Dejar un pueblo andaluz para irte a vivir a Reikiavik

Julia nos cuenta la aventura de dejar un pueblo de Andalucía para mudarse a Reikiavik.

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Ilustración de Felilustra

Esta es una parte de mi historia. Acostumbrada a escribir desde una cierta distancia, usando datos o estudios que amparen mis argumentos, o frases equilibradas para transmitir mi pensamiento, esta es la primera vez que voy a escribir desde mí.

Una decisión cualquiera puede ser difícil de ser relatada. Pero en un mes en que en Proyecto Kahlo teníamos que escribir sobre la CIUDAD, yo, que me mudo a Islandia en menos de una semana, solamente puedo llenar mi mente de cálidos recuerdos acerca de Granada, ciudad al sur de España, donde resido. Y también de otros pensamientos, menos cálidos, pero muy vivificantes, acerca de Reikiavik, la ciudad islandesa a la que, por unos meses, me traslado.

Diréis, ¿por qué Islandia? La visité por primera y única vez en 2012, y desde ese momento sentí una conexión concreta y palpable con su territorio. Y, llegado el día, mi pregunta fue: ¿y por qué no Islandia? Aunque he vivido en Italia en dos ocasiones, durante diez meses la primera vez y tres la segunda, esta vez mi traslado es diferente. No voy a Islandia con un proyecto concreto (a Italia fui por los estudios en ambas ocasiones). Más bien espero que la oportunidad me encuentre a mí. Voy a buscar un trabajo, un glaciar o une amigue. Llego porque quiero sentirme viva, y quizás el frío lo consiga de una manera más potente que la calidez a la que estoy acostumbrada.

Son tantos los relatos que existen, en los que mirarme o pensarme, que me saturo. Los privilegios (tú te puedes ir), los juicios (estás tirando la toalla), las presiones desde la positividad (¡seguro que te va a ir genial!), las expectativas (¿y qué trabajo vas a buscar?), los miedos (¿conoces a alguien allí?)…

… Tantas las aristas de esta situación que siento vértigo constante sin importar desde qué lugar me asome a observar lo que está por llegar. Llevo unos días pensando mucho, y eso me impide dormir del tirón una sola noche desde hace una semana. Esto es algo que me ocurre desde la adolescencia. Esa tendencia a pensar compulsivamente sobre casi todas las posibilidades que acarrean mis decisiones me trae de cabeza a veces. Pero estoy haciendo las paces con esta costumbre, intentando sacar el néctar de esta fruta, la pulpa jugosa que me diga algo de mi propio interior, de mis verdaderos deseos.

No quiero sonar derrotada, para nada. Más bien quiero sonar real, llena de confusiones y complejidades, porque si algo aprendo cada día mientras crezco es que la vida es sumamente compleja pero también sorprendente y maravillosa. A menudo me enfado con la situación que vivimos en Andalucía, en España, en Europa, en el mundo entero; pero también es verdad que soy de felicidad fácil, y basta con salir a tomar unas tapillas o abrazar a mis amigas para que se me pase.

Después de años sobreviviendo precariamente en Granada, con la ayuda inestimable de mi familia y mis amigues, pasando por el aro de trabajos que no me satisfacían en lo más mínimo, necesito un cambio. Y nunca me han gustado los caminos labrados ni las soluciones fáciles. Prefiero los retos (aquí quizás tenga algo que ver mi padre, hombre hecho a sí mismo, peleón y aventurero). Elijo lo complicado porque lo fácil no me proporciona tanta satisfacción como la que siento ahora mismo al encontrarme preparando una maleta imposible para pasar unos meses en un país helado.

Todas estas pajas mentales sobre los cambios me acompañan siempre, pero no me lastran. Al final, me estoy yendo movida por una cantidad inconmensurable de razones. Todas amontonadas unas sobre otras, luchando por conseguir todo el protagonismo en mi cabeza. Pero quiero cuidar a todas las razones, darles su espacio y entenderlas en su dimensión e importancia.

Me voy porque no tengo trabajo,

me voy porque me siento frustrada,

me voy porque he tenido un desengaño amoroso muy potente,

me voy porque me encanta la idea de pasar una temporada en Islandia,

me voy porque me permito tirar la toalla,

me voy porque este año cumplo 30,

me voy porque mi padre y mi madre cuidan a mi gato,

me voy porque quiero pasear por Reikiavik de la mano de mi hermana cuando venga a visitarme,

me voy porque quiero sentirme útil,

me voy porque quiero sentirme valorada y que en un trabajo agradezcan el modo en que seco los vasos o preparo un capuchino,

me voy porque puedo,

me voy porque quiero,

me voy asustada,

pero me voy viva y preparada.

4 Comentarios

  1. Hola😊 quería decir que me encuentro en una situación parecida, solo que voy a mis 18 años a Capital Federal a principios del año que viene y estoy bastante asustada y esperanzada. Es de mucha motivación todo lo que escribiste, saludos💚

    • Julia Amigo

      Hola Leticia! Muchas gracias por tus palabras. Te siento valiente y segura, así que mucha suerte en tu nueva aventura. Un abrazo grande 🙂

  2. Buf…final apoteósico, carne de gallina.
    Yo voy a aportar a esa presión desde el optimismo más mrwonderfuliano: te va a ir genial 💜

    • Julia Amigo

      Y yo acojo tus palabras wonderfulianamente también Mines! Un abrazo apretado

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