Decir no también es autocuidado

Muchas veces ponemos las necesidades de les demás por delante de las nuestras. Esto puede llevarnos a sentirnos mal. Por eso, decir no también es autocuidado.

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Ilustración de Maite Ortega

Nunca he sabido ser demasiado asertiva. Se supone que la asertividad es la habilidad de comunicarse y de defender los propios derechos sin caer en la agresividad o la pasividad.

En mi caso, el problema viene por los dos lados. Por una parte, cuando un tema me importa mucho, tiendo a ser demasiado emocional, me pongo nerviosa, elevo el tono de voz, me tiemblan las piernas y puedo llegar a la confrontación verbal. Es cierto que, con el pasar de los años, cada vez me pasa menos y he aprendido a luchar algunas batallas y otras no; pero a veces me sigue pasando. Por otro lado, hay muchas veces que, por no discutir o no decir lo que pienso, termino haciendo cosas que no deseo hacer. Y aquí entra uno de mis mayores problemas: el no saber decir que no.

Si alguien me pide ayuda en mi entorno, siempre tiendo a pensar que si le digo que no, va a creer que no me importa, que no le quiero o que soy egoísta. Hay veces en las que no tengo tiempo para prestar esa ayuda y otras en las que quizá sí; pero puede que no me sienta con ganas de hacerlo. ¿Por qué, entonces, siento esa culpabilidad si digo que no?

Creo que uno de los principales motivos es, como comentaba antes, el miedo a no gustar, a dejar de ser querida; en definitiva: el miedo al rechazo. Puede que sea porque de pequeña me sentí rechazada en muchas ocasiones por el resto, o por ciertas vivencias personales; pero el caso es que me aterra pensar en el rechazo. Por eso antepongo muchas veces las necesidades del resto a las mías.

A base de ceder, llega el momento en el que una explota y llegan los reproches: yo hice esto por ti y en realidad no quería hacerlo. Pero claro; si en su momento aceptamos de buena gana hacerle un favor a alguien, no es de recibo echarle en cara a esa persona que lo hicimos, ¿verdad? Al final acabas discutiendo, la otra persona también se siente mal y todo se convierte en un desastre. Por eso me he dado cuenta de que saber decir que no, al menos para mí, es un pilar fundamental del autocuidado.

Creo que el hecho de ir madurando y de enfrentarme a diferentes situaciones a lo largo de la vida me ha hecho mejorar mucho en este aspecto. Una de las cosas que ahora siempre tengo presente y que me ha hecho sentir mejor al decir que no, es la siguiente premisa: nunca trates como prioridad a quien te trata como opción. Todes hemos tenido alguna relación personal en la que la otra persona recurre a ti cuando no tiene a nadie más. Y esas cosas se acaban notando. Empezar por una situación así resulta más fácil; es más sencillo decirle que no a alguien que, en cierto modo, se puede estar aprovechando de nosotres.

A partir de ahí podemos ir dando pequeños pasos para cuidarnos y querernos mejor. Las primeras veces que nos negamos a hacer algo, quizá nuestras maneras no sean las mejores o quizá nos tiemble la voz; pero poco a poco, a base de practicar, encontraremos el modo de decir las cosas con educación, cariño y paciencia. Y entonces aprenderemos la gran lección: quien de verdad te quiere, no va a dejar de hacerlo porque le digas que no puedes o no te apetece hacer algo. Si esa persona cambia tu actitud hacia ti por haberle dicho un no o te hace chantaje emocional, quizá sea un persona junto a la que no merece la pena estar.

Mi consejo es que intentes dejar a un lado ese miedo al rechazo, que analices cada situación y la respuesta de la persona que tienes al otro lado. Con el tiempo, te darás cuenta de que un no a tiempo te evitará muchos quebraderos de cabeza, que te sientes más ligera y más feliz.

Aprender el balance entre ayudar a les demás y tener claras tus necesidades y prioridades no es un camino fácil; pero la recompensa es sentirte querida por ti misma y ver que te estás cuidando. Y esa sensación no tiene precio.

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