Convertir tu falta de privilegios en un arma

Julia nos explica su experiencia con la xenofobia y cómo convertir esa falta de privilegios en un arma a nuestro favor.

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Ilustración de Patricia

Privilegios. Me pregunto si todas las personas los tenemos. Creo que sí, que en mayor o menor medida, todes disfrutamos de determinados privilegios vinculados a nuestra identidad, nuestro color de piel, nuestra nacionalidad o nuestro género. Cuando detectamos que somos privilegiades en cualquier aspecto, nos tendríamos que enfrentar a un examen interno que pusiera patas arriba todo para volver a traernos a la tierra más reales y empáticos. Pero esto no siempre ocurre así.

Pasado

Soy andaluza. El mero hecho de hablar con un acento diverso, fluido y musical me ha jugado malas pasadas en mi vida académica o personal. Siempre recordaré a un tío al que conocí en un festival de música. La segunda vez que nos vimos, y sin venir a cuento, comenzó a reírse mientras yo le estaba relatando una experiencia. Recuerdo que yo estaba contándole algo que me parecía serio. Le pregunté qué le hacía tanta gracia y me dijo que mi acento, que era muy gracioso y muy dulce. También me ha pasado en congresos y en el entorno académico, y he observado caras atónitas escuchando mis argumentos y no se por qué pero he sabido que mi habla les molestaba y restaba importancia a lo que estaba diciendo.

Soy mujer, lo que evidentemente me ha enfrentado a miles de situaciones de desigualdad en mi vida cotidiana. De esto ya he hablado otras veces. Y no escribo hoy para indagar más aún en este tema… Hoy quiero relatar cómo mi traslado a Islandia me ha enfrentado casi por primera vez en mi vida al racismo hacia mi persona.

Presente

Algunes amigues ya me habían comentado que en algunas ocasiones, trabajando en Reikiavik, se habían enfrentado a situaciones claramente xenófobas. Esperé a experimentarlas yo misma para sacar mis propias conclusiones.

No tardó mucho en llegar el momento. La primera semana me dediqué a repartir currículums como loca. El centro de la ciudad es muy pequeño y prácticamente todos los negocios se amontonan en un par de calles. Entré a todas y cada una de las tiendas que las pueblan. En muchos negocios me echaban para atrás por no hablar islandés (cosa que entendí y sigo entendiendo). Pero en uno se dio una situación que me descolocó por completo.

Era una tienda de ropa y accesorios, bastante urbana y cuidada. Yo tengo experiencia trabajando cara al público en estudios de tatuajes donde también se vendían ropa y accesorios así que no me pareció mala idea entrar. Había una chica atendiendo. Me dirigí a ella, le expliqué (en inglés) que estaba buscando trabajo recién llegada de España. Me comentó que el manager estaba allí justo en ese momento y que podría entregarle mi CV yo misma. Subí unas escaleras, y me encontré al manager sentado tras un escritorio elevado. Estaba con un amigo y le estaba haciendo escuchar canciones de rap en islandés. No quise interrumpir. Cuando la canción acabó, comencé a explicar por qué estaba allí. Él levantó los ojos del ordenador un nanosegundo, me miró y volvió a bajarlos y comenzó a hablar con su colega de nuevo. Este último me miró con cara de no entender nada. El jefe no me había dirigido la palabra, me negó la posibilidad de comunicarme. Yo me quedé paralizada con mi currículum en la mano. No conseguía comprender que me estaba ignorando, pero eso era de hecho lo que estaba ocurriendo.
Pasaron lo que me parecieron largos minutos y yo seguía ahí, helada como el aire en esta isla. La chica que atendía, que había presenciado todo desde la puerta, se acercó a mi, me agarró del brazo y me dijo que podía dejarle el CV a ella.
Aunque ese tipo me miró a los ojos durante una milésima de segundo, yo leí en sus pupilas un desprecio y una altivez que no dejaban lugar a dudas. No pensaba ni tan siquiera coger el curriculum de una tipa recién llegada de España. Morena, echá palante y sin miedo ni vergüenza para entrar a cada tienda de la ciudad a pedir un trabajo. Esa soy yo, y a él eso no parecía agradarle. Quizás pensaba que yo estaba allí para quitar el trabajo a les nacionales… ¿Os suena este argumento?

Futuro

Ahora tengo otra situación que añadir a la lista de pérdida de privilegios. Cuando salí de allí tenía el cuerpo revuelto, como si me hubieran dado un puñetazo en el estómago. Paré de repartir currículums, tomé una infusión, y cuando volví a la carga pensé y sentí que si llegara una segunda embestida, yo estaría mejor preparada. Quizás incluso podría responder de alguna manera, al menos con una mirada de desprecio.

Cuando nos escupen en la cara que no tenemos ningún privilegio, nuestras herramientas aumentan, nuestra opresión se hace más patente y la defensa de nuestra integridad y nuestra valía se vuelve más furiosa. Por la tarde, después de llevar largas horas repartiendo CV, en una tienda de souvenirs y ropa del centro, un poco más abajo que la del tipo de la mirada racista, me cogieron directamente para trabajar de cara al público.

Es un privilegio ser consciente de nuestra falta de privilegios, porque entonces conocemos nuestros puntos débiles y podemos protegerlos y pelearlos con más fuerza y valentía.

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