Patriarcado y agresividad

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Ilustración Miriam S. de Arcos

El patriarcado regula nuestro comportamiento. Se mete debajo de nuestra piel, en nuestros huesos y nos dice cómo actuar, por dónde van los tiros, qué está bien y qué no. Esto no es de extrañar, todos los sistemas sociales tienen su conjunto de normas y comportamientos permitidos y prohibidos; algunos con mucha lógica sin los cuales no podríamos sobrevivir en sociedad.

Pero el patriarcado no pone estas normas de forma regular para todas las personas. Es un sistema desigual, no unitario, que trata a las personas de forma distinta.. y sí, lo hace en función de su sexo y su género.

Al patriarcado le importa mucho si eres leído como hombre o cómo mujer. En función de esta lectura tendrás unos comportamientos permitidos y otros prohibidos. En función de esto se te orientará hacia un lado, puesto que se te suponen determinadas cosas más «adecuadas» para ti, y se te pondrán barreras en el otro. Esto lo hace con absolutamente todo, tanto con las cuestiones externas, encontradas como oportunidades, como con cuestiones internas.

Y en lo interno nos daña muchísimo. También en lo externo, claro, pero lo interno tiene que ver con cómo nos tratamos y cómo nos pensamos. Cómo aprendemos a utilizar nuestras habilidades, características y fuerzas. Y una fuerza fundamental que tenemos es la energía agresiva.

Con energía agresiva o agresividad no me refiero a violencia, aunque está dentro de ella. Con agresividad me refiero a la energía de la acción; de aquello que nos impulsa, que va de dentro hacia fuera, que remite al actuar, al hacerse presente, a la acción. Y sencillamente con esta definición ya se puede ver a quién se le enseña más a actuarla… a los hombres.

En la clásica división «mujeres privadas, hombres públicos» ya se subraya claramente a quiénes «les pertenece» esta energía agresiva. Pero aunque se les dé permiso a ellos para activarla, aunque el mundo externo se considere de los hombres, eso no significa que las mujeres no tengamos esa energía agresiva en nosotras. No significa que carezcamos de la energía de hacernos presentes, de actuar, e incluso de defendernos y atacar. Pero es muy, muy censurada. Sobre todo en cuanto a determinadas emociones…

Porque claro ¿qué sucede cuando el entorno pone en juego esta energía agresiva en una de sus vertientes duras? ¿Qué sucede cuando la agresividad se tiene que jugar para defendernos o para atacar? ¿Qué pasa cuando se trata de hacernos presentes de forma contundente? Las mujeres no lo tenemos permitido. Está mal visto. Una mujer que se impone, una mujer que grita, una mujer que agrede… sufre una censura mayor que un hombre con estas mismas conductas. Pero que la expresión de esta energía esté censurada no quiere decir que no exista y ni siquiera que no se active ante determinadas situaciones. Aunque no se exprese.

Aquello no expresado es reprimido. Y aquello que queda reprimido tiene que salir por alguna parte. Esto es como la teoría de la energía: no se destruye, se transforma. Si a las mujeres no se nos permiten muchas de las expresiones de la energía agresiva hacia fuera… ¿dónde va esta energía? ¿Hacia dónde se dirige esta acción? Muchas, muchas veces, hacia dentro. Y el patriarcado aquí nos lo pone bien fácil para la expresión de la energía agresiva, sobre todo para su extremo: la violencia.

Mucha gente estará de acuerdo con que las mujeres somos menos violentas que los hombres. Las estadísticas de criminalidad están ahí. Pero yo no estoy del todo de acuerdo con esto. Discusiones filosóficas sobre la naturaleza de los sexos aparte, sobre la canalización correcta de la ira y un larguísimo etcétera, lo que es cierto es que las mujeres solemos ser muy violentas para con nosotras mismas. De una hacia una misma. Nos solemos tratar bastante mal internamente. Y esto, de nuevo, se explica en parte por el sistema patriarcal.

Si le unes la censura de la expresión de la rabia que sufrimos las mujeres y le sumas la cantidad de exigencias que nos plantan desde fuera (desde lo físico hasta cómo debemos comportarnos), es muy fácil que nos agredamos: «no soy perfecta», «debería ser más así», «debería cambiar esto», «debería arreglarme más», «debería ser más amable», etc, etc… Es decir, el sistema patriarcal nos lo pone fácil para que nuestra vía de canalización de la ira sea un ataque contra nosotras mismas. Todo aquello que no violentamos hacia afuera lo violentamos hacia adentro.

Pero ¿qué sucede con la energía agresiva menos extrema? Con la que no es violencia. Porque la energía agresiva tiene un rango muy amplio y no es solamente violencia, como decía. Y es que toda ella no la tenemos demasiado permitida… también la reprimimos. Las conductas que reprimimos por esta represión global de la agresividad son completamente variadas: desde no hacernos presentes en algún lugar hasta no defendernos. No activarnos por conseguir algo (y aquí una de las lecturas sería entrar en el cuento de «princesa en el castillo esperando a que su príncipe se lo traiga todo»), no mostrar nuestra opinión (quién no ha asistido a charlas que en el momento en que interviene el público solamente o sobre todo hablan hombres), incluso tiene que ver con la represión sexual. Es decir, todo lo que nos reprimimos tiene que ver con la falta de conexión a esta energía.

Evidentemente esto es muy complejo y cómo actuar en función de la situación que tengamos delante es todo un aprendizaje de autoregulación. Sin embargo creo que es muy importante señalar qué papel juega el patriarcado en el desarrollo de esta represión e incluso en el permiso de su expresión cuando hablamos de hombres. Si une sabe de las presiones y represiones y permisos que le da el sistema ya tenemos un amplio rango con el que trabajar y cuestionar nuestras acciones.

El patriarcado no es un sistema justo ni equitativo y esto tiene grandes y graves consecuencias para el desarrollo de nuestras capacidades y expresiones, también a nivel interno. Y está en nosotres marcar esa diferencia tirando hacia arriba o hacia abajo de esta balanza, jugando a probar la energía contraria que nos viene dada por el hecho de ser leídes mujeres u hombres.

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