Paranoia nocturna

Una Frida decide compartir esta crónica con nosotres. Tristemente, a todes nos paso cuando volvimos a casa soles y de noche.

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Ilustración de Yolanda

No sé por qué me empeño en salir de fiesta por la noche. Siempre me quiero ir temprano y, a veces, aguanto hasta el amanecer con tal de no tener que volver a casa sola. Cuando no soy capaz de trasnochar, tengo que pagar un taxi que me lleve hasta mi parada del bus, porque desde donde estoy hasta la casilla de salida que me devuelve a casa, son demasiados pasos. Vivo en el extrarradio, sólo el transporte público me puede dejar en la calle donde vivo. Si bien la parada no podría estar más cerca, el portal está situado en un patio interior, por lo que desde que bajo hasta que introduzco la llave, aún quedan unos 30 segundos de exasperación. En este patio interior hay farolas, pero de nada sirven desde que por algún motivo dejaron de encenderse al anochecer.

Todas estas ideas se están formando en mi cabeza mientras bajo la calle que me lleva a la parada. Hoy no pagué ningún taxi y ya no diferencio si es por ahorrar dinero o como castigo autoinfligido. Si sabes que te vas a ir pronto, que te vas a aburrir y que encima lo vas a pasar mal regresando sola, ¿por qué insistes en seguir coleccionando estas noches?

En la parada del bus no hay nadie. Me siento y aprieto todo mi cuerpo porque pienso que así voy a pasar desapercibida. Mis ojos se han multiplicado alrededor de mi cabeza como una corona. El cristal de la marquesina protege mi espalada pero aún queda toda la ciudad a mi alrededor en la que algo puede pasar. En la que seguramente algo malo esté pasando ahora, en alguna calle o rincón donde los gritos de alguna chica estén chocando contra la nada. No lo digo yo, lo dicen las estadísticas donde una vagina desgarrada sólo es un número.

Llega un tipo, de unos 30 años, fumando y mirando el móvil. Su aspecto es el de cualquier persona de su edad, no transmite ser amenaza alguna pero eso no me vale como garantía ni aval. Cuántes vecines compraron la imagen del marido que parecía tan normal ¿cierto?

Poco a poco va llegando más gente, un par de amigas más jóvenes que yo, una pareja que debe de estar por mi edad, un tipo muy mayor con cara de cansado… Sentirme indirectamente acompañada me calma un poco y me da permiso para escuchar música, pero sólo un auricular, la otra oreja queda alerta. Una eternidad después llega el bus. El maldito bus.

Subimos en orden y todo parece normal hasta que llega un grupo de cinco chavales, jóvenes, borrachos, ruidosos y exaltados. Se sientan al fondo del autobús y hacen notar su presencia, por si quedaba alguna duda. En pocos minutos el autobús empieza a oler a hachís y yo me reconvierto para rezar: pido que no bajen en mi parada. Es más, que se vayan antes que yo, algo muy poco probable.

Mi estómago empieza a doler como cuando estás muy mal de la tripa y necesitas un baño urgente. Me pica la nuca pero no de la forma que se soluciona rascando. Todo mi cuerpo está entre el calor y el frío, excepto las yemas de mis dedos que se sienten congeladas.

Se acerca mi parada, pido el stop y al levantarme noto mi cuerpo rígido, no me veo pero sé que mi cara está tensa. Llego a la puerta y juraría que el grupo se ha callado. Bajo sin mirar atrás y empiezo a caminar muy rápido, quiero correr pero sé que es mala idea en caso de que alguien me esté siguiendo. El ruido de mis pasos, de mi respiración y de mi bolso chocando contra mi muslo hacen que no pueda diferenciar cuánto está provocado por mí y cuánto podría ser de alguien que esté detrás.

Giro a la derecha, y una vez más a la derecha. Llego al patio, tan oscuro que es como meterse en la nada. Antes del primer paso saco rápidamente mi móvil y enciendo la linterna para asegurarme de que no hay nadie. Saco las llaves también, las coloco de tal forma que la más puntiaguda sobresale de entre mis dedos formando una especie de puño americano. ¿Cuántos pasos me quedarán? ¿Diez? ¿Quince?

Abro la puerta de mi portal. El rellano tiene forma de pasillo que gira como una espiral, dejando demasiadas esquinas y rincones fuera de mi alcance. Tengo suerte, el ascensor está ahí mismo.

Por fin cierro la puerta de mi casa tras mi espalda. Estoy a salvo. Hoy no he sido uno de esos números.

Por Valentina Riveiro (26), España
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