El privilegio de la tristeza

Una frida nos cuenta por qué la tristeza puede ser sentida como un privilegio.

Proyecto Kahlo_feminismo_Mayo18_derecho_tristeza
Ilustración de Yolanda

La tristeza es una emoción necesaria. Adaptativa. Muchas hemos escrito sobre ello y muchas más lo harán. La tristeza se nos ha negado en este mundo de pensamiento positivo obligatorio, de productividad a través de la alegría, de cambiar los pensamientos sin dar espacio a los sentimientos.

La tristeza nos ayuda a descansar, a centrarnos en nosotras, a cambiar la manera de ver el mundo, a sanar heridas emocionales y físicas y a pedir y recibir ayuda. La tristeza muchas veces se intercala con la rabia y nos lleva a cambiar nuestra situación vital y/o social. Pero no todas podemos permitirnos estar tristes. La tristeza es un privilegio.

Poder sumergirnos en la tristeza implica parar. Cancelamos planes, nos cogemos una baja, no vamos a la asamblea, nos quedamos calladas en una reunión, recogemos el salón tres días después y no comemos o comemos lo que no debemos. Así es la tristeza, no tiene hueco en esta sociedad donde la productividad y la gestión del tiempo van por delante de la felicidad y la contemplación de las nubes o la lluvia. Y quien quiere sobrevivir en ella, no siempre puede permitirse estar triste cuando toca.

Cuando pienso en esto me imagino a mujeres migrantes y madres, por ejemplo, con la mochila de ser ejemplo para su descendencia. Mujeres que no pueden apagar el despertador y darse media vuelta para llorar un ratito, que no tienen un hueco en todo el día para autocompadecerse y quejarse de todo. Mujeres que oyen que no están tan mal, que podrían estar peor, que se levanten cada vez que se caigan, que ¡venga, lucha un poco más!.

Me imagino también a mujeres con heridas muy profundas, con momentos en su vida en que les hicieron tanto daño que no pueden mirarlas sin romperse. Mujeres que tienen la valentía para enfrentarse a sus sombras, pero que necesitan un apoyo externo, una situación económica o social que les dé la seguridad de que si caen, alguien las ayudará a levantarse.

Me imagino a mí misma, cuando quería salvar a tanta gente que me clavé una sonrisa perenne en mi cara y los clavos se oxidaron y yo no me atrevía a arrancarla. Por que si yo dejaba de sonreír, ¿cómo podía pedir al resto que lo hiciera? ¿Cómo volver a aprender a hacerlo?

Estar triste debería ser un derecho.

Aprendí y ahora puedo estar triste. Si un día llego tarde a trabajar, no me despiden. Mis gatos no dejan de lamerse y lavarse, si yo paso un día entero tirada en el sofá. Mi familia no pasa apuros económicos, si yo me quedo cojo una baja por depresión. No estoy en peligro de muerte como las personas refugiadas, si dejo de luchar un día por mi supervivencia.

Sé que eso es un privilegio. O no. Quizá sea un derecho por el que debemos luchar. El derecho a dejarnos sentir nuestros sentimientos. Y crear redes que sostengan a quienes necesitan la tristeza y a quienes dependen de personas que necesitan estar tristes. Los privilegios son concedidos por otras personas con más autoridad de forma excepcional. No quiero que nadie tenga autoridad sobre la tristeza de nadie.

Convirtamos el privilegio de la tristeza en un derecho y dejemos de imponer la alegría como una obligación.

 

Nerea Aguado (35).

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