¿Nos ponemos verdes entre mujeres?

¿Realmente es cierto el mito que dice que las mujeres somos unas arpías entre nosotras? Elo lo desmonta desde su experiencia y su corazón.

mirada violeta
Ilustración de Amanda

Cuenta la leyenda que las mujeres somos envidiosas entre nosotras, que nos insultamos y criticamos a nuestras espaldas, que no jugamos limpio. Dicen también que somos más inteligentes que los hombres pero que, a cambio, ellos son mucho más nobles y nosotras somos más malas.

Cuenta la leyenda que no hay nada peor que tener a una mujer como enemiga, porque maquinamos nuestras venganzas a escondidas, casi con saña; mientras que un hombre puede enfadarse, sí; pero siempre lo hará de cara.

Pero las leyendas son eso; cuentos. Y yo dejé de creerme los cuentos desde hace ya muchos años porque no soy ninguna niña pequeña. Porque, como mujer, he podido comprobar que en realidad no hay lazos más fuertes que los de la sororidad. Y estoy convencida de que muchas de las mujeres que nos leen han tenido esta misma experiencia.

No niego que pueda existir un comportamiento de competitividad entre las mujeres; pero dudo muchísimo que esto pueda deberse a algo innato. Los roles en la sociedad son aprendidos; y este no iba a ser menos. Si vivimos en un mundo fuertemente patriarcal y dominado por los hombres; es lógico que muchas veces nuestra reacción sea la de pelear con uñas y dientes con nuestras compañeras, porque tenemos que destacar para hacernos notar en un mundo de hombres.

La psicología feminista defiende que las mujeres competimos entre nosotras porque hemos aprendido que en esta sociedad son la mirada y aprobación masculinas las que debemos ganarnos. Como  tenemos el patriarcado tan interiorizado, competimos de manera inconsciente entre nosotras muchas veces para ganarnos a los hombres. Pero, ¿qué ocurre cuando te pones las gafas violetas?

En ese momento todo cambia. Nos damos cuenta de los verdaderos lazos que creamos entre nosotras, de lo solidarias que somos, de que siempre tenemos un hombro sobre el que llorar, una risa cómplice, unas manos abiertas. ¿No me crees? Haz memoria. Piensa en esa amiga incondicional que siempre está ahí para lo que necesitas. En todas las veces que te caíste y tu madre estaba ahí para recogerte. En las tardes de complicidad con las mujeres de tu familia.

Por todas esas experiencias vividas con las mujeres me niego a pensar que seamos unas arpías que nos ponemos verdes entre nosotras. He podido ver que este comportamiento se da entre gente envidiosa, tanto hombres como mujeres. Y es reprobable, por supuesto. Pero no es único ni innato en ningún género.

Mi experiencia es que, también debido a la sociedad en la que hemos crecido y a lo que nos han enseñado, las mujeres creamos vínculos mucho más estrechos entre nosotras. Cuando veo la relación de amistad que une a muchos chicos, me doy cuenta de que en realidad no se conocen en absoluto. Y creo que fundamentalmente es debido a que a los chicos se les enseña desde niños que no deben mostrar sus sentimientos, porque es algo que nos atañe a nosotras.

Me pregunto muchas veces de qué hablan los chicos. Incluso le he preguntado a mi pareja. Y no, casi nunca habla de sus sentimientos ni de sus problemas. Se centran más en sus aficiones, por ejemplo. Entonces pienso de qué hablo yo con mis amigas… Y sería mejor preguntarme de qué no hablo, porque la lista de conversaciones es infinita. Hablamos de cosas que nos preocupan, de la discusión que tuvimos con nuestra madre; de la sorpresa que nos preparó nuestra pareja, de nuestros problemas o dudas sexuales, de la última consulta del médico, de algo gracioso que nos ocurrió en la oficina… Y hacemos esto porque realmente creo que confiamos las unas en las otras y nos ayudamos escuchando o dándonos consejo.

Desde que tengo memoria he tenido como confidentes a mi madre, mi tía, mi abuela, mis amigas… Y siempre que tengo un problema o quiero pasar un rato divertido, sé que puedo acudir a ellas. Son mi punto de apoyo, mis hermanas, las que me dan fuerzas para seguir adelante. Las que me escuchan, se ríen conmigo, lloran a mi lado, me secan las lágrimas y me dan una palmada en la espalda para que siga adelante. Las que me sacan los colores y me dicen cuándo me he equivocado. Las que me perdonan. Y todas esas cosas, y muchas más que me dejo en el tintero, son la sororidad.

 

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