Santas Olvidadas

Victoria nos recuerda la importancia de la literatura de Silvina Ocampo, una artista opacada tradicionalmente por su hermana pero qué aquí queremos recuperar.

silvina ocampo
Ilustración de Anabella González

“Una mujer cae accidentalmente al océano desde el barco en el que viajaba. Mientras flota a la deriva, hace una promesa a Santa Rita, la ‘abogada de lo imposible’: si logra salvarse, escribirá la historia de su vida”.

Esta contratapa de “La Promesa” de Silvina Ocampo apila unas cuantas razones por las que es recomendable hacerle espacio en la biblioteca sorora.

Primero, la idea de que sea una novela fantasmagórica: de un personaje que teme por su vida y que para frenar la muerte apela a los recuerdos. (Ocupar el tiempo recordando descripciones de rostros, sensaciones, frases, momentos, seres queridos y transeúntes de nuestras vidas distraen a la mente y al sueño fatal). También es una novela con fantasma porque Silvina Ocampo no llegó a terminarla. Quizás ella misma intentaba mantenerse a flote alimentando un manuscrito de la que podría haber sido su vida.

Segundo, porque la náufraga le ruega ayuda a Santa Rita, que no es una santa cualquiera sino que es la santa de las causas imposibles, el abuso y los casos difíciles y desesperados. ¿Quiénes – si no las feministas – le rezaríamos más de un rosario a Santa Rita?

Pero la historia de esta “santa” es muy singular. Nacida en 1381 en Italia, Rita quería ser monja, pero sus padres en cambio la casaron con un hombre de pueblo a sus 14 años de edad. Con su esposo, dicen, tuvo “un mar de sufrimientos”. Una vez muerto su marido, Rita solicita la admisión al monasterio de las agustinas de Santa María Magdalena en Cascia. Pero le niegan la admisión debido a que sólo permitían vírgenes. Como la historia de muchas otras santas milagrosas, Rita tenía más miseria en el horizonte: sus dos hijos fallecen al mismo tiempo, de causas naturales (!). Finalmente, a los 36 años, Santa Rita es por fin aceptada en el convento pero sólo luego de recibir una “señal divina”, una herida supurante en la frente con olor nauseabundo y putrefacto que la acompaña hasta el día de su muerte como estigma de su impureza. Rita muere entregada a la oración y a la penitencia.
Y bien podría ser santa patrona de todas nosotras, mujeres independientes, con deseos propios, señaladas y estigmatizadas por pecadoras, a veces víctimas de la desesperanza, otras dueñas de lo imposible.

Tercero, porque Silvina Ocampo está siendo recuperada por la crítica literaria a pesar de haber sido opacada por su hermana Victoria, por su amigo Jorge Luis Borges y por su marido Adolfo Bioy Casares. Una hermana menor extraña, esquiva, fantástica, que vivió “con el afán de permanecer oculta”, como la califica Mariana Enríquez en su reciente biografía. Sobre ella y su vida se tejen mitos que involucran romances con otras mujeres, un feminismo adelantado aunque aristocrático y un espíritu infantil que todavía la mantiene viva.

Cuarto, porque La Promesa es la historia de las mujeres olvidadas (todas) y el relato que sobre nosotras mismas todas escribimos (o debiéramos escribir). Todas, como flotando en el océano, recordando cada persona que pasó por nuestras vidas que configura todos los detalles de las que somos hoy.

Quinto, porque cuando a Silvina Ocampo le preguntaron qué actitud tomó cuando otorgaron el voto a la mujer en Argentina, respondió «Confieso que no me acuerdo. Me pareció tan natural, tan evidente, tan justo, que no juzgué que requería una actitud especial».

Después, interrogada sobre lo qué pensaba acerca del feminismo, Ocampo dijo: «Mi opinión es un aplauso que me hace doler las manos». «¿Un aplauso que le molesta dispensar?», repreguntó María Moreno, joven periodista que la entrevistara en los ‘70s. «¡Por qué no se va al diablo!» fue la contestación.


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