Vidas feministas, tiempos para une misme

Ilazki reflexiona sobre los tiempos de vida que se permite, sobre cómo entiende una vida “bien vivida”.

Ilustración de Amanda

Hace años, en una excursión al monte, mientras apreciábamos las hojas mojadas de los árboles, el suelo rebosante de vida animal y vegetal, a una amiga y a mí, nos salió al unísono: “¡El verde es vida!”. Y, aunque parezca obvio, siento que muchas veces se nos olvida, o al menos a mí.

El color verde me conecta con la naturaleza, y la naturaleza conmigo misma. Pero, a menudo, vivo desconectada. El día a día de trabajo, reuniones y quehaceres varios no me deja tomarme mi tiempo, acudir a la naturaleza para desconectar y reconectar conmigo misma. Aunque intento tener tiempo para compartir momentos de risas y lágrimas (que no todos los días son iguales) con la gente que quiero, no me tomo tiempo para MÍ. El tiempo compartido es necesario para sentirme bien, pero igual de importante es el tiempo que necesito tener para estar en mí, me, conmigo. No por egoísmo, sino, por salud emocional y física.

Cuando me imagino una vida bien vivida, una vida feminista, me la imagino libre de violencias, una vida en libertad conmigo misma y el entorno, una vida llena de Virginia-s Woolf reclamando habitaciones propias y Amaia-s Pérez Orozco -entre otras grandes mujeres que tanto nos han aportado- recordándonos lo importante que es poner la vida en el centro, aceptar nuestra interdependencia y apoyarnos. En fin, una vida con tiempos para pararse une a escoger sus luchas, a reflexionar sobre si su vida es como la que quiere que sea, con tiempos para desaprender lo aprendido y avanzar en una dirección más acorde a sus principios, con tiempos para decidir realmente si quiere ser madre o no, con tiempos para vivir más allá de los trabajos, con tiempos para —————– (añade lo que quieras). Una vida libre, una vida en conexión con une misme.

Pero, después de soñar por un rato, aterrizo a la vida real y me doy cuenta de que el mundo sigue girando sin tomarnos en cuenta; sin valorar nuestros trabajos (el remunerado y el no remunerado) y asegurando que la igualdad ya existe, que las que seguimos luchando por conseguirlo lo hacemos por vicio, porque somos unas feminazis. No, querido mundo heteropatriarcal, la igualdad real aún está muy lejos de ser la palpable realidad. Las mujeres seguimos cobrando menos por el mismo trabajo; aún teniendo el mismo currículum que los hombres, seguimos teniendo menos oportunidades laborales, ya sabes, por eso de que podemos procrear y pedir bajas de maternidad; seguimos asumiendo la mayor carga en los cuidados y el hogar, etc. Si a eso se le llama igualdad y a las que luchamos por cambiarlo, feminazis, hay algo que no va bien. Nada bien.

Queremos una vida más allá del movimiento continuo, del no pensar y seguir viviendo. Queremos no tener que estar todo el tiempo para les demás, para el trabajo, para la casa… queremos tiempo para nosotres, para pararnos y decidir qué vida es la que queremos vivir, qué lucha es la que queremos apoyar. Queremos llenar las infancias de les más pequeñes de libros divertidos y enriquecedores no sexistas; de juguetes cooperativos e imaginativos para que en el futuro sean creativos en su día a día; espacios libres de juicios y estereotipos en los que las mujeres nos sintamos en libertad y los hombres asuman sus privilegios y aprendan que no tienen que ser los “machotes”. Queremos una sociedad sana, queremos crear vidas con tiempos para vivir, para alimentarse bien, para trabajar en algo que nos guste, para luchar por lo que no creemos que es justo. Queremos tiempos, aquellos que no son “productivos”, pero que nos ayudan a producir mejor, o simplemente, a decidir no producir. Esos tiempos que nos ayudan a dirigir nuestro rumbo, a cambiarlo si es necesario. Tiempos de vida. Tiempos para une misme.

Hoy empiezo con mis tiempos: una hora para mí después de tomar algo con mis amigas y antes de cenar.

 

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