La sororidad es nuestro alimento

 

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Ilustración de Marta A.

Que estamos viviendo una época única y muy particular, todes lo sabemos. No sólo lo sabemos sino que lo sentimos. Las rutinas siguen siendo las mismas pero el modo en el que observamos todo aquello que nos rodea ha cambiado. Muchas cosas o situaciones que antes no registrábamos con especial atención ahora no sólo nos hacen sentir incómodes sino que a veces directamente nos hacen hervir la sangre y de sólo pensar que pudieran ocurrir nos parece una fantasía de épocas medievales.

Paso mucho tiempo reflexionando sobre el feminismo y el fenómeno mundial en el que se ha convertido y no porque sea ninguna intelectual sino porque, como muches de nosotres, me siento interpelada por un mundo donde hay cosas que ya no podemos dejar volver atrás. Sé que tengo el privilegio de poder ver cosas que nuestras madres, abuelas o tatarabuelas jamás hubieran creído posible ni siquiera pensar. Sé que tengo el privilegio de poder sentirme abrazada por mujeres que jamás vi en mi vida y que me crucé en un instante fugaz en la calle, en un negocio o en el transporte público. Sin embargo, considero que estamos en una etapa de transición: no todo está logrado, falta muchísimo por andar y ese mundo utópico donde no muramos por salir a divertirnos, por andar solas o por no querer callarnos más todavía está muy lejos. 

Ahí es cuando empiezo a pensar en el feminismo del futuro. ¿Seguirá existiendo toda esta lucha cuando ya no estemos nosotras y otras hayan tomado la posta? ¿Cuáles serán las urgencias del futuro si en algún momento logramos cambiar algo de lo que está mal? ¿Qué pasará con las luchas internas dentro del feminismo, las divergencias, las diferencias? Intentar responder cualquiera de estas preguntas sería algo parecido a la astrología y claramente ese no es mi fuerte; por lo pronto tampoco creo que nos sea necesario saberlo.

A pesar de no tener las respuestas ante todo lo planteado, a pesar de que personalmente siento que el mundo, en este momento, fines del 2018, se está volviendo un poco más oscuro y trágico para todes, a pesar de que puedan estar en peligro muchas cosas que dábamos por sentadas y que nunca pensábamos que podían volverse atrás (por ejemplo, la conciencia sobre los derechos LGTBIQ), hay algo ahí, una pequeña esperanza y una confianza en algo que comencé a experimentar recién hace muy poco en mi vida. Un sentimiento que nunca nadie me había enseñado y que se encarna en una palabra que suena hermosa y que no puede ser igualada a nada de lo conocido: sororidad. 

Tengo toda la certeza de que la sororidad debe ser y será el arma del feminismo del futuro. Tal vez pertenezca yo a una de las últimas generaciones de mujeres que crecimos creyendo que otras mujeres son nuestras enemigas, que aquella que se mete con nuestro hombre es culpable de lo mal que pueda estar la pareja, que es más fácil tener amigos hombres que mujeres porque somos más competitivas, que recibir un halago de parte de un hombre es mucho más gustoso que de parte de una mujer porque detrás de este último hay falsedad, que si a otra le pasó algo feo por algo habrá sido. Todas esas ideas que se implantaron en nuestras cabezas desde muy chicas también se habían implantado en su momento en las mentes de las mujeres que estuvieron antes que nosotras y ver que hoy en día muchas chicas jóvenes y adolescentes ya han logrado desarrollar elementos que les permitan romper con esas dinámicas es realmente esperanzador.

En 2018 llevamos a cabo en Argentina una gesta que, más allá del triste resultado negativo, nos permitió darnos cuenta de que somos miles. Que estábamos por todos lados y que necesitábamos salir a la calle para encontrarnos. La lucha por el aborto legal, seguro y gratuito; ese pañuelo verde que se anudó en cientos de miles de muñecas, mochilas, bolsos, cabelleras y brazos fue a lo largo de todo el año nuestro talismán contra la opresión machista y patriarcal. No puedo explicar fácilmente con palabras la sensación de hermandad que te une a una desconocida cuando ves que lleva en algún lugar ese pañuelo de libertad y gloria.

Del mismo modo aún hoy, casi cinco meses después de esa batalla perdida (sólo por un tiempo, como brujas volveremos a llevarla adelante el año entrante), sigo pensando y reflexionando sobre cómo haber sido una minúscula parte de toda esa marea de mujeres (cis, travas, trans, lesbianas, blancas, negras, indígenas, adolescentes, ancianas), hermanadas, abrazadas y llorando de emoción por lo logrado, me enseñó que la sororidad es un arma enorme con el que contamos y contaremos para siempre.

Cabe la pregunta ¿cómo aprendimos qué es la sororidad si nunca nadie nos la enseñó? Y la parte historiadora dentro de mí me dirá que las mujeres siempre, por mucho tiempo, recurrieron a prácticas sororas, de acompañamiento, de asistencia, de sostén en cientos de miles de formas que ni siquiera el patriarcado mismo pudo registrar. Aunque intentaron destruir eso que nunca se animaron a mencionar, la sororidad estaba allí y la fuerza de todas las que murieron luchando se encendió nuevamente dentro nuestro.

Sororidad es sentirte hermana no sólo de aquellas mujeres que tenés a tu alrededor o que conocés de manera cercana. Tampoco significa que mágicamente todas las mujeres comenzarán a caerte bien ni que tampoco tendrás que estar obligada a defender cada cosa que haga una mujer. Y allí está la magia de ese sentimiento hermoso: a pesar de no congeniar con otras mujeres, la sororidad te hará sentir como algo natural las ganas y el interés por defenderlas, asistirlas o al menos comprenderlas cuando sean víctimas de algún tipo de opresión machista.

La sororidad también te llevará, sin que te des cuenta, a ir rompiendo aquellos nudos que antes te hacían sentir enfrentada con otras mujeres incluso sin haber intercambiado nunca ninguna palabra con ellas. Porque el patriarcado siempre nos quiso divididas para gobernarnos mejor. Sentir sororidad es sincera y realmente experimentar que tu cuerpo se libera, se hace más fuerte, que tu mente se despliega en miles de aspectos que no conocías antes, que no te obligan a nada sino todo lo contrario, rompen ataduras que te tenían contenida y sin poder explotar a tu mayor potencial.

Esa preciosa sensación de que todo aquello que estás viviendo también son las vivencias de muchas otras, de miles de otras mujeres con las que te habían enseñado que no tenías nada que ver. De sentirse parte de un colectivo que te une y te abraza, que te protegerá ante cualquier ataque o amenaza, que te acompañará y te dirá que todo va a estar bien. La sororidad es, básicamente, destruir minuto a minuto y segundo a segundo, a ese monstruo enorme que nos acosa y hostiga y que cree que es más poderoso que nosotras porque nunca jamás nos habían dicho que podíamos ser tan fuertes juntas. Esa será el arma, nuestra arma, para el feminismo del futuro. 

 

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