Ese día me levante tarde

Una de nuestras Fridas comparte con nosotres un día de su vida. Un día en el cual decidió salir “manchada” y hacerse cargo de todo lo que eso provoca.

Ese día me levanté tarde
Ilustracion de Yolanda

Ese día me levanté tarde, el revoltijo en la panza ya avisaba que la ciclicidad uterina estaba a punto de llegar a su máxima expresión. Comí una fruta y partí apurada con mi cachorrita en brazos. Tenía que hacer las compras del día.

Días antes emociones intensas y cambiantes, y algún que otro pinchazo abdominal, marcaron el inicio de lo que más tarde se convertiría en un desenlace inevitable… ese fluir intenso y fugaz, tan primitivo como real, tan condicionante algunas veces como liberador otras tantas, esa sangre que en lugar de ensuciar, limpia. Paradojas de la vida si las hay.

En el camino sentí por un momento que algo no andaba bien, pero decidí no darle mayor importancia y continué el viaje. Cuando llegué al lugar de las compras me bajé del coche, me colgué la mochila al hombro y cuando me estiré para bajar a mi niña de su butaca, vi lo que mi cuerpo había estado tratando de decirme y yo no había escuchado.

No supe que hacer, me paralicé por un instante y enseguida pensé… pensé y re-pensé. Estaba apurada, tenía que volver a preparar el almuerzo (cosa que no podía hacer sin los ingredientes) y luego, alistarme para el trabajo. Era tarde, si me iba a casa ya no tendría tiempo de volver antes del cierre de la tienda.

Pero, ¿y la vergüenza? ¿Las miradas ajenas y juzgadoras? Quizás las risas, atrevidas y soberbias, los comentarios entrometidos, agresivos y hasta hirientes… ¿sería capaz? Yo, que nunca fui alguien a quien le gustara llamar demasiado la atención sino que más bien prefería pasar desapercibida ante el ojo del resto, ¿podría con esto?

Para ser honesta no me respondí. Casi como por impulso, como quien se tira de bombita a la pileta para superar el miedo al agua, me metí embalada en ese supermercado dispuesta a recorrer las góndolas en busca de nuestra comida.

Mientras caminaba traté de mantener la mirada sólo en la carita de mi bebé y de sellar mis oídos, pero ciertamente eso no lograba quitarme los colores rojizos del rostro ni hacía que me sintiera menos observada. Intenté cantar bajito, para re-direccionar la atención, otra vez sin éxito.

La estaba pasando verdaderamente mal asique paré y me dije:

– ¡Vamos! El momento más hermoso de tu vida estuvo plagado de sangre y ¿vas a andar como pidiendo disculpas por unas gotas?  ¿Qué hizo que creamos que nuestra sangre es sucia?

Inmediatamente levanté la cabeza y volví a caminar, pero ésta vez lo hice firme, dispuesta, alegre, con la vista al frente y querida, muy querida. Sí, me estaba queriendo a mí misma, algo que a la gente le llamó aún más la atención.

Poco a poco la vergüenza fue pasando, los colores del rostro fueron bajando y el miedo al ridículo y a ser juzgada fue mermando. Ya no estaba tan a la defensiva, si no que me sentía más relajada, dispuesta incluso a charlar con alguien sobre lo loco que está el clima últimamente.

Mientras hacía la fila para pagar sentí a mis espaldas un cuchicheo que no tardó en encender mi alarma interna. Otra vez, un dilema de microsegundo en mi cabeza por lo que resolví que lo mejor era hablar, informar, no ir al choque ni enojarme. ¡Cómo cuesta a veces! Pero igual me giré y con una sonrisa inmensa dije:

-¡Ay sí, me manché! Es MENSTRUACIÓN (así, en mayúsculas). Pero tengo muchas cosas que hacer y poco tiempo y, la verdad… ¿sangre tenemos todos no?

La mujer y su hija abrieron los ojos como el dos de oro, el cajero me miró con cara de miedo y un señor de otra fila observó la situación sorprendido, como si no entendiera bien por qué le estaba llamando MENSTRUACIÓN a la menstruación y no Andrés, regla, cuestión, indisposición, o qué se yo que otro nombre. Habiendo tantos que la invisibilizaban vengo yo y se me ocurre llamarla por su verdadero nombre. Dejando al descubierto que todos saben que las mujeres menstruamos pero nadie quiere ver ni saber cuándo, cómo, ni porqué lo hacemos. Peor que eso, mientras menstruamos tenemos que tomar todos los recaudos para que parezca que no estamos haciéndolo. Que mensaje más contradictorio para nuestros cuerpos. Cómo no vamos a sufrirla, padecerla y despreciarla si nos enseñaron que tenemos que esconderla y avergonzarnos por ella.

Enseguida volví a mi eje, pagué la cuenta, di las gracias y salí. Cuando por fin me senté en el auto respiré, pensé en lo que acababa de pasar y me abracé, me abracé el alma muy fuerte, porque a pesar de haber nacido mujer en un mundo funcional a los hombres logré por una vez que los mandatos culturales no avasallaran mi cotidianeidad, que la mirada ajena no me hiera más de la cuenta y que el machismo patriarcal no decidiera, al menos por una vez, sobre mi propio cuerpo, pero sobre todo, había logrado enfrentarme a mis propios prejuicios, que no es poca cosa.

Y así me fui, con un regocijo modesto, deseosa de que ese día sirviera para forjar en mi hija las bases para que crezca una mujer segura de sí misma, en armonía con su propio cuerpo y respetuosa de sus procesos naturales.

Juliana Núñez (23), San Juan (Argentina)
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