Construyendo las relaciones de pareja

Todes tenemos una idea de lo que tiene que ser una relación de pareja. Todo el mundo lo sabe, ¿no? Chico, chica, besos, San Valentín… espera, ¿seguro que lo sabemos bien? ¿Nos vale la fórmula de relación tradicional o tiene añadidos que nos sobran?

 

Construyendo las relaciones de pareja _ proyecto kahlo
Ilustración de Maite Ortega

Con las relaciones de pareja nos pasa como con todos los tipos de relaciones: se supone que todes sabemos de qué va la cosa. Llegamos a este mundo, nos movemos por él, vemos cómo la gente va estableciendo sus relaciones, qué se hace, qué no… y ya tenemos la base sobre la que construir. Los medios de comunicación también nos ayudan a ver qué es eso de relacionarse y nos inyecta sutilmente sus normas y su moral.

Vamos percibiendo todos esos imputs relacionales y acabamos conformando un prototipo para todas las relaciones en las que queremos hacer encajar nuestras experiencias. Y lo hacemos exactamente en esta dirección: de fuera hacia dentro, de les demás hacia nosotres, de lo que vemos hacia lo que vivimos. Como la criatura que juega con los bloques con formas: la estrella tiene que encajar en el agujero con forma de estrella, el cubo en el agujero con forma cuadrada. Si no encaja entonces asumimos que eso no es un cubo o no es una estrella.

Así funciona. Es lo social lo que nos enseña cómo son o deberían ser las cosas, nadie viene con un manual de instrucciones. Pero hay que ir con cuidado con lo que presuponemos como lógico y normal, porque podemos caer en la trampa de querer reproducir modelos dañinos.

Por un lado, si te paras a pensar, nuestra vida tampoco da para ver todos los tipos de relaciones posibles, ya no sólo por la delimitación cultural (sólo vivimos en una cultura y no en otras), sino porque una persona solamente se mueve por determinados ambientes y no por otros por los que podría aprender otras cuestiones y formas de relacionarse.

Pero más allá de lo que dejamos de aprender por aquellas experiencias que no hemos visto o vivido hay otra cuestión incluso más fundamental: ¿qué es lo que te vale a ti? ¿Te sirve el concepto de relación tradicional? ¿Te vale todo ese conjunto de normas y quehaceres presupuestos? ¿Son sanos? Es más: ¿qué es eso de “una relación”/ “un noviazgo” / “una pareja”? Puede parecer una pregunta tonta pero no lo es, porque ¿estás segure de que sabes lo que es y lo que implica para ti y la otra -potencial o real- persona?

Y aquí hay que hilar bastante fino.

Vamos allá no sin antes aclarar que no es que pretenda hacer aquí un análisis exhaustivo de “qué es y cómo construir una relación”, que eso da para varios libros, pero sí trataré de ir a lo fundamental. Ahora sí:

Honestidad

Esto es lo primero. Sin esto no hay nada, no podemos ni siquiera hablar de construir una relación sana. Y no me refiero a la honestidad con la pareja (que también), sino de algo más esencial: la honestidad contigo misme.

Para construir algo que te encaje y te satisfaga, para que la comunicación sea realmente buena, tiene que haber este pilar: tienes que tener honestidad contigo. No te engañes. Escúchate, conócete.  Y si en el contexto de la relación algo te duele, te remueve, te incomoda, es que algo pasa: piensa en ello y comunícalo. Fíate de tus sensaciones. Cuídate.

La base

Vamos por lo elemental: tiene que haber toneladas de respeto. Pero esto es así para cualquier relación, no solamente la de pareja. Si no hay esto ya no podemos poner ni siquiera la palabra relación y habría que plantar fuertemente la de abuso.

Lo que hay que considerar es que una pareja/novie/compañere/comoquierasllamarle es ese alguien “especial”. Vamos, que no es una amistad, es otra cosa. Y lo que la diferencia de las amistades es el contacto especialmente íntimo, incluído el sexual y una mayor dedicación de tiempo. Sin estos dos elementos es raro que se forme una relación de pareja: la intimidad y la sexualidad unen mucho y es una de las expresiones de afecto más intensas, y el tiempo mayor que le dedicas es necesario que lo des para que la otra persona se sienta “especial” para ti. Porque de lo contrario sería algo más casual, con menos peso. Piénsalo: por algo uno de los sinónimos para hablar de tu pareja es “compañere”. Compañere de vida. ¿Cómo va a serlo si no le dedicas/os dedicáis un mínimo de tiempo?

Estoy utilizando el singular por cuestiones prácticas y centrándome en la opción de solamente una pareja principal, pero esto de lo que hablo es igual de válido para las personas que practican el poliamor (pero hablar de esto ya da pie a otro artículo).

Las normas

Vale. Ya tenemos el respeto, la intimidad, el sexo y el tiempo. ¿Y ahora qué? Bueno, ya tienes lo elemental. A partir de ahí construid, poned vosotres las normas. Ya, no estoy ayudando nada, pero es que esto es competencia de las personas que establecen la relación.  No hay ninguna norma, por muy impuesta que venga de fuera, que te tenga que valer a ti. No tenéis por qué veros 6 días a la semana, ni tenéis que llamaros cada día si no lo queréis. No tenéis que regalaros bombones por San Valentín ni tenéis que ir a comer cada fin de semana con la familia. O sí. Eso tenéis que ir viéndolo.

Aquí ya entra el ser un poco razonable y darse cuenta de que unas normas son válidas para una relación y otras no. Por ejemplo no puedes pedirle que te espere 6 meses mientras tú te vas de viaje y no te comunicas nada. Porque esto ya rompería lo de la dedicación del tiempo y nada funcionaría.

Lo único que tienes que tener en cuenta es el respeto del que hablaba al principio y debes saber que, si ponéis unas normas y las rompes, le faltarás al respeto.

Las normas pueden ser muy diversas y con muchísimos matices pero, por favor, poned normas. Eso de “sin normas” está muy bien si estás jugando al Monopoly con tus amigues y te quieres echar unas risas (o abrir una guerra), pero cuando hablamos de la vida real y de las relaciones de pareja el “sin normas” suele acabar con mucho dolor, malentendidos y decepciones. Eso de “da igual”, “no me importa”, “haz lo que quieras” puede traer infinito sufrimiento. No es que las normas no puedan traerlos (puede que establezcáis algo que luego no os guste en la práctica y haya que cambiarlo) pero es muchísimo menos hiriente que no dejando las cosas claras y dejando que cada mente individual tenga su propio plan de acción.

Esto también funciona por ensayo y error. No pretendas construir la relación perfecta de la noche a la mañana. Para encontrar lo que quieres y lo que queréis podéis ir probando, siempre que os vayáis cuidando mucho por el camino.

Lo esperado

A partir del establecimiento de las normas ya sabrás qué esperar. Y esto es importante porque genera confianza y seguridad. Repito: puede que a la larga te des cuenta de que no te vale. No pasa nada. Todo es hablarlo. Pero no esperes nada diferente de lo que habéis establecido, no juegues a “si digo esto lo mismo hace lo otro aquello”. Sé honeste, directe, y juega limpio.

Comunicación y más comunicación

Es aquí donde hay que trabajar fuertemente, y es que de esto dependen el resto de puntos. Hay que estar dispueste a hablarlo todo una y mil veces. Estar dispueste a comunicar lo que quieres y necesitas. Estar dispueste a decir lo que te ha dejado de valer o lo que te hiere. Y es que, repito, las normas de las que hablaba no tienen por qué ser inamovibles.

Sin comunicación muere la relación, esto dalo por hecho.

 

La etiqueta puede ser la muerte… o la salvación

“Claro”, puedes pensar, “con tanta norma propia, con tanto hablar lo que queremos, con tanta cosa de por medio… ¿nos llamamos novies si no encajamos con el concepto mainstream de noviazgo?”.

Cuando la etiqueta supone la muerte es cuando a partir de lo que se presupone socialmente de ella actuamos, presuponemos y nos movemos por la relación. Cuando intentamos encajar eso que tenemos en la mano en el agujero en forma de estrella porque nos han dicho que tiene que ser una estrella pero no lo es. Ponerse un nombre a lo que sois no tiene nada de malo. Imaginad las presentaciones sociales: “esta es la persona a la que le dedico más tiempo y con quien tengo sexo y mucha intimidad y con la que con la que me voy a clubes nocturnos de intercambio”. No sé tú, pero yo no lo veo. Con lo fácil que es decir “es mi pareja”.

No huyamos de las etiquetas, son necesarias y útiles. Ordenan las cosas de cara hacia fuera, pero también de cara a une misme y hacia vosotres dos.

Aunque las normas que haya detrás de vuestra relación sean bien diferentes a lo esperado. A veces nos dan demasiado miedo las etiquetas por sentirnos condicionados o atrapados o cualquier cosa, pero las etiquetas funcionan. Mientras detrás de ella haya lo que ambos queréis que haya, ¿cuál es el problema? ¿No será, en el fondo, que te dará miedo el nivel de compromiso que requiere?

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Todo esto no es un alegato en contra de las etiquetas ni en contra de la idea tradicional de noviazgo: es una invitación a que cada une construya la relación de la manera que más le encaje -y si coincide con la tradicional, ¡fantástico!-, que se liberen tensiones, presuposiciones y se limen peticiones innecesarias en base a lo anterior.

Que te digan que algo tiene forma de estrella no implica que encaje en tu patrón de estrella; A lo mejor eso que te han dicho que tiene que ser una relación no encaja exactamente con lo que tú quieres.

Una relación puede ser de la manera que queráis que sea. Les dos (o les que sea). Porque, y subrayo esto como último apunte: no cedas a lo que no quieras, no digas que te vale si no te vale y no ofrezcas aquello que no puedas dar. Que de personas en el mundo que estén dispuestas a establecer una relación como a ti te gustaría, está el mundo lleno. Respétate. Es la única manera de establecer una relación sana para tu pareja y para ti.

A partir de ahí entonces ya sí: fluye, disfruta conociendo a la(s) otra(s) persona(s), déjate llevar en esa maravilla que es descubrir a alguien. Pero no esperes ni presupongas nada, ábrete a conocerla como es completamente, y si no te interesa, ya lo sabes: hay más personas en el mundo

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