro con el corazón.

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