Visión selectiva masculina o el complejo de T-Rex

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Ilustración de Patricia Corrales


Mi madre siempre dice que si fuera un animal ella sería una jirafa porque así podría verlo todo desde lo alto. Me parece una idea tan bonita y a la vez tan gráfica de lo que significa ser madre… No necesita ser la reina de la sabana como un león monárquico que se cree dueño del lugar y que encima pretende dejárselo en herencia a sus cachorros malcriados. Ella solo necesita tener el cuello largo para no perder de vista a las pequeñas jirafitas de entre sus patas y controlar todo lo que ocurre a su alrededor. La mamá jirafa. Pero claro, no solo las mamás. No por ser madre baja un ángel y te inspira la capacidad divina de impartir cuidados. Más bien eso lo hace la práctica y la necesidad. La obligación.


Yo entro en la cocina y de un vistazo ya sé qué es lo que hay por hacer. ¿Inspiración o experiencia? ¡No, magia! Me hace mucha gracia (ninguna gracia) cuando un padre, un primo o un cohabitante masculino del mismo techo pregunta qué hay que hacer, ¡o mejor!, en qué puede ayudar. Eso de la carga mental no les ha llegado. Eso de los cuidados tampoco. Muy bien por querer implicarte, chaval, pero no te voy a poner una medalla cuando estás preguntando qué hacer y tienes las botellas vacías que hay que llenar encima de la mesa o hay unos pelusones como ratas detrás de la puerta o ya se ha quemado media cocina y el gato no para de maullar en el horno. Ay, no sé, chico, da un barridito, por ejemplo. Es un fenómeno prodigioso que no deja de asombrarme y al que llamo: “visión selectiva masculina o el complejo de T-Rex”. ¿Sabéis cuando en Parque jurásico dicen que si no te mueves, el T-Rex no te ve? Pues esto igual. Los hombres han desarrollado la increíble capacidad de no ver nada hasta que no se les señala (mira, bonito, llena las botellas). Es todo un arte. Aún no he observado lo suficiente a los sujetos para saber si este problema afecta solo a su visión periférica o a todo su campo panorámico en general, pero puede llegar a ser peligroso y causar fuertes síntomas de dependencia e inutilidad. Recomiendo a los individuos afectados limpiar el baño de dos a tres veces por semana y leer a Federici antes de cada comida.


Desde la sociedad capitalista, solo se valora lo productivo y lo productivo se traduce en dinero. Si no da o produce pasta gansa, no vale nada. Recuerdo una vez que le regalé a una ex pareja una manualidad que había hecho yo. Era el día de Reyes y habíamos acordado no regalarnos nada, así que me lo recriminó. Cuando le dije que lo había hecho yo, soltó un “¡Ah, bueno!” como en “¡Ah, bueno, entonces no pasa nada!”. Aparte de imbécil, ya veis que el tiempo, el trabajo personal y la dedicación gratis son cosas sin valor en esta sociedad. Y no es moco de pavo todo este curro no remunerado y no reconocido, esta explotación bajo la alfombra.


Os adelanto a Federici en receta: “Tan pronto como levantamos la mirada de los calcetines que remendamos y de las comidas que preparamos, observamos que, aunque no se traduce en un salario para nosotras, producimos ni más ni menos que el producto más precioso que puede aparecer en el mercado capitalista: la fuerza de trabajo”. Pero como cuidar de la fuerza de trabajo es también “nuestra obligación”, pues nada, que te jodas. Nadie ve los miles de pequeños detalles que son imprescindibles para que todo funcione, como si fuera una máquina a la que hay que engrasarle los mecanismos, apretarle las tuercas, comprobar que tiene agua, reemplazar las piezas viejas… Desde fuera, solo se ve si funciona o no funciona. Claro, hombre, es muy fácil de manejar, solo tienes que darle al ON/OFF. Las miles de tareas diarias son invisibles y es exactamente eso: trabajo invisibilizado.


Además de invisible, no solo cargamos con el trabajo doméstico y reproductivo en sí, sino también con la tarea de organizarlo y pensarlo y hacer a diario la lista de la compra y acordarse de que el niño tiene una
excursión y médico a las cinco y poner los garbanzos en remojo para mañana y llamar al butano. Las mujeres estamos tan acostumbradas a cargar con todo, a organizarlo todo, a estar pendiente de todo que
casi lo damos por hecho como algo natural.
Casi. Ya estemos en el mercado laboral o no, nosotras somos las encargadas de ocuparnos de la casa y los niños y, básicamente, de que no falte de nada y, como siempre se queja mi madre jirafa, de acordarse de las cosas de todo el mundo. ¿Habéis escuchado alguna vez la frase: “Es que tú lo haces mejor”? Mira, lo que yo hago mejor es salir a bailar hasta las cinco de la mañana y volver a casa arrastrándome. Eso lo hago de puta madre y no limpiar el polvo. Ni lo hago mejor ni soy más rápida ni tengo más energía ni capacidad innata para pasar la bayeta por una superficie plana.
¡Así que cuidado, T-Rex! A ver si esta velocirráptor te va a pegar un bocado en la cara.


Yo me quedo con la conclusión de Nuria Varela (también podéis leerla para evitar el trastorno, mozos):
“La responsabilidad y la solidaridad han de ser un deber ético para el conjunto de la sociedad. […] Además, es un antídoto para la violencia: es difícil destruir lo que uno mismo ha cuidado”.

Iris César del Amo, 28 años, Cádiz. 

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