Adiós al coitocentrismo

El coitocentrismo se adueña de todo en el universo sexual cis. Marta lo denuncia y aboga por una sexualidad más creativa y variada. 

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Ilustra Paula C

El otro día leía que, dentro de las mujeres cis cuando practicamos sexo en pareja, las lesbianas alcanzan un porcentaje muy alto de orgasmos, seguidas de las bisexuales y, por último, las heterosexuales.

¿Os sorprende? A mí en absoluto.

Podemos repetir una y mil veces que se nos inculca una sociedad coitocéntrica pero nuestras voces pesan menos que tantos años de cisheteropatriarcado.

Se habla de preliminares para incluir en ellos: besos, caricias, abrazos, lametones, mordisquitos, masturbación, cunnilingus, felación,… y luego el ‘gran final’ el coito.

En serio, deberíamos poder denunciar a quien puso todas estas experiencias en un plato combinado restándoles importancia.

Se tiene esa idea absurda de que cualquier cosa que hagamos, si no conlleva coito, ya no es una relación sexual ‘completa’. De ahí que normalmente ante la pregunta ‘¿cuándo fue la primera vez que tuviste relaciones sexuales?’ o ‘¿eres virgen?’ ese sea el baremo: el día que hubo penetración. Con un pene, claro.

¿Y cuantas mujeres tienen realmente orgasmos con tan solo la penetración? Muy poquitas. Y porque estás dando al clítoris desde otra zona. Tramposilles.

Sin embargo nos dicen que si no los tienes es que te pasa algo ‘malo’. Algo en tu cuerpo no está bien. Tienes un problema. Hipócritas.

La realidad es que el clítoris es el órgano de placer en las mujeres cis. Esa maravilla únicamente destinada al placer y que por lo general es bien agradecido a vibraciones, caricias, lametones, roces, presiones,… uhmmm.

Por eso no me sorprende en absoluto que si dos mujeres cis tienen relaciones entre ellas vayan a ser más satisfactorias.

Y porque las hetero o bi, relacionándonos con hombres cis, tenemos que ir con cuidado. 

‘Atención: se ruega no pisar la masculinidad’

Si no alcanzas el orgasmo con el coito es que ‘no lo han hecho bien’ o ‘no tienen el tamaño adecuado’ o vaya usted a saber.

Si te estimulas el clítoris al mismo tiempo algunes consideran que ‘no son suficiente’.

Si dices que prefieres el sexo oral o la masturbación hay quien piensa ‘no me sé mover’.

Y así muchas más, pero el tema es que sienten herida su masculinidad, se sienten más pequeños, menos hombres y eso repercute en futuras erecciones y lo sabemos.

¿Qué sucede entonces? Exacto, que es más que habitual que te puedas cohibir, que pases por ello para luego poder hacer otras cosas o que finjas un orgasmo para subirle la moral. ¡Qué divertido!

Porque en la sexualidad cisheteropatriarcal el pene es el centro, el master del universo, pero… sin nombrarle -a lo Voldemort- porque, aunque se supone que tiene el lugar protagonista, también tiene una fobia social un tanto especial y si se siente observado o juzgado, se marchita.

También es sensible a las palabras y a los gestos. Y es que el falo llega henchido y por la puerta grande pero muchas veces es una pose. Puro postureo.

Y claro, si no hay pene en erección… ¡no hay relación sexual posible! -modo ironía ON-

Limitar la sexualidad a la práctica indispensable de la penetración no le viene bien a nadie. A nadie.

A quien trae el pene porque tiene mucha presión y en muchas ocasiones está más pendiente de ‘dar la talla’ que de disfrutar. Lógico y normal.

A las mujeres cis porque su clítoris termina en un segundo plano. Eso debería ser denunciable.

Y a todo el mundo en general porque tenemos el resto del cuerpo. Mucho cuerpo. Con millones de terminaciones nerviosas, con el maravilloso sentido del tacto. Y el olfato, el gusto, la vista, el oído: una genialidad que muchas veces se nos olvida.

Y no nos tenemos que olvidar del cerebro. Ese órgano sexual que no entiende de género y que puede hacer que te pongas a mil en unos segundos, el que recibe los estímulos, el que se encarga de que estés en clave erótica.

Así que disfrutemos de nuestros cuerpos. Como sean de tamaño, forma y sensaciones y disfrutemos de una relaciones sexuales sin normas impuestas.

Porque el placer no entiende de ellas.

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