La infancia que hay en ti

Nuestra parte de infancia, nuestre niñe, es algo que nos acompaña siempre. No se va cuando crecemos, sigue estando ahí.

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Ilustración: Maite Ortega

Por mucho que nos pueda parecer lo contrario, cuando pasamos a la edad adulta no abandonamos esa parte niña que tenemos, que hemos sido. La seguimos albergando dentro. Esa niña, ese niño que fuimos, sigue estando ahí. Dentro de ti. Forma parte de tu Yo presente, de tu Yo adulte.

Todo lo que experimentamos en la infancia nos conforma en quienes somos. Para bien o para mal esto es por entero cierto. Esto también significa que todos los deseos, todos los anhelos, todas las heridas y alegrías que tenías siguen formando parte de ti. Los sigue guardando ese niñe. Y esas cuestiones pueden estar más vivas y latientes de lo que se puede llegar a creer. O de lo que nos gustaría ver.

Tal vez su mensaje venga cargado de dolor. Pero en esta parte también hay muchas cosas buenas.

Lo que está claro es que esa parte tuya quiere salir. Quiere que la evidencies. Quiere hacerse presente para completar quién eres. Sólo debes prestar atención y escuchar(te).

A veces nos cuesta reconocer esta parte y es que, claro, reconocer que tenemos una parte infantil en nuestra personalidad, en nuestro interior, puede que ni nos guste… eso de ser infantil o tener una parte infantil lo podemos vivir como algo malo, peyorativo. El adultocentrismo que hay en nosotres nos grita que nos dejemos de bobadas, que eso de tener una parte infantil, que eso de albergar a nuestre niñe en nosotres es una tontería… Pero si caemos en esto, si nos vemos como personas adultas liberadas de aquello que fuimos, estamos olvidando a una parte de nosotras, estamos negándola. Estamos asfixiándole (asfixiándonos). Estamos quitándonos características muy propias, sanas y bonitas.

Nuestra pare infantil nos lleva a conectar con la parte más limpia y anhelante que hay. Nos lleva a conectar con la parte de los deseos primarios y de las necesidades básicas. Nos lleva a esa parte más natural, más animal, más emocional. Más vulnerable. Nos habla de los pilares que nos constituyen y de los deseos de afecto y conexión.

Tal vez por ello no nos guste verlo: nos habla de nuestras necesidades y de lo que más nos duele. Y en el fondo nos gustaría estar por encima de todo ello. Pero no lo estamos. Y no podemos estarlo. Y no pasa absolutamente nada.

Es por eso que conectar con nuestra infancia interior es tan importante: nos remite a lo que más profundamente necesitamos. A la vez que nos dice de si estas necesidades fueron satisfechas en nuestra infancia… sí, nos lleva a heridas. Nos conecta con el anhelo que tuvimos. Que tenemos.

Puede doler pero es necesario. Es necesario mandarle el mensaje de que nos tiene a nosotres, a nuestro Yo adulte, que está ahí para atenderle, cuidarle, curarle y abrazarle.

Pero iniciar este viaje hacia nuestro Yo infantil no es solamente un viaje hacia los vacíos que pudimos experimentar, sino hacia todas las posibilidades que este niñe nos ofrece, que no son pocas. Nos puede conectar con la alegría de vivir. Con la creatividad. Con la energía. Con esa especie de magia que alberga la infancia.

Conectar con esta parte es vernos en nuestra completitud, en toda nuestra dimensión, en toda nuestra complejidad. Incluso en toda nuestra contradicción. Nos ayuda a sacar otro Yo de nosotres, otra configuración de quienes somos, otra parte de esa compleja y fantástica multiplicidad del ser.

Porque nuestra parte infantil tiene dos caras de una misma moneda: la moneda de nuestro Yo más puro. No lo olvidemos: esa es nuestra parte infantil, la que nos lleva a lo más anhelante y a lo más potente que guardamos. Nos lleva a quienes somos sin todas esas capas y reconfiguraciones y transformaciones que vamos sumando a lo largo de nuestra vida. Es nuestra parte más esencial, que no podemos olvidar si queremos mirar en completitud nuestro Yo.

Está bien que te veas tal cual eres ahora. Está bien que te revises desde el punto en el que estás. Pero no puedes dejar de lado tu parte niña. No puedes pensar que “ya pasó”. Si la dejas de lado la dejas sola, la dejas dentro de ti, en una esquina, entre unos muros injustos, que te llevarán a la ceguera de ver quién eres más allá de la representación actual de tu Yo.

Mira a la infancia que llevas dentro. Abrázale. Ábrele camino. Deja que se exprese. Y, con ella de la mano, sé más tú.

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