La figura femenina en el cómic de superhéroes I: de los años 30 a los 50

En este primer artículo (de cuatro) Felipe Rodríguez analiza el inicio del género durante finales de los años 30 y la década de los 40, analizando el encorsetado lugar que ocupaba la mujer en un universo de hombres dirigido única y exclusivamente a los mismos.

DC Comics

La representación de la figura femenina, al igual que cualquier representación de aquello que conforma nuestra percepción del mundo, dio un salto cuantitativo a partir de la llegada de los mass media, ya fuera la radio, el cine o la televisión. La aparición de estos medios de información y de transmisión cultural a lo largo del siglo XX, han dado lugar a un paradójico efecto, donde lo representado y lo real se difuminan y es complicado dilucidar quién imita a quién. ¿Los medios reflejan aquello que ocurre en la sociedad o es la sociedad quien adopta los modelos representados en las ficciones? Un arduo debate que también puede ser detectado en el mundo del cómic, particularmente en el género de superhéroes y las mutaciones de la mujer en los mismos.

El cómic de superhéroes arranca en mayo de 1938, con la primera aparición de Superman en Action Comics 1. Los comic-books eran una extensión de las revistas pulp: antologías de relatos detectivescos, horror o aventura, de bajo coste y dirigidas a audiencias masculinas juveniles y adultas. Los cómics iban dirigidos casi exclusivamente a públicos infantiles. Pero eso no fue obstáculo para trasladar a la mujer pulp, dividida en dos categorías tan antagónicas y perniciosas como la vamp -posteriormente transformada en los años 40 en la femme fataley la mujer virginal, tan inocente como vacía.

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Así, en los tebeos de la editorial DC Comics -iniciadora del género superheróico- podemos encontrar dichos modelos. En primer lugar, la novia del héroe, representada en figuras como Julie Madison -primer interés amoroso de Bruce Wayne/Batman- o Lois Lane -compañera de Clark Kent en el Daily Planet e interés amoroso de Superman. Si la primera era simple recurso para ser secuestrada por el villano de turno y engrandecer a la figura masculina superheróica o como simple interés amoroso del héroe -que compartía tiempo con ella cuando no tenía nada mejor que hacer- la segunda es la primera rara avis dentro de los orígenes del género. Lois Lane es una figura empoderada -profesional independiente, mujer que no necesita de los hombres para realizarse y que se burla de un pacato Clark Kent- pero que se desvirtúa en el momento que Superman hace acto de presencia. Una mezcla entre la mujer de la screwball comedy cinematográfica -cuyo referente más evidente sería la Katharine Hepburn de La fiera de mi niña- y la mujer simple y enamoradiza.

Más lamentable si cabe fue la llegada del código censor Hays en los años 50, cuyo componente ultraconservador convirtió a todas las mujeres de los universos de ficción superheróicos -en especial Lois Lane- en amas de casa cuya máxima aspiración era casarse y vivir una vida plácida en los suburbios, cuidando del hogar y de los hijos, mientras el héroe salía a trabajar.

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El otro perfil proveniente del pulp, la vamp o femme fatale, tendría como máximo exponente a Catwoman, la ladrona enemiga y objeto de deseo de Batman. Una figura, al igual que la femme fatale, que surge del miedo del hombre hacia una mujer que no necesita de la figura masculina para desarrollar su vida y que es transformada a ojos de este, en un ser mezquino y malvado, tan sugerente como incontrolable. De ahí su representación dual e incongruente, tan maligna como sensual.

Pero el caso más curioso e interesante en esta Golden Age del cómic americano es el de Wonder Woman, el personaje creado por William Moulton Marston, psicólogo e inventor del detector de mentiras, aficionado al bondage, adorador del poder de la mente y la figura femenina y que en su vida privada había decidido que la poligamia era la mejor manera de vivir su vida. Wonder Woman fue un verdadero caballo de Troya dentro de la industria del cómic de superhéroes. Un tebeo que introdujo, primero de manera sutil y luego de manera harto evidente tanto el BDSM como un leve empoderamiento femenino. Marston decidió que su manera de entender la vida, su relación con las mujeres y su decisión consciente en la elección de su sexualidad, debía ser absorbida por las mentes de los “inocentes” niños norteamericanos.

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DC Comics no estuvo de acuerdo, no solo por los para la editorial “indecentes” juegos sexuales que eran representados con absoluta naturalidad en el tebeo, sino por la liberalización de la mujer, donde el interés amoroso de Wonder Woman, Steve Trevor, se convertía en el espejo de Lois Lane, es decir, un personaje pasivo, a expensas de ser salvado por el héroe -en este caso heroína- tan vacío en su interior como una concha en la orilla del mar. La decisión de la editorial fue despedir a William Moulton Marston y degradar a la heroína empoderada en mera secretaria de la Sociedad de Justicia de América, el primer grupo de superhéroes de la historia del medio, donde ella era la única y ninguneada “chica” dentro de un “boy’s club” masculino. Una declaración machista en toda regla, ante un personaje y símbolo que les venía muy grandes a las estrechas y conservadoras mentes de la América de los años 40.

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Felipe Rodríguez Torres

Crítico cultural especializado en cine y cómics. Escribe en la actualidad en Caimán Cuadernos de Cine, Revista Mutaciones, el Pájaro Burlón y Redrum Blog de Cine, mientras mantiene actualizado, en la medida de lo posible, su blog personal La Habitación Nº 26.

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