La sheriff musical

Escuchar la que considero una de las mejores bandas sonoras de Tarantino, Django, me da la fuerza necesaria para convertirme en vaquera por un rato, sacar mi revólver y disparar; porque este artículo no es positivo, ni tiene tintes prácticos ni esperanzadores. Este artículo es simplemente para disparar la bala y que le llegue a quien le tenga que llegar.


Ilustración: Ori


Aún considerándome una persona bastante liberal, una de esas open minds, hay un hecho musical que me toca tanto los ovarios que si por mí fuera estaría penado con la hoguera, la horca y un disco de King África sonando una y otra vez sin descanso. Ni los peores dictadores fascistas de la historia me superarían en ser cerruna de mente en este aspecto y en su castigo. Y lo mejor de todo es que no me importa que me tachen de exagerada y severa por ello.

Si fuera una chica del Oeste, sería un Sheriff musical, cogería a [email protected] [email protected] maleantes que se creen DJ’s del transporte público y les mandaría fuera del mismo, a ser posible con una botella que se haya roto en su cabeza obra de un pasajero solidario, para que les sirva de escarmiento y sin batirse en duelo posteriormente, que es un esfuerzo innecesario.

Pequeños y pequeñas DJ’s del transporte del mundo:

¿Te hago yo escuchar la discográfica del que considero el mejor grupo del mundo con mi móvil? (Que obviamente son MUSE…<3 ;)

No.

Pues eso.

No odio la música, lo que odio es que me obliguen a escuchar algo que no quiero y, sobre todo, en el momento que no deseo.

Lo bonito de la música es que es tan compleja y tan variada que cada [email protected] puede elegir un sinfín de estilos y de canciones que le hagan vibrar y sentirse parte de ellas en el momento que un@ elija. Porque dependiendo del instante, de tus emociones, de tu estado de ánimo, etcétera, te apetece escuchar una cosa u otra; y el hecho de que te llene lo que escuches y te haga sentir más real, más persona o te haga olvidar que el mundo es mundo (aunque sea sólo por un segundo) es lo que la hace tan especial. Eso es para mí la música; es algo tan profundo que necesito vivirla para mí sola primero y con las personas que quiero, o a las que creo que podría gustarle, después. Y claro que quiero que el mundo comparta conmigo su música, para seguir descubriendo y aprendiendo.

Una cosa son los grupos de música que se ganan el pan o que disfrutan tocando en directo con su esfuerzo y que te acompañan con una canción en la calle, en un vagón, en el bar, en donde sea. Porque aunque no lo haya pedido o incluso aunque no me guste lo que escuche, el hecho mismo de que sean capaces de producir música, el que salga de sus personas, ya me parece admirable. Lo que no es admirable es el estruendo que sale por tu aparato de teléfono a todo volumen y que lo único que hace es dejar un sabor amargo a la gente que tiene un trayecto que recorrer.

Y si no queréis daros cuenta y cambiar, joder, pues al menos ponedme una que me guste. Que no os cuesta nada. Preguntad a la gente del lugar qué queremos escuchar durante el viaje, que cada uno elija una canción y al menos así alguien podrá disfrutar por unos minutos.

Pero no, nunca he escuchado a ningún DJ del transporte de este planeta meter una de Beethoven, por ejemplo.

Estas ideas de Picapiedra roba libertades a DJ’s espontáneos llevan plantadas en mi cabeza la tira de años. Y nunca hice nada. Hasta la semana pasada.

Iba en un autobús de una ciudad a otra en Irlanda, tres horas y media de viaje a mi haber sentada al lado de un joven que jugaba a todo volumen con su maquinita. He de reconocer que tenia un mal día, de esos que son tan horribles que nada te importa y, como tal, te ves haciendo cosas que nunca te atreverías a hacer porque no te importa lo que pueda pasar. Así que la vergonzosa y pasiva Marta cogió su sombrero y placa de Sheriff aquel día y con un inglés muy, muy cutre le dijo al compañero: Oye, lo siento, pero es que tu música es bastante molesta. Yo entiendo que quieras escucharla, así que si no tienes cascos, ¿quieres que te preste los míos? El chico los aceptó gentilmente y continuó jugando con música el resto del viaje y yo pude echarme una cabezadita.

Aunque estoy segura de que si tienes un móvil o un súper mp3 con altavoces, tienes dinero para comprarte unos cascos. ¿Que no te gusta usarlos? Tampoco quizás te guste usar preservativos, pero lo haces para pasar un buen rato seguro y a salvo. Con los cascos en el fondo también puedes pasar un gran rato, y a mí me dejas segura y a salvo de tus inapropiadas y siempre irritantes elecciones musicales.

Al menos en Madrid, con el robo a mano armada que supone un billete, Ana Botella podría regalar unos cascos con cada nuevo ticket. No me digáis que no. Cosas más estúpidas ha hecho.

 

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