Fragmentos de un discurso horroroso

Una de nuestras Fridas decide compartir estas palabras con nosotres. Sí, fragmentos (des)ordenados de un discurso horroroso pero cierto.

Fragmentos de un discurso horroroso_ proyecto kahlo
Ilustración de Lucie Charcosset

#1 Alteración

En medio de las huidas, he dejado bragas, olores y rayones; mis despedidas fueron tan súbitas como un paro cardíaco; y mis añoranzas vuelven a metamorfosearse en sueños. Ahora que he aprendido, al principio, contra mi cuerpo a quedarme en cualquier sitio, en la luna, en el techo, bajo la cama, como un gato, una efigie o una astronauta, puedo prescindir de lo efímero: las preocupaciones, las angustias y, las palabras desgarradoras. Esos náufragos me alteraron, les deje entrar, los recosté sobre mi regazo, pero en la mismas dilaciones, esperas y desconfianzas. Nunca fui hacia ellos sin temblar, o cojear, o arrastrarme con deseos de volver a mis aposentos. Como si se tratara de un absurdo de verdugos/poetas, yo era la primera en ponerme la coraza y debajo de la costilla donde Eva gimió, les apuntaba.

#2 Anacrónica

Decidí volver a la ciudad como quien vuelve a mendigar algún espacio en las calles públicas, a ver si quizá puedo escampar del aguacero a un costado de los perros románticos de Bolaño, o del gato escampando cerca al banco de Hemingway. Vuelvo porque esta ciudad orquesta los deseos al ritmo de los itinerarios ajustados que no dan tiempo para torturarse con los propios recuerdos.

Sólo llevo en un costal las carencias, los dientes podridos, una infancia pérdida y titiritera. La gente bien vestida, me dice que estoy ciega y loca, que me arrastran collares de perros sin perros. En lugar de abrir las cuencas de mi mano para recibir monedas, cubro mis ojos, mi oídos y, otras veces, mi boca. Estoy asustada.

Como dije, la ciudad es un director que orquesta las marchas, ordena los tiempos, y moldea los deseos: el semáforo tarda sesenta segundos para poder cruzar, dos ómnibus pasan seguidamente, un guarda detiene a un motociclista. Y aquí crecemos indiferentes a sus pausas, a su vals de bocinas, que curiosamente parecen captar los hombres de caminar sereno.

Fue incómodo al principio permanecer tanto tiempo en el silencio, sin hablar con nadie. En el silencio las cosas se mueven a un ritmo acompasado. Dentro de esta morosa quietud me movía como en un estanque y, sin ser pez, me sumergía en el agua espesa; esto era apaciguarse del pasado. Así fueron mis primeros viajes a la luna sin mostrar si quiera un gesto de ahogo. Este era la única forma para callar las multitudes, los carros e insultos en los tráficos que se formaba a mi lado, cerca al puente donde amanecía.

Yo dormía entre cartones, con otras personas aún más miserables y violentas. No solamente gozaba de mi firme voluntad para no irrumpir esos ratos de eternidad, sino también de enmudecer las voces exteriores, sellando también el filtro entre los otros y yo. Sólo miraba el movimiento de sus bocas como peces, pero más ahogados a pesar de hacer fuelle ruidosamente. Era fácil adivinar que hablaban de las cosas cotidianas sin dárseles nada: quejas constantes, burlas naturalizadas, expresiones lastimeras, preguntaban la hora y regalaban consejos. También odiaba esa monotonía impotente de las respuestas.

En pocos días el sopor de las noches disminuía, eran más largos los desvelos y el delirio. Durante el día prefería soñar con las posibilidades, impresiones, signos y fantasmas en una sostenida armonía de formas irregulares, pero que de noche enmarañaban mis pestañas, causaban temblores y aumentaban el pulso herido de mis nervios.

Me sentaba en una banca despintada y carcomida por los vientos fríos y las lluvias, a veces mi mirada caía sobre las colillas de cigarrillo tiradas a corta distancia. De todas las veces que iba, un hombre con aire místico se sentó a mi lado. Quería leerme el futuro. Le dije que me enseñase a enriquecer sin robar, sin mendigar, sin lastimar, que sólo me interesaba saber cómo sobreviven a quienes no nos importa el futuro.

De repente me miró con un semblante distinto, como si no tuviese ni idea de lo que hablaba. Callamos durante horas. El silencio, ahí donde un íntimo pacto disuelve las dictaduras entre los seres, ahí donde el silencio es ritual, es contemplación compartida de lo imposible que se dignifica en compañía. Por fin, aprendí cómo sobrevivir al lado de esos perros bohemios, quijotes sin techo.

Por Andrea.

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