De dolores y despedidas sin remedio

Una de nuestras Fridas decide compartir estas palabras con nosotres. Palabras de despedidas a una mujer más que importante en su vida: su abuela.

Dolores y despedidas_Ramona_Proyecto Kahlo
Ilustración de Yolanda

Relatos desde la diáspora. Para Ramona

Como nunca antes coincido con Kate Millet al afirmar que lo personal es político. Nunca la entendí como ahora que escribo desde el dolor y lo hago no como periodista sino como una entidad diaspórica que confluye en los márgenes de la migración que me impiden tomar la mano de mi abuela por última vez y agradecerle su labor de cuidados amorosos a lo largo de mi vida.

Escribir esta noche un texto dedicado a esa mujer mientras mi familia se reúne a llorar su muerte del otro lado del mundo para honrar su vida es sin duda una forma de no palidecer y no dejarme ir completamente hacia al dolor. Transformar ese lamento en letras es mi salvación. Tengo un océano de distancia y políticas migratorias recalcitrantes que olvidaron agregar cláusulas humanitarias a su ordenación.

A lo largo de algunos años estudié procesos migratorios con perspectiva de género, publiqué diversos trabajos periodísticos luego de recorrer distintas rutas donde construí múltiples historias. Todos ellas contenían un factor en común: el dolor.

Recuerdo aquellos rostros con profundo dolor de pérdida, si acaso por la familia, la tierra, la casa, el arraigo mismo, por la historia o porque quizá ya no hay regreso. Sé que hay otros tipos de migración pero ésta es una que carga culpas a las mujeres.

Escribí sobre separaciones, abandonos, explotación laboral y violencias pero nunca encarné aquellas historias. Así, esta noche dedicada a las memorias Mari Luz Esteban me resarce desde su antropología encarnada para entender a les otres cuando se ha pasado por las mismas cosas.

¿En qué momento me convertí en una entidad diaspórica? Ni yo mismo lo sé, quizá lo he sido siempre. Soy la que nunca se queda. Ejerzo el movimiento de traslación de forma ininterrumpida. Incomodarme más que regularmente es un hábito, requiero perder la zona de confort en cuanto la alcanzo.

Quizá los motivos de asumirme como una mujer inmigrante vienen de un país que nos echa a patadas a las mujeres con la amenaza de ser el siguiente caso de feminicidio, acaso las economías que no evolucionan a la par que las necesidades o decidir por un proyecto personal feminista que desde mis privilegios me permito ejercer. Pero ahora no importa si es el cúmulo de eso o quizá más. Me he convertido en una cara de la migración y precisamente una de esas que duele.

Con lágrimas que no cesan de escurrir sin importar las horas que hayan transcurrido desde la noticia; con sollozos, pensamientos de una vida, una habitación propia en tierras andaluzas y una veladora que destella en mitad de la oscuridad acompañan mi escritura. Desde este sitio escribo posiblemente el texto más complejo que haya construido.

Ramona me otorgó probablemente uno de los momentos más aleccionadores de mi vida durante el funeral de su hija Tere hace algunos años, mi tía entrañable. Mientras el mariachi nos acompañaba a cantar su adiós, ella bailó desgarradoramente a lado del féretro de su hija. Sí, ella bailó al lado de la muerte.

Ramona perteneció a una generación de un México que se negó a perder, ese que deja la puerta abierta de casa, precisamente la que da a la calle para que cualquiera entre y al hacerlo ella le invitara un tequila antes de una comida.

Era originaria de la tierra de la guayaba, una fruta cultivada en huertos de Calvillo, Aguascalientes, zona centro norte de México. Amaba el mariachi y sin importar las más de nueve décadas de vida que llevaba encima lo bailaba con fuerza. A quienes la conocimos nos hizo amar la fiesta bonita, donde hasta el alma grita ¡viva Aguascalientes que su feria es un primor!

Lamento profundamente perder a Ramona y con ella la ternura, el mimo y la dulzura que ella era y que mi genealogía se quiebre ante la pérdida de la última mujer de una generación.

Qué ganas de romperme. Qué ganas de emprender el camino a casa. Qué ganas de acabar con la distancia y qué destemplada forma de decir adiós.

Pero esta noche el feminismo aparece siempre en mi vida como una bocanada arrebatada de aire fresco que entra a las vías constipadas. La mujer que me enseñó en la academia la Historia de las Mujeres es quien se funde en un amor sororo que conforta mi alma.

Estoy ausente en el grito desconsolado que entonan al unísono mis familiares junto a su ataúd mientras el mariachi le canta un adiós, pero Ramona vuelve a darme la lección más grande de mi vida: desprenderme del amor desde el amor.

Así que sólo me queda asirme a tu recuerdo y ofrendarte infinitas gracias a tu presencia en mi camino y no renunciar a él.

Por siempre mi Monchis, mi Güeli, mi Abuelita.

Adiós Ramona

***

Por Lizbeth Ortiz Acevedo
37 años, mexicana

Puedes seguirla en [email protected][email protected] o por [email protected]

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