Morir en el cine

Entrar en una sala de cine es prepararte para dejarte atravesar por las emociones.

Cuando trabajas en un cine pequeño, compartes con las personas que van a ver las películas momentos surrealistas, algunos momentos bonitos, y otras veces solo compartes la entrada de papel cuando entran, y un adiós cuando se van. Hay veces que el título da juego, y te ríes, otras veces, el cliente sale despavorido a mitad de la película porque le ha parecido horrible, y de vez en cuando preguntan por la encargada, nunca sabes si es para bien o para mal. Estamos en 2017 y la gente va al cine, creéroslo.

— ¿Me da una para Morir?

—¿Para Morir?—. En la sala 4.

—¿Te ha gustado Morir?—. El final un poco flojo.

— Dos para Morir, por favor—. Son 11€.—¡Qué barato!—

— ¿Os gustaría ver Morir?—. No gracias, es que me han contado como acaba.

Ilustración de Laura Farlete

Con los trailers, puede pasar de todo. Un hombre con cara constreñida sale a decirte que la música esta altísima. — ¿El aire acondicionado no lo ponen para ahorrar? — En este cine siempre hace frío—. Es sabido que en verano, en los cines, es invierno.

Un día salió de la sala una humilde escritora y periodista que se quejaba de la luz: —Esa pantalla no esta bien iluminada. Ya desde el principio se notaba, el blanco no es blanco. Y en la película cuando salen hablando en primer plano, no se les ve la cara, no se diferencian los rasgos. Un director se las apaña para, aunque sea una escena oscura, que les veamos la cara, ese es su trabajo—. La bombilla del proyector tenía la culpa.

¡Quiero hablar con la encargada! ¿Quién es la encargada?—. Una mujer de pelo blanco sale de la sala después de hora y media de película. —Quiero que me devuelvan mi dinero, vaya mierda de película! Esto es una tomadura de pelo. ¡Pero, quién se han creído que son ustedes! ¡Se están riendo de nosotras! La señora estuvo cinco minutos manifestándose en el hall del cine, intentando boicotear a cualquier persona que entraba con ganas de comprar una entrada. Su hija salió una hora y media después habiendo disfrutado de la película (si, duraba tres horas).

A la salida del cine, hay personas que te miran, te saludan y se van. Hay amigues que han ido juntes y salen comentando: —Lo único claro es que un hombre ha muerto, quién es el asesino, ni idea—. Y otras salen con el móvil en mano, hablando de la vida, respondiendo esa llamada que no pudieron atender en la sala.

Una mujer sale de Morir caminando muy despacio, con la mirada perdida y los ojos acuosos. Se para y comienza a hablar: —Yo tengo un hermano mellizo, y su hijo murió a los veinticinco años, mientras estaba sentado en el sofá de su casa, con su novia. Fue así, de repente. Mi sobrino tenía la misma edad que mi hija. Yo prefiero morir así, rápidamente, sin sufrir, a padecer toda esta devastación progresiva. Creo que es lo mejor, para una misma y para los de tu alrededor (…) Menudo cuerpo me ha dejado la película, ¿Y ahora, cómo me voy yo para casa?—.

—¿Quién es la encargada?— Con miedo miro a una pareja de argentines que hacen esta pregunta. —¿Quién se encarga de traer estas películas?— No sé vosotres, pero nunca antes pensé que cuando vas al cine quieres saber quién se encarga de elegir las películas que vemos. —Es para darle la enhorabuena. Es muy bonita, triste, pero tierna. Nosotros somos músicos, y la banda sonora es exquisita—. ¡Uf, menos mal!

La experiencia fílmica es entrar y salir de una sala, y que te revuelva por dentro la incertidumbre, que te atraviese la devastación, que la sonrisa de una historia se dibuje en tu rostro y en la persona de la butaca de al lado; que tres filas más atrás haya alguien bostezando, aburride porque aquí no pasa nada. Ir al cine es saber donde entras, pero no saber cómo vas a salir.

 

* La película de tres horas es Sieranevada. La del asesinato que no se sabe quién es el asesino es El tercer asesinato de Kore-Eda. Y la de la música bonita Bye Bye Germany, por si queréis contrastar emociones.

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